El joven inconsciente
Un sereno acompaña a un huésped hasta un piso interior de su casa. Mientras abre la puerta, en la calle se escuchan tres ruidos secos, como petardos. El huésped, que tiene vivo el recuerdo de la «mili», le dice al sereno que son disparos. El sereno cree que son los gamberros, como ocurre casi siempre. De todas formas, se apresura a bajar y camina con paso firme por una de las zonas más céntricas de la ciudad. Al llegar al cercano cruce de dos famosas calles descubre en el suelo, junto a la esquina, a un hombre joven. Está tirado en plena vía, con peligro evidente de que le atropellen. El sereno, Fermín Fernández, piensa que debe de ser un muchacho que ha bebido demasiado. Se acerca al joven caído y trata de reanimarle con unas cuantas sacudidas a las que el muchacho no responde.
Apenas consigue que abra los ojos y distingue en sus pupilas lo que podría ser una mirada de agradecimiento. Fermín se da cuenta de que no podrá levantarse por sí solo. El joven apesta a alcohol y el sereno lo arrastra como puede hasta la acera. Lo incorpora a medias y lo recuesta contra la pared, sujetándolo contra un canalón mientras busca un taxi para enviarlo a su domicilio si consigue saber dónde vive. La noche es fría y lluviosa. A Fermín le sorprende que el muchacho no lleve gabardina ni ninguna otra prenda de abrigo. Cuando encuentra el taxi se apresura a volver junto a él. Entre los dos, sereno y taxista, tratan de despertar al joven para que les diga dónde está su casa. Como no lo consiguen intentan ponerlo en pie.
El cuerpo está flojo y desmadejado. No se sostiene derecho ni reacciona. El taxista, que sabe mucho de las sorpresas de la noche, sospecha que aquello que tiene el muchacho inconsciente es algo más grave que una borrachera. Le pide a Fermín que vuelvan a dejar el cuerpo donde estaba y examina las pupilas del joven, le busca el pulso inexistente y repara por fin en unas manchas oscuras que afloran en sus ropas. El taxista concluye que el muchacho aquel está muerto.
El sereno, en cumplimiento de su obligación, avisa a la policía, que sin tardanza establece que el joven ha fallecido de dos disparos. Llevaba en el bolsillo algo más de una peseta, 1,50 exactamente; y una papeleta del Monte de Piedad, donde con fecha del día anterior a la madrugada de su muerte, había empeñado un reloj por treinta duros. No lejos del cadáver encontraron un pañuelo blanco y tres casquillos de bala del calibre 7,65.
El cuerpo sin vida fue identificado como el de Luis Miranda Iglesias, de 20 años, un joven trabajador, alegre y cariñoso, que había estado empleado en un comercio como dependiente hasta que el local cerró. En el momento de su muerte estaba preparándose para formar parte de la plantilla de Teléfonos. La policía supo también que la víctima había sido rechazada por el Ejército por ser estrecho de pecho y que últimamente se daba con frecuencia a la bebida. El lugar en el que había sido encontrado el cadáver era una barriada llena de bares frecuentada en aquella época sólo por hombres. Pudo haber salido de cualquiera de esos establecimientos. A simple vista y por el olfato, podía determinarse que había estado bebiendo hasta poco antes de su muerte. Pero ¿quién lo había matado?
¿Por qué lo habían asesinado?