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—¿Dónde están tus hijas?

—En la guardería —dijo Coryn mientras dejaba una bandeja repleta de tostadas con queso y fruta en la cama—. Pensaba mirar los anuncios clasificados, pero la directora es tan parlanchina que me ha retrasado…

Coryn murmuró que a veces los retrasos tenían un sentido, y luego añadió mirándolo a los ojos:

—¿Cuándo saliste del hospital?

—Ya me lo has preguntado, mi amor.

—Y no me has respondido, mi amor.

A Kyle le horrorizaban las mentiras, pero no quería hablarle de su enfermedad. Sencillamente, para no dar vida, fuerza o incluso crédito a la bestia que solo buscaba destruirlo.

Kyle devoró una rodaja de melón y un durazno. Coryn contó lo que había leído sobre él. «Te recuperas y buscas inspiración en una isla paradisíaca…»

Kyle la besó y le explicó que Patsi se había hecho cargo de todo cuando el cansancio pudo con él. Su cuerpo se había rendido después de un mes de tensiones y presiones, viajes, desfases horarios, maletas y energía volcada en darlo todo en el escenario. Sí, había ingresado en el hospital y después en una clínica de reposo. Y, por último, en su habitación «paradisíaca» en la residencia de Jane. Solo y sin inspiración.

—Un día —añadió rápidamente— supe dónde encontrarte.

—Dime que estás bien.

—Me siento mejor —le dijo besándola de nuevo.

Kyle no mentía. ¿Acaso había experimentado una sensación semejante en los últimos meses? No. Ni en una sola ocasión.

—¿Mejor?

—Estoy bien. Me siento bien. Y todo lo que quiero es estar contigo y hacerte el amor una y otra vez.

La abrazó.

—Tu ausencia ha sido horrible.

Ella le apartó el mechón de la frente.

—¿Cómo supiste dónde encontrarnos?

—¡Oh! Por desgracia no lo comprendí hasta hace poco. Resulta que una mañana recibí la visita inesperada de un rayo de sol.

Kyle explicó cómo había incidido en el famoso calendario.

—Aquella mañana vi por fin el nombre de la playa: Zihuatanejo. Un nombre así no se olvida.

Coryn sonrió.

—Me han hecho falta exactamente veintitrés días para encontrarte. Sentía que estabas aquí. Igual que cuando te vi junto a Malcolm sentí que cambiarías mi vida.

Kyle le desgranó todas las cosas que había tenido que superar. Sus dudas, sus miedos, la separación de Patsi, el embarazo de esta, su bebé, al que no había conocido, los últimos conciertos, África, su infancia, en fin, los pocos recuerdos de ella que no dejaban de acecharlo. Y su encuentro… en Navidad. La carencia y la obsesión. «Mi miedo y mi falta de valor.» Grecia. Los baobabs. Nueva York.

Ni una sola vez pronunció el nombre de Jack. Coryn se percató, pero no dijo nada. Kyle no había olvidado el mensaje de Jane, no, pero hacía lo mismo que con el dichoso cáncer: ganaba tiempo. Y ese instante, en ese presente que estaba viviendo, compartiendo con ella, era… Kyle no tenía palabras para definirlo, pero supo por primera vez qué color otorgar a los ojos de Coryn. Eran como el azul del mar que había contemplado la tarde anterior cuando el sol parecía colgado para siempre en el cielo, justo antes de que la luz se desvaneciera. Sus ojos emanaban esa fuerza, ese calor y esa eternidad.

—Cuando volví a San Francisco por Navidad me había propuesto verte, de una forma u otra. Y ahí estabas, en La Casa…

El instante preciso en que los destinos se cruzan
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