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En Londres, el agua que circulaba ruidosamente por las cañerías de la ducha no despertó a Kyle. La señora Migraña lo saludaba con un buenos días. Esa mañana la muy zorra era discreta, cortés y casi amable, pero el músico sabía que eso nunca era una promesa. Migraña era una compañera imprevisible. Se volvía malvada, cruel y devastadora cuando se le antojaba. Si quería. Antes de que las cosas terminaran en drama. Kyle se levantó a por café. Litros de café mientras el agua seguía gorgoteando. Se terminó la tostada en el momento en que dejó de oírse el agua. Luego una segunda, una tercera, y una manzana, sin ver a Patsi aparecer.
Cuando abrió la puerta del cuarto de baño, Patsi estaba a punto de salir y lo apartó de su camino.
—¿Ya estás vestida?
No hubo respuesta. Solo una mirada. Sombría. Muda. En la que Kyle captó que él no estaba listo para la visita de un enésimo apartamento.
—¿A qué hora tenemos la cita?
—Tengo la cita, porque yo sí estoy preparada —dijo poniéndose el abrigo de color amarillo canario—. Tú llegas tarde y te quedas aquí.
—De todos modos eso no cambia nada, porque siempre eres tú quien decide.
—Decido yo porque a ti te la pela saber dónde vamos a vivir.
Impasible, se apretó el cinturón al máximo. Kyle la retuvo por la muñeca.
—Estoy cansado.
—Te repites, Kyle. Y me cansas.
Se soltó el brazo con un gesto seco y abrió la puerta del pasillo diciendo que…
—… es hora, ya es hora, de que veas a un matasanos y a un psicólogo. Te facilitaría la vida… Y a mí también, por cierto.
Luego, antes de que Kyle abriera la boca, recapacitó.
—Es verdad, lo olvidaba, te gusta sufrir.
—Cierra el pico, Patsi.
—¡No! —explotó ella—. ¡No tengo ganas de cerrar el pico! No me hace gracia ver cómo te regodeas en tu dolor y ya no me hace gracia vivir con un tío que no deja de flagelarse por no haber podido salvar a su madre.
Kyle no supo si esas últimas palabras habían sido escogidas para fustigarlo o si formaban parte de la gran familia de los lapsos. Pidió a Patsi que lo dejara en paz. Lo que ella no hizo. «Necesariamente.» Se quedó mirándolo un minuto entero, con los brazos cruzados.
—Sabes que tengo razón.
—No estoy dispuesto a escucharlo.
—Te doy dos minutos para que te vistas, si no…
Se censuró ella sola.
—Si no ¿qué? ¿Harás que pongan el piso a tu nombre? Así, cuando estés harta de mí, de mis migrañas y de mis estados de ánimo, ¿podrás echarme?
—¡Qué perspicacia! Bravo.
—Me vuelvo a la cama.
Dicho y hecho. Cerró los ojos y se los cubrió con un brazo.
Oyó que Patsi se acercaba con paso tranquilo.
—Ya no me quieres.
—Sí.
—Mientes —afirmó ella.
Kyle abrió los ojos. Patsi expresaba el problema por fin. Lo había visto acercarse y alejarse. Lo había traducido incluso extraña y cobardemente por un «hazme un hijo». Era inevitable que un día u otro el problema que pesaba como un cielo plomizo de noviembre reventara. Patsi era la más valiente de los cuatro.
—Yo —continuó la chica— no sé si sigo queriéndote y no sé si tengo más ganas de ti en mi cama.
Kyle se sentó.
—Entonces tenemos que hablar en serio.
—Ahora no —repuso ella—. Tengo cita para ver un piso que promete. Me gusta que las cosas sean claras y limpias, y odio la ciénaga en la que nadamos.
—Patsi…
Lo miró y dijo que no dormiría allí esa noche. Kyle tuvo ganas de preguntarle adónde pensaba ir, pero no lo hizo. Ella salió de la suite sin dar portazo. Y sin cerrar las puertas.
Era una mujer lúcida y resuelta. Había entendido que su camino había llegado a una encrucijada, mientras que él se preguntaba cuándo —y por qué— las cosas habían empezado a desgastarse. ¿Había sido después de conocer a Coryn? ¿Antes? Kyle era incapaz de distinguirlo. Patsi y él habían pasado tantos años de vida juntos, de trabajo juntos, de amarse, admirarse, discutir por una nota, un acorde, una variación de tono… Se conocían al dedillo y acaso demasiado. A Steve y Jet les parecía normal. Visto desde fuera, Kyle y Patsi se comportaban como era su costumbre; pero visto desde dentro, se observaban y analizaban de otra manera. Uno contra el otro, ya no en equipo. Patsi había aborrecido lo que Kyle había escrito a su vuelta, tras la muerte del Cabrón. Seguramente apreció en su música esa ínfima diferencia. De hecho, por algo había dicho y repetido hasta la saciedad:
—No tocaré jamás ese tema.
Pero ¿cuándo se consume el amor? ¿Te das cuenta enseguida o hace falta tiempo para que las cosas afloren de una vez? Ni el uno ni el otro habrían sabido responder a eso. Si Jane hubiese estado allí, habría añadido que lo mismo pasaba con la violencia. Patsi aborrecía a Jane. Las dos mujeres no se entendían. La artista consideraba que trazar una raya sobre el pasado era la única vía de supervivencia. Enfrentarse a él de raíz como hacía su «casi cuñada» era sencillamente incomprensible. Sufrir como Kyle era suicida. Ni él ni Jane lo habían pretendido nunca.
Kyle se puso de lado para huir de la luz blanca que se colaba entre las cortinas mal corridas. La señora Migraña cobró intensidad, y él se precipitó al baño para vomitar. Expulsar de su cuerpo lo que no digería. Siempre el mismo ritual. Siempre los mismos calambres. Siempre meter la cabeza bajo el agua para lavarse. El efecto sería calmante durante unos minutos. Los necesarios para volverse a la cama y hundirse en ella.
Patsi. Coryn. Patsi. Coryn… Migraña. Migraña. Migraña.
Las horas siguientes le ofrecieron el vacío total que necesitaba. La zorra se retiró. Acaso aspirada por el agujero negro que había engendrado. Durante unos instantes furtivos solo permaneció su ausencia. Como cuando recortas a un personaje de una foto. Kyle se sintió solo, perdido y con la sensación frustrante de no tener ya poder sobre nada. De ver que se le escapaba la vida. Inevitablemente, lo asaltó la imagen de su madre con su vestido de flores saliendo del cuarto de baño, con las gafas de sol puestas y diciendo en voz alta: «Me encantaría volver al instante preciso en que los destinos se cruzan…». Kyle nunca supo si hablaba para sí o si le estaba lanzando una llamada de socorro. Sí estaba seguro, en cambio, de que él había estado allí, junto a ella, y no había hecho nada. ¡Oh! Kyle sabía que solo tenía entonces cinco años. Aun así, algunos días habría deseado volver atrás en el tiempo y comprobar si había sido negligente. O no. Si habría podido hacer algo. O no. Si era culpable. O no. «¡Mierda! Patsi, tienes razón.»