15

 

 

 

 

Cuando Jack se despertó, después de haber hecho a Coryn su mujer, ella aún seguía con los ojos abiertos. Se disculpó por haberse quedado dormido, por haberla desatendido. La estrechó entre sus brazos. Ella sonrió, y él tuvo ganas de repetir postre.

 

 

Jack era feliz. Un joven recién casado, un hombre satisfecho. Su carrera era prometedora y tenía la esposa que había soñado. Ingenua, extremadamente hermosa, joven e inocente. «Toda para mí.» La colmó de regalos. De vestidos. De flores. Jack era un hombre generoso. Le gustaba el postre… A cualquier hora. En cuanto podía. En cuanto su itinerario se lo permitía, hacía un alto para asaltar a Coryn. Luego volvía al trabajo, dejándola sola, con la consigna de que estuviese guapa a su regreso. «Ahora soy una mujer casada…», pensaba ella en silencio. ¡Oh! Puede que si la joven esposa hubiese hablado en voz alta, el dejo de tristeza de su voz habría turbado a las discretas arañas de la gran casa. Puede que hubiesen tejido telarañas donde unos pies imponentes se habrían enredado…

Pero Coryn era de naturaleza poco habladora. Apenas hacía preguntas, y aceptó sin rechistar que el viaje de bodas se aplazara hasta pasados seis meses del enlace. Había soñado con Grecia, y viajaron a Islandia. Salía del hotel más forrada que un árbol de Navidad, lo que no le impidió pillar una gripe que le dio una fiebre de caballo. Mientras estaba postrada en la cama, Jack se iba de caza, y solo se sintió mejor cuando abrió de nuevo la puerta de la inmensa-y-preciosa-casa de Londres.

Casa que no era de Coryn en absoluto. La joven la cruzaba sin desordenar nada. Quitaba el polvo a los muebles y recolocaba escrupulosamente las figuritas de Marylin Brannigan. Las de cristal costaban una fortuna. Las de porcelana eran tan finas que la luz podía verse a través de ellas. Para distraerse, para desafiar su mísero aburrimiento, en los días de verano, cuando el sol estaba en su cénit, Coryn apoyaba los platos en las ventanas e intentaba entrever formas. Pero nada se dibujaba en ellos, porque el jardín era un gran cuadrado de césped vacío. Sin un árbol. Sin una flor. Jack decía que solo podar aquella hierba ya le llevaba demasiado tiempo. ¿Recoger hojas además? ¡Qué inutilidad! A Coryn le resultaba extraño tener un desierto verde a modo de jardín. Se preguntaba qué partido le habría sacado su suegra. No había ni un banco para sentarse o soñar, y echaba de menos el sauce llorón de su infancia, que había abrigado sus esperanzas, sus lecturas, sus mudas confidencias. «¡Oh, cuánto me aburro…!»

El instante preciso en que los destinos se cruzan
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