Cuba, 1899 ࢤ 1934

Al fin cayó el león; aquí la historia hubiera vuelto con cariño arredro: éste fue su Tabor; este San Pedro le abrió las puertas de la misma gloria.

Aquí finalizó su ejecutoria, la progresión gigante de su medro aquel titán de robustez de cedro, aquel rebelde de feliz memoria.

Y aquí, en el delirar de su agonía, se juzgó necesario todavía para las libertades y la guerra,

sintióse derrotado por la suerte y clavó las espuelas en la tierra, ¡para cargar contra la misma muerte!

1919

Concurren a la exacta rectitud de la estela, el lastre de prudencia, la estiba de ambición: y el rumbo —resultante del timón y la vela— prolonga una serena bisectriz de ilusión.

El velamen preñado por la racha sonora incuba, como un vientre, su anhelo de volar, y el casco enfila dócil, del timón a la proa, el amor de la brújula con la estrella polar.

¿Y adónde va la barca tenaz en energías? ¿Adónde va en la eterna sucesión de los días que tras el desengaño de todos los crepúsculos

sigue abriendo las aguas a babor y estribor? (Tiembla en la arboladura un esfuerzo de músculos. Hay un jirón de cielo sobre el palo mayor).

¿Y qué hago yo aquí donde no hay nada

grande que hacer? ¿Nací tan sólo para

esperar, esperar los días,

los meses y los años?

¿Para esperar quién sabe

qué cosa que no llega, que no puede

llegar jamás, que ni siquiera existe?

¿Qué es lo que aguardo? ¡Dios! ¿Qué es lo que aguardo?

Hay una fuerza

concentrada, colérica, expectante

en el fondo sereno

de mi organismo; hay algo

hay algo que reclama

una función oscura y formidable.

Es un anhelo

impreciso de árbol; un impulso de ascender y ascender hasta que pueda, ¡rendir montañas y amasar estrellas! ¡Crecer, crecer hasta lo inmensurable!

No por el suave

placer de la ascensión, no por la fútil vanidad de ser grande... sino para medirme, cara a cara, con el Señor de los Dominios Negros, con alguien que desprecia mi pequeñez rastrera de gusano áptero, inepto, débil, no creado para luchar con él, y que no obstante, a mí y a todos los nacidos hombres, goza en hostilizar con sus preguntas y su befa, y escupe y nos envuelve con su apretada red de interrogantes. ¡Oh, Misterio! ¡Misterio! Te presiento como adversario digno del gigante que duerme sueño torpe bajo el cráneo; bajo este cráneo inmóvil que protege y obstaculiza en dos paredes cóncavas los gestos inseguros y las furias sonámbulas e ingenuas del gigante. ¡Despiértese el durmiente agazapado, que parece acechar tus cautelosos pasos en las tinieblas! ¡Adelante!

Y nadie me responde, ni es posible

sacudir la modorra de los siglos acrecida en narcóticos modernos de duda y de ignorancia; ¡oh, el esfuerzo inútil! ¡Y el marasmo crece y crece tras la fatiga del sacudimiento!

¡Y pasas tú, quizás si lo que espero, lo único, lo grande, que mereces la ofrenda arrebatada del cerebro y el holocausto pobre de la vida para romper un nudo, sólo un viejo nudo interrogativo sin respuesta!

¡Y pasas tú el eterno, el inmutable, el único y total, el infinito! ¡Misterio! Y me sujeto con ambas manos trémulas, convulsas, el cráneo que se parte, y me pregunto: ¿qué hago yo aquí, donde no hay nada, nada grande que hacer? Y en la tiniebla nadie oye mi grito desolado. ¡Y sigo sacudiendo al gigante!

1923

A José Torres Vidaurre, poeta peruano En Madrid

José Torres Vidaurre: ¡Salud! Salud y gloria, hermano apolonida: Salud para la escoria

miserable del cuerpo y gloria para el alma exquisita y doliente; que el beso de la palma

y del laurel descienda sobre tu sien fecunda. ¡Lucha con las tormentas! ¡Que tu bajel se hunda!

