El caso del mecánico
Félix, de cuarenta y un años, se sentía confiado. El negocio marchaba considerablemente bien y se encontraba enamorado de Luisa. Incluso hacía proyectos de casarse con ella aunque anteponía la boda de su sobrina, Elisa, quien según su forma de pensar, debiera ir al matrimonio antes que él. Se hallaba en una época dulce de su existencia y no tenía por qué precipitar sus decisiones. El taller de reparación de automóviles que explotaba, a medias con su hermano Pascual, se demostraba suficiente para atender las necesidades de ellos dos y de sus familias. Es verdad que les exigía mucho trabajo, como aquella tarde de viernes en la que estaba soldando el cigüeñal de un vehículo. Según calculaba, todavía habría de demorarse unos cuarenta minutos en terminar. Esa obligación le impedía llevar a su novia a la sesión de las cinco al cine donde ponían una película que quería ver. Pero aunque lo sentía, Félix era un trabajador muy responsable y el hecho de llevar a medias aquel taller junto a su hermano le obligaba a ser muy cumplidor. Era él quien tendría que responder ante el cliente cuando viniera a recoger su coche y no quería que pudiera echarle en cara ninguna falta de formalidad.
También se sentía responsable ante su hermano, que aquella misma tarde tenía el encargo de comprar unos cojinetes necesarios para otra reparación. El hecho de ser dos al frente del negocio y de estar asociado con Pascual, su hermano, le hacía emplearse con toda la energía de que era capaz. Las relaciones con Pascual eran aceptablemente buenas, si se dejaba de lado el impulso autoritario que por ser el mayor quería imponer en la inevitable jerarquía del negocio. Luego también sentía una tentación intolerable de inmiscuirse en sus asuntos, en especial en lo que se refería a sus cuestiones amorosas con Luisa. Pero nada que fuera extraño a lo que pasaba en otras familias. Félix a veces se quejaba más de lo vulnerables que eran mientras se encontraban volcados en sus tareas en aquel taller, demasiado apartado y solitario, que no permitía darse cuenta de la llegada de intrusos.
Justo hubiera sido un buen momento de reparar en lo que en ocasiones le preocupaba, sobre todo cuando como ahora guardaban dinero, y objetos de valor, en las tres cajas con llave de que disponían. Porque mientras Félix soldaba el cigüeñal, alguien a sus espaldas levantaba un pesado martillo con forma de rombo, una de las herramientas del taller. Y sigilosamente se situó a pocos centímetros de su cabeza, descargando en seguida un golpe sobre su oreja derecha. Félix no pudo defenderse, abatido por el ataque recibido; otros dos golpes brutales le quitaron la vida. El dueño de un taller de automóviles había sido asesinado, pero ¿quién lo había hecho? ¿Por qué lo habían matado?