Bajo la tormenta
Sobre la capital descargaba un violento aguacero. El cielo se cerraba en un continuo estruendo de truenos. Un relampaguear constante atemorizaba a los cientos de personas sorprendidas a la salida de los cines. Por las aceras, los peatones se apresuraban empujándose con el ansia de refugiarse de la lluvia torrencial, en portales o establecimientos. Dos parejas de novios, en las que se daba la circunstancia de que ellas eran hermanas, acertaron a resguardarse frente a un cine, tropezando en el camino con un siniestro individuo que los increpó severamente. Minutos después esa misma persona, con una pistola en la mano, cruzaba la calle ancha encañonando a un muchacho joven al que el traje de domingo le hacía parecer algo mayor. Los novios se habían perdido huyendo de la lluvia, cuando otros transeúntes vieron con estupor cómo se intercambiaban algunas palabras entre el hombre de la pistola y el muchacho, al que conocían, pues era vecino del mismo inmueble en el que vivían las dos chicas envueltas en el incidente. Las dos parejas de novios, que serían tan importantes en este drama, percibieron que algo desagradable estaba ocurriendo pero no acertaban a saber qué. El tropezón que ellos mismos habían tenido minutos antes con el individuo se había resuelto primero con palabras, y luego, se había llegado a las manos. Pero todo parecía haber pasado ya. No cabe duda de que aquel hombre siniestro que empuñaba el arma era alguien muy violento que estaba a la espera o a la caza de algo, pero no alcanzaron a saber si se trataba de una explosión de violencia gratuita o quizá parte de un plan premeditado. Julián, el prometido de Antonia, sintió que le hervía la sangre porque había sido precisamente quien se había tenido que enfrentar al hombre de la pistola en un encuentro que daba por terminado, pero que ahora, sin él saberlo, se había convertido en algo tan terrible como una agresión en toda regla. Algunos paseantes estaban sopesando si era conveniente volver sobre sus pasos para intervenir en un abuso que los sublevaba cuando, fija la mirada en los dos hombres, los vieron subir a la acera de los pares, frente a una panadería. Allí, el individuo armado, despreciando la gran cantidad de gente que transitaba huyendo de la lluvia, dirigió la boca de su arma hacia el cuello de su rehén, y sin que nadie pudiera impedirlo, disparó. Fue un solo tiro, pero suficiente para acabar con él. La bala le alcanzó de lleno, matándole en el acto. Al ruido de la detonación, los transeúntes se precipitaron a detener al autor del disparo, quien defendiéndose a patadas y empujones logró escapar a la carrera. Un joven había muerto en extrañas circunstancias, pero ¿quién lo había matado? ¿Por qué lo habían asesinado?