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Kyle llegó por fin a casa de Jane. Solo.
Patsi se había marchado unos días antes para no viajar con él y los otros miembros de los F…, eludiendo de paso una entrevista para una cadena de televisión. Su madre se encontraba mal. Lo cual no era del todo falso: Marion se había caído por la escalera de su casa y, como consecuencia, le habían inmovilizado un tobillo.
Sin embargo, por culpa de las nevadas imprevistas, Kyle no pudo despegar hasta la mañana del 24 de diciembre, feliz de encontrar asiento en uno de los escasos vuelos programados para ese día. Como todos los años, pasaría la Nochebuena y el día de Navidad en La Casa con Jane. Esa noche tocaría él solo para un público exclusivo. Tendría unos días por delante para encontrar la forma de hablar con Coryn. Había leído en internet que «el concesionario Jaguar de San Francisco tiene la satisfacción de acogerlos durante las fiestas para que sean unas fiestas de verdad. Jack Brannigan los recibirá en persona». Kyle lo interpretó como una señal. Su razón le había recordado que si Jack trabajaba, los niños estarían de vacaciones… «Tiene que ocurrírseme alguna idea», se dijo con toda la concentración de que era capaz.
El avión de Kyle había salido con bastante retraso, pero gracias a eso el cantante pudo dormir durante buena parte del vuelo. Algo inaudito en sus viajes a San Francisco. «El Cabrón está muerto. Que mi alma descanse en paz.»
El aeropuerto estaba casi desierto porque la Nochebuena acaparaba a todo el mundo. Salvo a quienes estaban de servicio. A Kyle le gustaba tocar en Navidad para el puñado de supervivientes exiliadas en la residencia de su hermana, y por nada del mundo habría faltado a su deber. De modo que sí, esa noche el músico consideraba que también él estaba «de servicio».
Marcó el código de acceso a La Casa, entró y se dio un apretón de manos con Dick, el conserje.
—¡Contento de verte al fin!
—¡Contengo de haber llegado al fin!
—He escuchado el parte meteorológico y, según parece, en Londres hace peor tiempo que aquí.
—Créeme, es peor tooodos los días.
Dick lo despojó de su maleta, su guitarra y su abrigo, y Kyle recorrió el largo pasillo. Le llegaron las voces desde el gran salón. Como todos los años, habían decorado el techo con guirnaldas. Dibujos de Papá Noel jalonaban las paredes y parecían guiar los pasos de quien era esperado.
Habrían puesto velas en las mesas, y el pino más grande que hubieran encontrado, por deseo expreso de Jane, presidiría el salón. Cuidaría de los paquetes de lazos multicolores, escucharía las risas de los niños que tenían la desgracia —o la fortuna— de hallarse allí en esa época del año. Los observaría desgarrando los envoltorios, indiferentes a todo lo demás. Era Navidad, y Jane insistía en recrear una fiesta en familia con desconocidos que, sin embargo, tenían algo en común.
Kyle llegó con tanto retraso que todo el mundo estaba ya sentado a la mesa, o más bien terminando de cenar. Jane les había avisado de la llegada de la estrella, pero guardarían el secreto. No le cabía la menor duda.
En cuanto el músico abrió la gran puerta lo recibieron los aplausos. Un poco como cuando salía a escena. Algunas mujeres chillaron, recuperando al instante sus quince años. Kyle, por su parte, tenía simplemente la sensación de volver a casa. A la casa donde había crecido. Pero, como siempre, la mesa se le antojó más grande que en su recuerdo.
Todos los años, al abrir la puerta esperaba como un tonto encontrar a su hermana cenando en privado con Dan. Jane le diría que La Casa cerraba. Que el negocio tocaba a su fin. Que se marchaba a abrir un restaurante en la playa. En cualquier playa de arenas blancas y finas. Donde hiciera buen tiempo todos los días y las aguas del mar fueran cálidas. Pero Kyle sabía de sobra que aquello no terminaría nunca.
—Os presento a Kyle, mi hermano pequeño y la estrella de la familia…
De nuevo, todo el mundo aplaudió. Al músico le costó llegar hasta su hermana. Se detenía con una palabra para todos, a derecha y a izquierda, para aquellos niños que quedarían marcados para siempre por eso. «Eso que, sin embargo, nunca debería haber entrado en sus vidas.» Kyle hizo como si nada, como si solo fuera «el» cantante, y se sentó en la silla libre junto a Jane. Su hermana le tendió un plato lleno y, por primera vez desde hacía mucho tiempo, Kyle dijo:
—Tengo hambre.
