17

 

 

 

 

Unos minutos más tarde sonó el teléfono y Jack avisó de que se retrasaría media horita. La joven metió la bandeja en el horno y fue a desinfectarse el dedo. La visión de la herida abierta volvió a provocarle náuseas. Se puso una venda. Recogió los papeles que habían caído a sus pies y vio una tela de araña minúscula en la esquina izquierda del lavamanos del cuarto de baño. Entonces una extraña voz dijo claramente en su interior: «El día en la feria…».

Coryn se irguió y se vio reflejada en el espejo. Tal cual estaba. Perdida.

 

 

Había transcurrido más de un año desde la boda. La primavera había regresado a Birginton y la feria de atracciones anual ocupaba las calles. Coryn pidió a Jack que fueran, y él dijo primero «puede» y luego «ya veremos». Pero ella se lo suplicó. Finalmente Jack dijo «por complacerte».

¡Oh! Coryn adoraba las atracciones y el olor de las patatas fritas, tan distinto de las que había servido en el Teddy’s. Tenía debilidad por las manzanas recubiertas de azúcar de aquel rojo tan intenso y por las esponjosas nubes de algodón dulce. Sus padres solían darles a ella y sus hermanos algunas monedas para que se divirtieran a su antojo durante esos días de fiesta. Para que riesen y sintiesen mariposas en el estómago cuando las atracciones los transportaban a un mundo donde había ruido, voces que gritaban, cantaban y rezuman vida.

Jack había dicho «sí» y, durante toda una velada, Coryn abandonaría el silencio asfixiante de la gran casa blanca para recorrer las calles de su brazo. ¡Ay, había esperado tantas cosas…! Pensaba en reencontrar las sensaciones de su infancia y caras conocidas. Abrazar a sus amigas. Volver a ver a las camareras del Teddy’s y también a Lenny. No, a Lenny no; él había terminado por hacer las maletas y mudarse a Londres.

Entonces, del brazo de Jack, la joven esposa se había cruzado con antiguos conocidos, sonreído a amigas («¿amigas?») que, bien la habían mirado con envidia y sin detenerse a saludarla, bien habían pasado de largo fingiendo no reconocerla. «La vida…» Coryn se aferró con más fuerza al brazo de su marido cuando este refunfuñó que no le gustaban las ferias. En general y en particular. Pero estaba enamorado y se esforzaba «por ti, preciosa». Le compró patatas fritas, un algodón dulce arrugado y —por fin— la hermosa manzana roja con la que (vayan a saber por qué) una araña minúscula se peleaba para despegar las patas presas en el azúcar.

—¡Mira, Jack!

—¿Qué?

—¡Aquí! ¡La araña! ¡Está pegada!

Jack cogió la manzana y aplastó el bichito entre sus dedos. Implacable, sin concederle la menor oportunidad. Había tanto ruido a su alrededor que la joven no oyó el «crac» del caparazón, pero, extrañamente, ese «crac» retumbó de forma dolorosa en sus oídos.

—¡Toma! —dijo él devolviéndole el palito.

Pero ella tiró la manzana.

—Ya no tengo hambre.

Jack negó con la cabeza y se detuvo en la caseta de tiro al blanco. Explotó uno a uno todos los globos, que revolotearon como pájaros asustados en una jaula demasiado pequeña y, bajo los aplausos de los mirones, del patrón tatuado y su hijo granujiento, ganó un avestruz gigante que tiró a la primera de cambio.

—¿Por qué? ¡Es monísimo!

—No quiero ir cargando por ahí con una gallina.

—No es una gallina, ¡es un avestruz!

—Es un pájaro estúpido. Gordo y feo. ¿O es que nuestro hijo querrá tener ese bicho asqueroso?

El peluche era espantoso, vale, pero gracioso. Coryn habría preferido regalárselo a sus hermanos pequeños, que le habrían reservado un destino más prometedor que el salto final a la papelera, o incluso a Timmy, que quería alzar el vuelo y ver mundo. Solo que los avestruces no volaban. Todo lo que sabían hacer era esconder la cabeza bajo la arena. «Jack tiene razón. El avestruz es un animal estúpido.»

—¡Venga! Regresamos a casa.

—Pero ¡Jack…! Por favor, ¡aún no hemos montado en el gusano!

—No me gusta el gusano.

—¡A mí me encanta! ¡Por favor! ¡Por favor, Jack!

Coryn insistía y tiraba de la mano de su marido. Sentía unos deseos irresistibles de volver a experimentar la sensación de ser arrastrada por aquella fuerza mágica, dejando entrever las miles de delicias que cesan justo cuando quieres más para que vayas corriendo a comprar otro vale. Coryn sonreía y suplicaba. Jack terminó por ceder. Coryn rio. ¡Cuánto rio! Y gritó de miedo y de felicidad, la melena al viento. Se sintió libre durante unos minutos…

Pero Jack no quiso comprarle otro vale.

Bajaron de la atracción tan precipitadamente que Coryn resbaló. El joven que estaba detrás de ella la sujetó con los brazos. Por reflejo. Sonrió por educación. La joven también. Jack agarró al tipo del hombro.

