¿Y recibió su castigo?
Sí, aunque no de la forma que podría esperarse. Porque Germán, que aquella mañana del crimen había pasado un par de horas jugando al mus en el bar La Parrilla y se preparaba para salir en la procesión de la tarde, como devoto cristiano que era, no esperó a la justicia humana, contraviniendo todas sus creencias y sus pautas de conducta. Un hombre cumplidor en su trabajo, de comportamiento servicial y correcto, se había transformado en una bomba silenciosa que estalló la mañana del Viernes Santo, sin que nadie, ni siquiera su compañero de cuarto en la pensión en la que vivía, pudiera darse cuenta de lo que pasaba. Los celos que le atormentaron durante meses fueron al final la causa de aquella loca acción, que le empujó a dar muerte a su antigua novia. Y luego, sin esperar a que la policía esclareciera lo que había ocurrido, dejando tras de sí una densa cortina de dudas y pesares, con la misma arma con la que mató a Piedad, se disparó en la sien derecha. Fue desde luego el colofón de un acto de locura.