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La segunda descarga eléctrica la recibió Coryn poco después de dejar a su hijo en el colegio y a Daisy en la guardería. La joven pasó por el Sweety Market, que tenía el privilegio de vender pan francés y numerosos periódicos extranjeros. Entre ellos, el Times, gracias al cual Jack podía presumir en su despacho hablando del estupendo artículo con la firma de su cuñado.
A Coryn le gustaba ir al Sweety Market. «Necesariamente…» Esa mañana pensó que, en efecto, había algo «tierno» entre sus paredes. Compró dos baguettes, unos espárragos frescos, el periódico. Pasó por caja, pensaba en Malcolm. Christa dormía en el portabebés de mano que Jack le había regalado. «¿Y Daisy? ¿Tendrá miedo ella también?» Coryn se detuvo en el paso de peatones. Abrió el periódico, hojeó las páginas, una, dos, tres, cuatro, cinco, y no cruzó.
Un largo artículo y dos fotos ocupaban una página entera. Miró al final de la hoja y leyó: «Escrito por Tim Benton». El corazón le dio un vuelco. Todo a una se dijo: «Así que mi hermano lo ha conseguido» y «Voy a volver a ver a Kyle». Ese segundo pensamiento, que se le escapó directamente del corazón, la impulsó a cerrar el periódico, sonrojándose por haber formulado esa idea y feliz de haberla tenido. ¡Qué audacia!
Cruzó la calle, levantó la cabeza y dejó que el viento peinara su melena hacia atrás. Olía a mar y a lejanía. Olía a viaje y a sal. Aportaba sabor a su vida. Desvanecía sus negros pensamientos como nubes inútiles, y el sol pálido de ese día de noviembre tuvo de pronto un fulgor inesperado.
Lo mismo que la cartera que, en la calzada, le dio el correo en mano. Por lo general, y así era desde hacía cuatro años, aquella mujer de uniforme que se movía como una sombra se limitaba a echar las cartas al buzón. La joven aceleró el paso para coger los sobres y le dio las gracias por haberla esperado.
—Que tenga un buen día, señora Brannigan.
Coryn se fijó en el sello inglés que destacaba sobre todo lo demás. Una carta a la atención de la señora Coryn Brannigan… Tercera descarga eléctrica. Una carta que no habían escrito sus padres ni Timmy. Una carta que lucía en el borde izquierdo el logo del hotel londinense donde se habían alojado… Coryn sacó las llaves. Temblaba tanto que le costó abrir la cerradura.
«¿Será…? No. Es imposible…»