Pero ¿qué consiguió con su crimen?
Joaquín estaba sin modo de ganarse la vida, angustiado y hambriento. En el último grado de desesperación acudió a Vilafranca a ofrecerse como jornalero, pero sin conseguir que le contrataran. Fue entonces cuando tomó la determinación de ir a por lo que necesitaba y como se decía para sus adentros, «al viejo le sobraba con la vida miserable que llevaba». Movido por la rabia y la necesidad recorrió los siete kilómetros hasta San Miguel de Olérdola, y de allí, los tres hasta la finca, a la que llegó de noche. Su móvil no fue sólo el robo, por el que obtuvo 47.000 pesetas que su víctima llevaba envueltas en papel de estraza, atadas con una cinta negra y junto al punzón con la punta hacia arriba, sino también el odio que había acumulado contra el anciano al que tenía por egoísta, avaro y receloso, que prefería moverse entre suciedad y telarañas antes que pagar a una vieja sirvienta por no gastar, para seguir acumulando dinero. Ese dinero que tanta falta le hacía a Joaquín, que se veía mucho más capaz de disfrutar que él. Pero sus deseos se vieron truncados porque la policía le descubrió y entonces el crimen sumó otros dos números 13 a los tres ya señalados, porque los investigadores fueron a buscar al asesino a la pensión de Aseó en la que habitaba, situada en el número 13 de la calle, y la detención se efectuó finalmente en un bar de Reus, un día de enero de 1955, precisamente el día 13.