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Cuando Coryn salió desmaquillada del cuarto de baño de su magnífica habitación londinense no se sorprendió al ver que su marido la esperaba desnudo en la cama. Jack dijo sonriendo que no había tomado postre. Que no le volvía loco el crumble. Le hizo el amor en silencio. En fin, a la manera de Jack, mientras ella pensaba en una serie desordenada de cosas y, por primera vez, en el futuro. En un futuro que sería suyo. Jack experimentó placer y ella, algo nuevo. Pero tan fugaz como lo de su marido.

Sí, irse era la respuesta a la pregunta que se había hecho ese mediodía. Era una respuesta fácil. Difícil de poner en marcha, porque necesitaría un destino. Un refugio. Un sitio a donde ir. «¿Cuál?» En cualquier caso, no a casa de sus padres ni de sus hermanos, porque la devolverían en el acto a su maravilloso príncipe. ¿Y cómo atendería sus necesidades? ¿Las necesidades de todos? Porque no abandonaría a sus hijos. «Jamás.» Aun en el caso de que consiguiera el divorcio, no sabía hacer nada. Y todavía sería peor si Jack le negaba la custodia de los niños… «¡Oh, no! Eso no.»

Y si Timmy… ¿tuviese la solución? ¿Al menos una solución? «No. Timmy tiene sus propios sueños.»

Quedaba Kyle. «¿Y si solo tenía a Kyle?» Se estremeció, y Jack la tapó con la colcha. «No. Solo es santa Coincidencia, que se divierte con sus peones en el tablero.»

Coryn no conciliaba el sueño y se sintió casi aliviada cuando, a las cuatro de la madrugada, se levantó para dar el pecho a Christa porque la niña gimió. Malcolm roncaba, su pelo rizado aún estaba enmarañado. Como los rizos de Daisy, que apretaba en el hueco del brazo a su conejo verde. Después de haber cambiado al bebé, la joven la acostó en la cuna del hotel. La pequeña miró los dibujos del dosel estrellado como si los viera por primera vez. Movió brazos y piernas, y, contra todo pronóstico, cerró los ojos en cuanto notó la colcha sobre ella. Sus negras pestañas se alargaban hasta el infinito. Coryn bostezó. ¿El sueño la reclamaba por fin? Se deslizó bajo las sábanas, y soñó con cometas y con Venus. Planetas y cálculos de trayectorias. Números interminables trazados a toda velocidad con una tiza azul sobre un mapa gigantesco por sus sobrinos, que reían mientras su madre contaba y recontaba las libras esterlinas y los paquetes sorpresa que Malcolm sacaba de enormes maletas.

El instante preciso en que los destinos se cruzan
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