¡Quizás qué bella playa deparará el naufragio! Lucha y confía siempre: tu apellido es presagio

de brillantes combates y de triunfo sonoro; que sobre las anónimas tinieblas del Olvido,

Vidaurre, Vita aurea, por su vida de oro fulgirán las simbólicas torres de tu apellido.

(Otra etimología, de origen vizcaíno,

me da también Vidaurre como «primer camino»).

Y tras de mi saludo, te contaré mis penas por las cosas de Cuba que no te son ajenas,

y que no pueden serte ajenas por hermano mío, y por tu fervor de sudamericano.

Yo bien sé que la tierra de los Inca-Yupanqui no padeció del triste proteccionismo yanqui,

—aunque un temor futuro bien que lo justifica el apelar a Washington sobre Tacna y Arica—

pero la patria mía, que también amas tú como amo yo los timbres gloriosos del Perú,

nuestra Cuba, bien sabes cuán propicia a la caza de naciones, y cómo soporta la amenaza

permanente del Norte que su ambición incuba: la Florida es un índice que señala hacia Cuba.

Tenemos el destino en nuestras propias manos y es lo triste que somos nosotros, los cubanos,

quienes conseguimos la probable desgracia, adulterando, infames, la noble Democracia,

viviendo entre inquietudes de Caribdis y Scila, e ignorando el peligro del Norte que vigila.

Porque mires de cerca nuestra demencia rara te contaré la historia dulce de Santa Clara,

convento que el Estado —un comerciante necio— quiso comprar al triple del verdadero precio.

Y si en el gran negocio existía un «secreto»

con un cambio de letra se convirtió en «decreto».

Tal cosa llevó a cabo el señor Presidente, comprar ¡y por decreto! devotísimamente,

si bien que nuestra Carta, previendo algún exceso, dejó tan delicada facultad al Congreso.

(Mas el Jefe Honorable respecto a Santa Clara dijo que se adquiriera, mas que no se pagara).

Así, como abogado, se encomendó a San Ivo, urdió su fundamento, improvisó un motivo,

y consecuente para sus propios desatinos, se amuralló en sofísticos razonamientos chinos.

Mas, como entonces era Secretario de Hacienda un coronel insigne de la noble contienda,

que portaba las llaves sagradas del Tesoro con méritos iguales e idéntico decoro

que sus galones épicos y su apellido inmáculo, el Honorable Jefe neutralizó el obstáculo,

y esto fue lo que vimos con unánime pasmo; ¡le refrendó el decreto el seráfico Erasmo!,

señor incapaz hasta el Pecado y el Vicio,

con un delito máximo: su drama «El Sacrificio».

Así la triste fábula del antiguo convento fue bochornoso pacto de zorra y de jumento,

pues que la vil astucia y la imbecilidad se unieron a la sombra de una sola maldad.

Y, ¿quién te dice, amigo, que porque hice uso de un derecho de crítica a lo que se dispuso

por el decreto mágico, y al mismo Secretario le dije frente a frente cómo era de contrario

el pueblo a tal medida, me juzgan criminal? ¡Vivo en el primer acto de un drama judicial!

Y como me apoyaron doce ilustres amigos padeceremos juntos enérgicos castigos.

¡Al Ministro seráfico le mordieron las Furias: sufrimos un ridículo proceso por injurias!

Pero esto es sólo un síntoma: hace falta una valla

para salvar a Cuba del oleaje maldito:

hay la aspiración de perpetuar el delito y la feroz política se rinde a la canalla.

Hay patriotismo falso, de relumbrón y pompa, con acompañamiento de timbales y trompa;

se cambian Secretarios en situación muy crítica por mezquinas «razones de elevada política».

Mas, ¿adónde marchamos, olvidándolo todo: Historia, Honor y Pueblo, por caminos de lodo,

si ya no reconoce la obcecación funesta ni aun el sagrado y triste derecho a la protesta?

