20

 

 

 

 

Patsi despertó a Kyle. Todavía era de noche. Las bocinas sonaban a lo lejos en una ciudad cuyo nombre ignoraba. Como tampoco recordaba el del país o el continente donde habían tocado la noche anterior. Porque habían dado un concierto. Eso… lo sabía. Pero ¿a qué hora habían vuelto al hotel?

—No quiero tener hijos.

—¿Qué?

No sabía, tampoco, si estaba en plena pesadilla o violentamente proyectado a la realidad. Pero una cosa era cierta: Patsi de pie, medio desnuda, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándolo a los ojos.

—Respondo a tu pregunta.

—Pero ¿a qué pregunta?

—La que me hiciste en Moscú.

—¡Patsi! ¡Estoy durmiendo!

—Pues despierta.

Se sentó a su lado y lo zarandeó sin miramientos.

—Escúchame bien… No voy a tener ningún hijo. Y tampoco lo adoptaré.

Kyle se incorporó.

—¿Por qué?

—No quiero que un capullo lo atropelle el día en que se suelte de mi mano para salir corriendo detrás de una maldita ardilla. Sería una madre indigna, insoportable, difícil de manejar, irresponsable. ¿Me ves, Kyle? Mírame. ¡A mí! Lo he pensado muy bien. Es sencillamente imposible.

—¿Y yo? ¿Y si fuera capaz de ser un buen padre?

Patsi le cogió una mano.

—Tú eres Kyle Mac Logan. Eres parte de los F… Siempre estás metido en tu música, en tus pensamientos, en tu mundo, al que no quiero que me arrastres… ¿Dónde encaja ahí un crío? ¡Sé sincero! ¡Reconócelo!

Kyle se dejó caer sobre una almohada y miró el techo.

—Estamos en la carretera el noventa por ciento del tiempo —continuó—. ¿Dónde cabe un niño? No bajaré del escenario para darle el pecho y no cederé mi sitio a nadie, ¿lo entiendes?

Se tumbó a su lado. Apoyó la cabeza en su hombro y añadió que sí, que lo había pensado muy bien.

—Un crío… No es posible. Ni para ti ni para mí. En fin, si no cambiamos de vida. Y yo no lo haré por nada del mundo.

Kyle sabía que Patsi no se equivocaba. Era exigente, pero también auténtica y realista. Segura de sus elecciones. Por eso mismo, Kyle la había querido. Había aterrizado en su cama solo cuando ella lo había decidido. Había dicho que no prometía nada. Ni sobre la duración. Ni sobre… nada.

—Cuando me harte de ti, me largaré —le había dicho.

—Las cosas no siempre funcionan así —había respondido él.

—Sí. Lo reafirmo. Te acuestas con alguien. Te largas. Lo quieres. Te quedas un momento. Luego te largas. Es la rueda que gira.

—Y «siempre», ¿eso no existe para ti?

—No. A ver, sí. Es posible cuando te enamoras a los noventa años y tienes un cáncer extendido.

—No estoy de acuerdo.

—Son las estadísticas. Los «siempre» tienen siempre un final. Aunque solo sea porque nos morimos…

—Te demostraré que el «siempre» existe.

—¡Si supieras lo poco que me importa…!

El instante preciso en que los destinos se cruzan
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