—¡Espera! Está frío. Voy a calentarlo.
—Ya voy yo —dijo una voz detrás de ellos.
Kyle se levantó para darle el plato a la señora morena y sonriente cuando, por el rabillo del ojo, divisó en la última silla, al extremo de la inmensa mesa, a una mujer que llevaba a un bebé en brazos. La luz de la sala era pobre y la mujer tenía el pelo corto. Pero Kyle no tuvo la menor duda.
Fue un segundo después cuando el miedo a que no fuese ella se apoderó de él. La mujer volvió imperceptiblemente la cabeza hacia Kyle. Esbozó una leve sonrisa. Kyle comprendió que iba a acostar al bebé y la siguió con la mirada hasta que desapareció por el pasillo. Malcolm y la pequeña Daisy iban trotando tras ella. Kyle pensó, sorprendido, que la niña pequeña que había tenido en brazos en el hospital ya sabía correr. Pero más le sorprendió la pura felicidad que lo embargó. Le entumeció las piernas.
Si Coryn estaba allí, era porque él había estado en lo cierto y ella había reunido el valor. ¿Acaso no estaban en Nochebuena?
—Llegó hace dos días —dijo Jane en voz baja—. Tarde.
—¿Por qué no me llamaste?
—Fue un poco complicado.
Lo cual significaba, en el lenguaje de Jane, extremadamente difícil.
—¿Cómo está?
—Solo puede estar mejor. —Lo miró a los ojos—. Tenías razón, Kyle.
—¿Dónde está ese Cabronazo de su marido?
—Entre rejas.
Jane apoyó su mano en la de Kyle y July dejó el plato ardiendo bajo sus narices.
—El asado lo he preparado yo. Ya verá, estoy hecha una gran chef.
—No me cabe ninguna duda. Huele muy bien.
July sonrió. Ella también recordaba sus quince años, y Kyle devoró el plato bajo la mirada divertida de todas las presentes, que se esforzaron por reanudar con normalidad el hilo de sus conversaciones. Él no dejó de mirar el reloj. Coryn no volvía…
—¿Qué habitación? —preguntó a Jane con el último bocado.
Su hermana lo miró con una ceja arqueada. Kyle repitió la pregunta con firmeza.
—Veintitrés.
Kyle empujó su silla hacia atrás y salió por la puerta que se encontraba justo a su espalda. Recorrió a grandes zancadas el pasillo hasta la habitación de Coryn, con el corazón en un puño, y llamó con suavidad. Oyó unos pasos que se acercaban de puntillas. La manija se movió y Coryn entreabrió la puerta. Kyle entró en la penumbra de su refugio.
—Acaban de dormirse —musitó ella de perfil.
Kyle preguntó si los niños estaban bien. Coryn asintió y le hizo entrar. Los dos, uno al lado del otro y lo bastante cerca para sentir el calor mutuo, contemplaron a los tres críos dormidos.
—¿Es una niña?
—Sí.
—Nació en junio, ¿verdad? —susurró Kyle, que recordaba muy bien el día de su llamada al hospital.
Coryn asintió. Ella también recordaba muy bien el mensaje de la secretaria. Dijo que se llamaba Christa.
—Es adorable.
El bebé arrugó su pequeña nariz, y salieron del cuarto. La joven mujer cruzó el suyo y salió enseguida al pasillo, por miedo y por reflejo. Jack no estaba por allí, pero ella seguía temiendo que la sorprendiera en una situación comprometida.
Coryn forcejeó con la puerta para cerrarla con llave, manteniendo obstinadamente la cabeza gacha. De perfil. Kyle la observaba. Le temblaban las manos.
—No estoy acostumbrada a esta cerradura.
En el momento en que el joven se acercó a ayudarla fue cuando vio su ojo izquierdo. Entonces comprendió por qué evitaba mirarlo de frente. Apoyó los dedos en su barbilla. Ella no opuso resistencia. Sus miradas se cruzaron. Se comprendieron. Kyle lo vio todo. El párpado hinchado, la herida en el pómulo, el labio hendido y las marcas oscuras que sobresalían bajo el pañuelo con el que se cubría el cuello. Así como las que no eran visibles. Coryn se tapó la cara con las manos. ¡Oh! No por coquetería. Ni por el deseo de desaparecer y no tener que explicar por qué había aceptado sufrir aquello. No. Tan solo quería contener el mar de lágrimas que le resultaba imposible reprimir un segundo más. Entonces Kyle hizo lo que había deseado hacer desde su primer encuentro. Atrajo a Coryn hacia sí y la abrazó.
«Hold you in my arms…»