¿Adónde vamos todos en brutal extravío sino a la Enmienda Platt y a la bota del Tío?

José: nos hace falta una carga de aquéllas, cuando en el ala bélica de un ímpetu bizarro,

al repetido choque del hierro en el guijarro, iba el tropel de cascos desempedrando estrellas!

Hace falta una carga para matar bribones, para acabar la obra de las revoluciones;

para vengar los muertos, que padecen ultraje, para limpiar la costra tenaz del coloniaje;

para poder un día, con prestigio y razón, extirpar el Apéndice de la Constitución;

para no hacer inútil, en humillante suerte, el esfuerzo y el hambre y la herida y la muerte;

para que la República se mantenga de sí, para cumplir el sueño de mármol de Martí;

para guardar la tierra, gloriosa de despojos, para salvar el templo del Amor y la Fe,

para que nuestros hijos no mendiguen de hinojos la patria que los padres nos ganaron de pie.

Yo juro por la sangre que manó tanta herida, ansiar la salvación de la tierra querida,

y a despecho de toda persecución injusta, seguir administrando el cáustico y la fusta.

Aumenta en el peligro la obligación sagrada. (El oprobio merece la palabra colérica).

Yo tiro de mi alma, cual si fuera una espada, y juro, de rodillas, ante la Madre América.

1923

Decirlo es fácil y sencillo, no es necesario alzar la voz: ¡Un golpe fuerte del martillo, un relámpago de la hoz!

¡Ferroviarios, rueda motora! ¡Dios de la comunicación, detienes la locomotora y paralizas la nación!

Te dirigieron adversarios, te traicionaron cien por cien ferro-policías, perro-viarios, Li-falderillos de ten cen.

¡Fuera y abajo los sicarios y que los bravos proletarios conduzcan su propio tren!

Arrolla al pillo que te enchucha al patio de la Judicial. ¡Engánchate al convoy de lucha: Confederación Nacional!

Tabaquero que allá en el Norte colaboraste con Martí, hoy representa aquel aporte látigo y hambre para ti.

Fuiste a la huelga y con los modos de la democracia civil,

la «con todos y para todos» te respondió con el fusil.

¿Aprendiste lo que es la base de una perfecta sociedad? Dominio burgués de clase, al pie un letrero: «Libertad».

Bien comprendo tu desventura veneno de la traición; tus diligentes de basura y el Niágara de literatura a tutiplén sin ton ni son.

¡Diez mil horas de tal lectura y dé usted luego su opinión!

Mas hoy aprendes en la seca prosa de la vida real: dice más que una biblioteca cada rebaja de jornal.

¿Qué esperas, pues? ¿Tu propio entierro? La hora reclama unión y acción. ¡Entra al ejército de hierro! ¡Forma en la Confederación!

Y así juntos, en haz continuo, nuestro esfuerzo se hará mayor; que el semiesclavo campesino sea nuestro aliado mejor;

y que la mano que se mancha de grasa, de carbón, de cal, estreche la terrosa y ancha mano del obrero rural.

¡Juntos en pie, proletariado! ¡Nada perturbe nuestra fe! ¡Juntos y en pie contra Machado, contra el imperialismo odiado, contra la UN y el ABC!

Contra métodos anarquistas en virtud de cuya labor diez hombres son protagonistas

y el pueblo un simple espectador.

Por la admisión amplia, sin tasa, del pueblo presto a combatir; sólo en la acción pueden las masas labrar su propio porvenir.

Así hacerlo será sencillo si obedecemos a una voz: ¡guerra al patrono, al amarillo, al latifundista pillo, al imperialismo feroz!

¡Un golpe firme del martillo, un relámpago de la hoz!

Y tú que marchas a la conquista de las masas de la nación, ¡corre, Partido Comunista, tren de la Revolución!

¡Prepara el brazo, maquinista! ¡Pronto la vía estará lista en la penúltima estación!

Nueva York, 1933

Asalto al cielo - Antología poética
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