8
La boda se celebró en la modesta iglesia de Birginton, donde Coryn había pasado todas sus mañanas de domingo en misa.
Entró con diecisiete años del brazo de su padre. Durante la ceremonia, como durante los sermones de su infancia, no escuchó nada. Esa vez no fue por aburrimiento o por evadirse en sus sueños, sino únicamente a causa de sus pies. O, mejor dicho, de los zapatos de tacón que la torturaban.
—Son los más elegantes —había zanjado su madre—. Hazme caso. Con un marido como Jack, siempre tienes que ir elegante, chic.
—Me aprietan.
—¡Ya te acostumbrarás!
—Podría llevarlos en casa para ablandarlos un poco.
—¡Ni pensarlo! —gruñó la señora Benton, y cerró con cuidado la caja—. ¡No vas a estropearlos antes de la boda!
«¿Nunca hay que usar las cosas para no estropearlas? ¿Hay que guardarse los sueños para que no se desvanezcan?»
—Coryn —dijo el reverendo Good con una voz que la hizo sobresaltarse—. ¿Quieres blablablá…?
La joven dijo «sí» y comprendió, en ese mismo instante, que nadie le había pedido su opinión. O sea, que en el fondo no… Sus manos, tan finas y frágiles, temblaron un poco cuando firmó el registro. El bolígrafo se le resbaló y cayó rodando hasta sus pies. Jack se agachó para recogerlo y luego besó a su joven esposa, a la que encontraba conmovida y conmovedora. Pero lo que él interpretó como una turbación amorosa no era sino temor y aprensión. «Cuando tienes diecisiete años, ¿te comprometes así para toda la vida?»
—Me siento orgullosa de ti —le susurró su madre a modo de felicitación.