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Kyle viajó —solo— a Sudáfrica el día en que Coryn y sus hijos salieron de Las Vegas. El músico pensó que pasar tres días en un entorno desconocido le purificaría el espíritu. Puede que incluso le inspirase. La joven divorciada rezó por que sus planes salieran bien. Al llegar a la puerta de embarque esa mañana creyó que un policía la interceptaría antes de embarcar. Pero solo se enfrentó al mal humor de la azafata. Sin el menor percance, los cuatro se acomodaron en sus asientos y Coryn aguardó con angustia a que el avión llegase a Nueva York.

 

 

El avión de Kyle aterrizó en Johannesburgo cuando el de Coryn rozaba el asfalto de las pistas de La Guardia. Para ser abril, el calor y la humedad en ambas ciudades eran inusuales, y la temperatura era más o menos similar. El músico fue recibido por una azafata que lo acompañó amablemente a su nuevo destino mientras que Coryn se relajó al comprobar, una vez más, que nadie parecía interesado en ellos. Recuperó el cochecito de Christa y la sentó en él, cargó el equipaje y se dirigió con sus tres hijos al mostrador de información. La empleada le facilitó un folleto con los hoteles del aeropuerto y le devolvió una mirada incrédula cuando Coryn le preguntó dónde podía encontrar una cabina telefónica. La mujer alargó la mano y se la indicó con el índice.

—No doy cambio —añadió.

—Gracias. Tengo algunas monedas —respondió Coryn tropezando con la correa del bolso que había conseguido meter bajo el carrito.

«Demasiado equipaje», pensó mientras buscaba en la lista a qué hotel llamar. Marcó primero el número de uno con el logotipo de un árbol que se parecía curiosamente a un baobab. ¿Por qué? A saber… Tenían una habitación disponible para los cuatro, y la empleada le informó de que una lanzadera con el mismo logotipo salía cada media hora del aeropuerto con destino al establecimiento.

 

 

Kyle cruzó el aeropuerto de Dantu en un Jeep que debía de haber sido caqui en una vida anterior. El vehículo frenó con un ruido de chatarra al pie de un minúsculo avión y el piloto lo invitó a subir. Le comunicó que su guía llegaría con un ligero retraso. El músico sacó su teléfono y comprobó con sorpresa que tenía más cobertura que en pleno Londres. Marcó el número de Jane.

—He leído el artículo. En fin, los múltiples artículos… Felicita a Patsi de mi parte.

—No tengo nada que añadir.

—¿Seguro? Podrías haberme llamado, por ejemplo…

—¿Tienes noticias de Coryn?

—No.

—¿Y Dan? ¿Se ha enterado de algo?

—¡Aún no! ¡La vida real no tiene nada que ver con Hollywood! Las cosas van a cámara lenta cuando no van literalmente en sentido contrario. Y ni Bruce, Arnold o Sylvester son colegas de Dan.

El tono de ligereza que Jane imprimió a sus palabras no alivió a su hermano.

—Solo quiero saber dónde está y si se encuentra bien.

—Es fuerte, Kyle, más fuerte de lo que crees.

—No la encontraré jamás —murmuró.

—Tú facilitaste su huida.

—…

—Lo mejor sería que la olvidaras —dejó escapar Jane.

De no haber tenido al piloto a dos metros de él, Kyle habría perdido la paciencia. Puede que hasta hubiera gritado como en el escenario. Se contuvo.

—No te oigo…

—¡Kyle! Escu…

Colgó y se dijo a sí mismo:

—Jamás podré.

—¿Ha dicho algo, señor? —preguntó el hombrecillo negro, calvo y bigotudo que subía a bordo.

—No, no.

—¿Al menos le han dado la bienvenida a África, señor Mac Logan?

El músico asintió y el hombrecillo se sentó a su lado.

—Estoy muy contento de estar en África.

—Le va a encantar lo que me propongo enseñarle.

—Estoy seguro, señor…

—… Calendish. Aimé para los amigos. Mi madre es canadiense. De ahí lo de Aimé…

El guía estrechó la mano del joven con un vigor intencionado y sondeó sus ojos. Kyle sintió un escalofrío. ¿Era posible que su guía pudiera —o supiera— leerle los pensamientos?

—Kyle para los amigos —añadió, pensando que un guía le venía de perlas.

El piloto anunció que tenía autorización para despegar. La hélice aceleró poco a poco su rotación, como en una película de los años cincuenta. El avión carraspeó, resopló y finalmente se puso en marcha sobre la pista irregular, levantando una polvareda roja a cada metro recorrido. Kyle se preguntó si despegarían algún día cuando, de súbito, rozaron la cima de los árboles. Aimé señaló a la izquierda con la mano. El músico divisó las primeras jirafas. Las jóvenes corrían con agilidad, las adultas arrancaban hojas.

—Los árboles de los que comen esas madres son acacias.

—¿Dónde están los machos?

—El macho finge estar en la oficina, pero seguramente está con una de sus amantes. Sin embargo, es un enamorado tierno y mimoso.

Kyle sonrió.

—¡Ahí! ¡Mire!

Un grupo de antílopes parecía salir del mismo arbusto dando brincos imposibles.

—¡Jamás habría imaginado que todos estos animales estarían tan cerca del aeropuerto! —exclamó Kyle.

—¡En ocasiones cruzan las pistas! ¡A veces me digo que alguno se colará por sorpresa en uno de los aviones y se acomodará para pedir una Coca-Cola light!

El músico sonrió de nuevo, pero no podía despegar los ojos del paisaje. Los colores y la luz eran mucho más intensos allí. De contrastes mucho más fuertes. Apenas cinco minutos después, Aimé señaló a la derecha con el índice. Dos leones dormitaban tumbados en una sombra que parecía dibujada para ellos. Kyle apuntó con su cámara y sacó tantas fotos como pudo. Se inclinó para contemplar los árboles.

—Son baobabs, ¿verdad?

—Sí. Baobabs muy muy viejos —respondió Aimé comprobando su cinturón—. Dicen que tienen más de dos mil años. Algunos salvaron a los hombres gracias a sus frutos, otros salvaron la vida de quienes se refugiaron en ellos y otros sobrevivirán a nuestra contaminación.

—He leído en algún sitio que los baobabs tienen la capacidad de regenerarse.

—Exacto. Esos árboles tienen mil virtudes. Pero si quiere saber mi opinión, la principal es que son simplemente majestuosos.

El paisaje acaparó toda la atención de Kyle. Ganar altura en ese momento parecía lo más conveniente. Después de unos largos minutos Aimé lo miró.

—Está muy silencioso.

—Estoy fascinado.

—Eso está bien. La mayoría de la gente habla demasiado.

—¿Quién habla más?

—Los italianos. Y después los africanos que conocen su país al dedillo. Con el turismo de masas, mi clientela ha aumentado. He pasado de los aventureros a los aprendices de aventurero y, por último, a los aficionados a los documentales de la tele. Estos últimos solo ven África como si sobrevolaran las páginas de un catálogo de viajes, y eso en el mejor de los casos.

—Espero que no me incluya en la peor categoría.

El guía se volvió hacia él.

—No. Usted es un hombre que ama los árboles. Lo veo. Aquí tenemos un dicho: «Un hombre que ama los árboles es un hombre».

El instante preciso en que los destinos se cruzan
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