—¡A mi mujer ni la toques! Y mirarla, menos aún, ¿estamos?

En ese momento Coryn se sintió orgullosa. La verdad. Pensó que su marido la defendería como un héroe de novela. Que Jack se pelearía por ella. «¡Por mí!» Pero, tonta de ella, confundía los celos con el honor.

Se fueron de la feria en el acto, y Jack cerró con un golpe la portezuela de su nuevo Jaguar rojo brillante. Sin una palabra, sin una mirada, arrancó, y de la radio brotó una melodía que conmovió a Coryn. Dos o tres acordes de piano, y una voz. Tan turbadores como un encuentro. Se echó hacia delante para escuchar mejor, pero un anuncio tonto aplastó la canción. La joven preguntó:

—¿La conocías?

—¿Qué? —gritó Jack frenando.

—La canción que acaban de poner. ¿Sabes quién la cantaba?

Jack volvió la cabeza hacia ella, y Coryn no reconoció los ojos de su marido. Con un gesto brusco apagó la radio y dijo que le traía sin cuidado quién cantara esa mierda. La joven no hizo caso de su instinto, que la conminaba a cerrar el pico, y cometió la estupidez de insistir:

—Pues es una canción bon…

Sin entender cómo —ni por qué— Jack le soltó un guantazo tan potente como inesperado. Coryn dejó escapar un grito. Y a continuación… antes de tomar consciencia de lo que acaba de suceder, antes de pensar que era el momento de salir corriendo, Jack le suplicó que la perdonara. Estaba furioso por culpa del tipo de la feria. No había podido controlarse porque estaba cansado. Se esforzaba tanto para hacerla feliz… Quería una familia. ¡Oh! La amaba tanto… Que otro hombre le pusiese la mano encima lo volvía loco. Nadie la querría nunca tanto como él… No volvería a pasar. Las cosas irían a mejor en cuanto tuvieran un hijo. La vería como a una madre. La gente la vería como a una madre. Sí, debían tener un hijo. Un hijo. «Perdón.»

 

 

Pasaron las semanas. Coryn tenía cuidado con lo que hacía. Mucho cuidado. Nunca volvió a hablar de la feria. Sin embargo, de vez en cuando recordaba los dos o tres acordes de piano… La envolvían con extrañeza y desaparecían, dejando siempre una huella. ¡Oh!, Coryn sabía bien por qué. Rescataban sus sueños del olvido. Pero al cabo de unos meses llegó a pensar que había imaginado esas notas. Que lo había imagino todo… Y, además, una melodía tan hermosa era como las historias de los libros. Como el resto… «No existe. ¿Y si la persona que compuso eso mentía? ¿Y si mi madre tenía razón?»

Entonces, como una alumna aplicada, Coryn se esforzó muchísimo por acostumbrarse a las «manías» de su marido. «Así es.» A Jack no le gustaba que mirase, escuchase o leyese… lo que fuera. Menos aún que se sentase al ordenador o que usara, sola, el coche que él le había comprado. Jack controlaba el cuentakilómetros, miraba el historial y siempre preguntaba «por qué esto» y «por qué aquello», «por qué así» y «por qué asá».

—¿Por qué te ha dado por mirar este estúpido programa? ¿Es porque el presentador es guapo? ¿Te gusta?

—No, Jack.

—Pero ¡qué chorradas están diciendo! No pensarás perder el tiempo con eso, ¿eh?

—No, Jack.

—Pues para. Tú vales más que eso, Coryn.

Al cabo de las semanas la joven terminó por apagar el televisor y la radio para escuchar cómo la gravilla del camino anunciaba la vuelta de su marido.

No sabemos por qué aceptamos las cosas. Quizá porque llegan lentamente… Poco a poco. Sin hacer ruido. Quizá porque no te las esperas y no te das cuenta de verdad… ¿O es porque son tan horribles que no puedes creértelas?

Y, además, cuando eres joven y estás sola todo el santo día en una casa grande, sin una amiga y sin familiares con los que hablar, a pesar de que, para colmo, tus padres siguen con vida y tienes diez hermanos, te sientes lejos de todo. Vives alejada de todo. Acabas por no saber relacionarte. Tienes miedo a expresarte. Por eso, ¿qué puedes hacer sino resignarte?

¡Ay! Si hubiese escuchado con atención a Jack… Después de la feria había dicho «no volverá a pasar». No había jurado que no volvería a pasar «nunca». Habría que prestar siempre atención a las palabras que salen espontáneamente de otras bocas… Porque volvió a pasar. No muy a menudo, ni muy fuerte. Al menos al principio. Y siempre por amor.

 

 

«Si lo hubiera sabido, ese mismo día tendría que haberme largado a la otra punta del mundo y dejar a Jack con ese estúpido avestruz», se dijo Coryn al verse «perdida» y muy pálida en el espejo. La herida del dedo se le despertó de improviso y la cabeza le dio vueltas. Una nueva oleada nauseabunda se apoderó de ella hasta el extremo de hacerla caer de rodillas delante del inodoro.

«¿Y qué opción me queda ahora…?»

El instante preciso en que los destinos se cruzan
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