23

 

 

 

 

Coryn había olvidado su pasador de pelo en la habitación que acababa de abandonar. Cuando se dio cuenta, plantó a su marido ante las puertas del ascensor y fue a buscarlo a grandes pasos por el laberinto de pasillos. Jack gritó, ella respondió que volvía enseguida. Pasó por delante del mostrador de las enfermeras. La llamaron.

—¿Señora Brannigan?

—Sí —dijo Coryn volviéndose.

—Qué tonta, creí que ya se había ido.

—¡Oh! He olvidado una cosa en la habitación.

—Si lo hubiera sabido le habría dicho a ese señor, a su amigo —precisó—, que esperase al teléfono.

—¿Mi amigo?

Ningún amigo —ni ninguna amiga— la llamaba jamás. Ni siquiera sus padres, que aguardaban a que llamase ella.

—Su amigo de Osaka.

—¡Oh! —Coryn se sonrojó—. Gracias.

La enfermera arqueó las cejas.

—Quería saber si había dado a luz y le he dicho que…

—¡Oh! No pasa nada —la tranquilizó Coryn.

Se marchó tan pronto como pudo hacia la habitación que había ocupado. Con el ánimo demasiado agitado para calmar su corazón. «Mi amigo de Osaka…» Agradeció a san Olvido sus artimañas para que ella olvidara el pasador —y sobre todo haber dejado a Jack plantado con la maleta, Daisy de una mano y Christa en el otro brazo—. Abrió la puerta y se acercó a la mesilla de noche. Extrajo la última revista del cajón inferior. Página 32. La foto estaba un poco borrosa, pero Coryn la encontraba perfecta. Le había hecho gracia que la bibliotecaria del hospital le diera esa revista en concreto, entre un buen montón.

Había pasado las páginas leyendo cada uno de los artículos, había mirado las secciones de moda y se había preguntado qué aspecto tendría ella con aquellos trajes tan extraños como elegantes. Se había saltado las recetas de cocina —«Por piedad, recetas no…»— para dar con una fotografía. Se le humedecieron las manos. Así era como Kyle trabajaba. En la imagen se veía a los F… en el escenario. Y ante ellos una multitud, miles de brazos en alto. Se notaba la pasión y la energía del concierto.

Había leído el reportaje que consagraba al grupo. Se había enterado de cómo y cuándo se había formado, y de en qué momento el éxito les había tocado con sus dedos. Había mirado el par de fotos de su ascenso, había leído que Kyle y Patsi estaban «juntos» desde hacía cuatro años. La había encontrado magnífica. Patsi rezumaba libertad, y la joven mujer rubia se sorprendió envidiando a la joven mujer pelirroja.

De hecho, envidiaba a todas las mujeres que sabían imponerse. Se preguntaba de dónde sacaban el valor que a ella cruelmente le faltaba. Sí, Coryn había envidiado a Patsi por eso. Y por un sinfín de otras razones… «Sin duda.»

Coryn había camuflado esa revista entre otras en el último cajón de la mesilla de noche, empotrada detrás de la cuna de Christa. Era consciente de que se trataba de un pequeño acto de rebeldía —«¿de libertad?»—, algo más fácil de acallar que las vibraciones que notaba en su interior. Las buenas y las malas. La música y los gritos. Si Kyle tenía la suerte de ser talentoso, santa Naturaleza había dotado a Coryn de una memoria excelente. «Es mi único verdadero don en la vida», se decía en secreto. «¡Y qué don! No se me olvida nada.» Se negaba a ver su belleza porque la consideraba responsable de su destino. Creía que, de haber sido menos guapa, o incluso literalmente fea, su padre no habría tenido por qué casarla tan joven con Jack… Las cosas habrían sido distintas. Habría tenido un noviete majo con el que se habría instalado en Birginton. Habrían tenido un hijo. Puede que dos. Habría seguido trabajando en el Teddy’s. Habría reído las gracias de los cocineros y organizado veladas con sus amigas. Sí, habría tenido amigas con las que habría vaciado pintas de cerveza. Habría ido a conciertos… «No habría conocido a Kyle.»

Coryn echó un vistazo por la ventana. «Qué vida…», pensó, sin saber a ciencia cierta si evocaba la del músico o la suya. «¿Qué tiempo hará en Osaka?» En San Francisco el viento azotaba los árboles. Se recogió rápidamente el pelo en una especie de moño y echó un último vistazo a la foto. Sonrió mientras volvía a leer al pie: «Concierto faraónico de los F… en Singapur. El grupo terminará su gira asiática en Osaka». Habían llegado, pues. «¿Qué hora será en Osaka?»

No se preguntó por qué Kyle había llamado. Solo importaba que lo hubiera hecho. Sí, la había llamado, y antes le había pedido que almorzara con él. «¿A lo mejor es mi único amigo?»

El instante preciso en que los destinos se cruzan
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