28

 

 

 

 

Cuando Jack volvió a casa aquel mediodía, Coryn tembló en cuanto oyó que aparcaba el coche en la entrada. Fue corriendo junto a Christa y la despertó para darle el pecho. Se parapetó tras su hija. La pequeña se dejó, sorprendida. Miró a su madre y sonrió. «Dios mío, cuánto te quiero», pensó Coryn.

Su marido abrió la puerta del dormitorio con expresión triunfante. Agitaba unos documentos con la mano tendida. Fue su sonrisa, sin embargo, lo primero en lo que Coryn se fijó.

—A ver si adivinas lo que es.

—Desde aquí no lo distingo.

—Estos cinco pedazos de papel son en realidad cinco billetes de avión.

—¡Oh! —murmuró ella, aturdida.

—¿No preguntas adónde vamos?

—Sí, sí.

Jack la atravesó con la mirada.

—Pues dilo.

Coryn tomó aire. Jack tenía ganas de jugar ese día. Si le hubiesen preguntado cuándo había empezado aquel jueguecito, no habría sabido responder si su marido lo había instaurado desde el principio o si ella se había dado cuenta hacía poco. En cualquier caso, no tenía más opción que participar. Por eso preguntó:

—¿Cuál es nuestro destino?

—Londres y Brighton.

—¿En serio? Londres…

Oyó que Jack anunciaba que era el «mejor vendedor del año» de toda la red mundial de la marca Jaguar. Lo condecorarían oficialmente en Brighton durante el congreso anual.

—He ganado. Y os llevo conmigo.

—¿A todos? —preguntó con una inflexión en la voz que lamentó de inmediato.

Jack sacó el puf y se sentó enfrente de Coryn, le acarició la mejilla y la nuca.

—No creerás que te voy a dejar sola en este país de salvajes. Os venís conmigo, y aprovecharemos para ver la casa de mis padres.

—¿Dormiremos allí?

—¡Coryn! Sabes de sobra que está alquilada.

Los ojos de Jack no decían que su mujer era idiota, no, aguardaban a que preguntase dónde iban a dormir.

—¿Dónde nos alojaremos?

—En un hotel precioso.

Coryn se esmeró por pronunciar la pregunta de mil puntos que su marido quería oír.

—¿Cuál?

Jack recogió los puntos y sonrió.

—En el Barley House de Londres, ese que te gustó tanto.

—¡Oh! El Barley House —repitió Coryn sin dejar de mirar a Jack, que esperaba ya la pregunta de los diez mil puntos.

La joven la veía claramente bailando en el negro de sus iris. Tuvo el fulgurante deseo de no formularla y decir en cambio: «¡Fantástico! ¡Iré a ver a mis padres y a mis hermanos!». Pero esa clase de iniciativa podía resultar muy dolorosa. Por eso, como una buena mujercita, preguntó con un bonito punto de interrogación que le formó un nudo en la garganta:

—¿Y podremos visitar a mi familia?

—Podremos, en efecto.

Coryn sonrió. Había utilizado todos los puntos que él esperaba. La besó en los labios.

—Tus padres nunca han visto a las niñas. Y Malcolm está muy mayor ya.

Y después, exactamente con el mismo tono, añadió:

—¿Me perdonas?

Coryn dijo «sí». Esas dos letritas valían dos millones de puntos. Coryn agachó la cabeza para susurrarle la buena noticia a Christa. Jack tuvo que arrodillarse para ver los ojos de su maravillosa mujercita. Se sentía tan seguro de sí mismo como el día de la pedida de mano… Coryn reprimió al instante cualquier idea de rebelión porque «no tengo agallas para cambiar de vida». Dio las gracias a su marido.

—¿Cuándo nos vamos?

—Dentro de dos semanas.

—Malcolm faltará a clase.

—¿Y qué? ¡Ya sabe leer y contar!

—¿Quieres decírselo tú a la maestra o quieres que lo haga yo?

Jack respondió que eso era cosa suya y se fue a su despacho con la sonrisa en los labios. Coryn tuvo el súbito deseo de ver su cara y lo que expresaban sus ojos cuando estaba solo. Luego apartó de sí esa idea y pensó en sus padres. Sintió un escalofrío. ¿No habían sido ellos quienes la habían casado con Jack? Lo mejor para ella. Que terminó siendo lo peor. Sin embargo, la dicha de volver a ver a Timmy la embargó. Sí, si Londres era una recompensa para su marido, ¿por qué no iba a ser un regalo para ella? «Volver a ver a Timmy será mi regalo. Tengo tanto que contarle…»

El instante preciso en que los destinos se cruzan
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