30

 

 

 

 

Kyle comió sin hambre y luego salió a tomar el aire. Tenía la extraña y horripilante sensación de que Jack se lo había puesto en bandeja. Inaccesible, pero no por ello menos peligrosa. «Con un poco de suerte, morirá antes que yo. Con un poco de suerte, le sobreviviré y Coryn será libre. Con un poco de suerte, podré tenerla entre mis brazos…»

Tras perder dos días de colegio, se torturaba por no haber sido más eficaz. Había forzado la máquina y, como resultado, todos sus planes se retrasaban. No se atrevió a pensar siquiera que había perdido a Coryn. Permaneció horas y horas sentado en la playa próxima a su hotel, junto a la orilla. El sol del final de la tarde se ponía poco a poco. Durante unos minutos el mar cobró un color azul intenso, profundo y casi eterno. Hizo relucir los charcos aquí y allá. Una luz dorada envolvió las cosas y a los seres. El horizonte desapareció, y Kyle siguió envuelto en aquella calidez oyendo las risas de unos niños a quienes sus madres prohibían meter las manos en las bolsas de patatas fritas para devorarlas a dos carrillos. Los críos se lanzaron al agua salpicándose. Él nunca había tenido su ligereza. Jamás tendría un hijo que jugaría así, entre risas, conjurando toda su desgracia. Sin embargo, todo eso tendrá que acabarse en un momento dado. «Mi muerte supondrá el fin de esta familia maldita.»

Kyle se levantó y deambuló por las calles, centrándose en todas las búsquedas que ya había llevado a cabo. Una vez más marcó el número de teléfono que había apuntado en casa de Jane. Una vez más nadie descolgó.

Sus pasos lo llevaron a otra playa, donde se sentó de nuevo en la arena para observar a la gente. No envidió la despreocupación de esas personas. Las admiró. La vida parecía atravesarlas con tanta facilidad…

Había una pareja joven, a su izquierda, que se besaba fogosamente al abrigo de una barcaza. Más lejos, las dos madres seguían charlando mientras sus hijos construían ahora castillos en la arena. Ninguna de ellas echó un vistazo a sus magníficas creaciones, absortas como estaban en su cháchara, y los críos aprovecharon para meter las manos hasta el codo en la bolsa de patatas fritas. Se fueron riendo. Algunos corredores pasaban por la playa, solos o en pareja. Los perros los seguían ladrando a unos metros.

Y el sol se sumergió en el océano. La luz se desvaneció. En pocos minutos la playa se vació como si alguien hubiera pasado la última página de un libro y Kyle se quedó solo. Estaba oscuro. Ya no quedaba ningún niño jugando allí. Ni corredores. Ni perros pegados a sus talones. Ni enamorados. Se tumbó en la arena, aplastado por la realidad. Por primera vez desde su llegada a México, sintió un miedo extremo.

Tuvo la sensación de ser arrastrado a las profundidades del océano, donde ya no había vida y solo reinaba la Muerte aterradora y fría, abriendo sus fauces abisales… Entonces se aferró a Jack como a una boya que le hizo subir a la superficie.

«El odio…» El poder del odio se apoderó de él, y volvió al hotel. Lanzó sus zapatillas a la otra punta de la habitación y se desplomó completamente vestido en la cama. Jack. Jack. Jack. Jack. Jack. Jack. Jack. Jack. Jack. Jack. Jack. Jack. Jack. Jack. Jack. Jack. Jack. Jack. Jack. Jack. Jack. Jack…

Ese hombre lo roía por dentro más que la «cosa» que lo devoraba. «Los días están contados. Los suyos y los míos. No debo ser el primero en irme.»

Kyle se levantó y se bebió una cerveza, que no le hizo ningún efecto. Su espíritu estaba demasiado agitado. Las consecuencias… Los miedos… «Me gustaría volver al instante preciso en que los destinos se cruzan… ¿Y si muero mañana? ¿Y si no despierto mañana?»

Se levantó otra vez y encendió el móvil. Sin mirar qué hora era, marcó el número de Chuck Gavin, su abogado. Este descolgó al segundo tono.

—¿Dónde estás?

—Ante las puertas del Paraíso, y estoy esperando que me abran.

Chuck soltó una risa.

—¿Has redactado los documentos que te pedí?

—Sí.

—¿Todo?

—Sí, Kyle. Está todo arreglado. Justo como me pediste.

—Te lo agradezco. Adiós.

Colgó sin dar tiempo a Chuck a hacerle más preguntas. Consultó sus mensajes. Cero. «La soledad no me abandona.» Era pasada la medianoche y otro día acababa de irse. Definitivamente. Irremediablemente. «Menos uno.»

El instante preciso en que los destinos se cruzan
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