LA CABEZA DE UN EMPERADOR
OTHO
Roma, 15 enero de 69 d. C.
La cabeza de Servio Sulpicio Galba, Imperator Caesar Augustus, estaba clavada en una larga estaca en el corazón de Roma, en mitad del foro, frente al templo de Vesta. Miraba con los ojos en blanco, la boca torcida y la tez pálida a los curiosos que aún tenían la valentía de recorrer las calles de la ciudad aquella tarde. Tenía moratones y cortes en ambas mejillas, fruto de su vano intento por defenderse de unos pretorianos enloquecidos y hartos de que el emperador no cumpliera su promesa de darles el pago comprometido y acostumbrado tras su ascenso al poder. Su caída fue rápida: sólo siete meses desde su nombramiento como sucesor de Nerón. Alrededor había otras tres estacas con dos de los más fieles oficiales de Galba, Vinio e Icelo, y una última lanza con la cabeza de Lucio Calpurnio Pisón Liciniano, a quien Galba había adoptado como sucesor para dar inicio a una nueva dinastía. El cráneo de este último había sido perforado por la punta de un asta pretoriana hasta asomar por la frente partida de quien había soñado ser pronto emperador también.
Cayo Plinio Cecilio Segundo, llamado Plinio el Viejo, se encontraba entre los pocos atrevidos que se habían decidido a comprobar con sus propios ojos que, en efecto, los pretorianos, alentados por un nuevo rebelde, Otón de nombre, se habían rebelado y dado muerte al emperador Galba y su sucesor. Cayo Plinio se consideraba ya mucho más un hombre de letras que un guerrero, pero no era un cobarde: había servido a Roma durante doce duros años en Germania y combatido con valentía hasta llegar a alto oficial de la caballería; luego, cuando Nerón empezó a volverse loco hasta ordenar que el gran general Corbulón se suicidara —pues su fama eclipsaba a la del emperador—, captó el mensaje subliminal y dejó la carrera militar y política en la que estaba destacando demasiado y se dedicó a la escritura. Luego Plinio, atento a los vaivenes del siempre caprichoso carácter de Nerón, que, de pronto, se aficionó a componer versos, dejó de escribir poemas y se centró en la redacción de su gran obra, la Historia Naturalis, donde intentó recopilar todo el conocimiento de botánica, medicina, mineralogía y decenas de otras disciplinas para que quedara constancia para una posteridad que cada vez intuía más incierta y tenebrosa; más aún después de los tumultos de aquella misma mañana. Ahora, por la tarde, con las sombras de los edificios del foro alargándose sobre las losas de piedra, todo parecía más tranquilo, pero Cayo Plinio no se dejaba engañar por aquella paz extraña que tanto le recordaba a esos espacios vacíos, sin lucha, que se dan mientras dos ejércitos toman aliento antes de una nueva embestida. De modo que se había hecho acompañar por media docena de esclavos varones fuertemente armados, no tanto por protegerse él mismo como por proteger a su joven sobrino, también Cayo Plinio Cecilio Segundo de nombre, conocido como Plinio el Joven, de tan sólo siete años, que iba con él en aquel atrevido paseo vespertino por el foro de una ciudad en guerra consigo misma. El pequeño Plinio había quedado huérfano y él se había hecho cargo del niño, no sin ciertas reticencias iniciales, pero el pequeño se había mostrado discreto, reservado y propenso al estudio, como él mismo, y eso había hecho que se encariñara de él de forma sincera.
—¿Tienes miedo? —preguntó Cayo Plinio al ver que su pequeño sobrino lo miraba todo con los ojos muy abiertos y sin casi parpadear. El niño no respondió. Su tío se agachó y le habló en voz baja—: Es normal sentir miedo hoy. Todos los que están aquí, alrededor de esas estacas, deberían sentir miedo. Sólo los tontos no lo tienen.
Cayo Plinio observó que su pequeño sobrino se relajaba y asentía y, por fin, se atrevió a abrir la boca, algo que no había hecho desde que habían salido de la domus.
—Pero ese hombre —dijo el niño señalando la cabeza yerta de Galba—, ¿no era el emperador?
Cayo Plinio, aún agachado junto a su sobrino, se giró y miró la faz de Galba contorsionada y retorcida por el dolor extremo del último momento de su existencia.
—Así es, pequeño. Ese fue el emperador de Roma durante siete meses.
—Yo creía que un emperador gobernaba durante años, tío.
Cayo Plinio asintió.
—Así ha sido hasta ahora, pero cada vez, sobrino, hay que ser más inteligente para gobernar esta ciudad y todo su Imperio. Son demasiadas las personas que quieren ser el emperador de todo y de todos y muy pocos los capaces de ejercer el gobierno con astucia. Galba, a quien ves ahí, cometió muchos errores y en muy poco tiempo.
Cayo Plinio seguía hablando en voz baja y agachado junto a su sobrino. No era probable que como estaban las cosas hubiera algún partidario de la ya perdida causa de Galba, pero no era momento de despertar las suspicacias de nadie. Era mejor mantener aquella conversación lo más privada posible.
—¿Y en qué se equivocó Galba? —preguntó el pequeño Plinio con curiosidad.
—En varias cosas, sobrino, en varias cosas: no supo nombrar consejeros adecuados, no supo elegir a los prefectos del pretorio, decepcionó a los que le habían apoyado en su ascenso, como Otón, y, sobre todo, no pagó a los pretorianos el dinero que éstos esperaban. Perdido el apoyo del Senado por su mala gestión, con varios legati en rebelión en Germania y con su guardia pretoriana insatisfecha, aún me parece que duró demasiado. Y es sorprendente: todos pensaron siempre que Galba podría ser un gran emperador, incluso se pensó en él para que gobernara después de Calígula en lugar de Claudio, pero entonces fue más astuto y se mantuvo al margen, incluso se hizo amigo de éste. Seguramente ahora, en la vejez, ya no discernía con tanta habilidad. En cualquier caso, sobrino, lo que me importa de esta tarde es que veas bien en qué ciudad vives, en qué mundo vives. —Señaló las estacas clavadas frente al templo de Vesta con sus trofeos de muerte sin levantarse, aún de cuclillas y siempre mirando la faz de su muy joven sobrino—. Ese hombre era el más poderoso del mundo ayer, o eso creía, y hoy no es nada; además, ha muerto sin honor, de forma terrible. Míralo bien, sobrino, míralo bien y que no se te olvide nunca: todos podemos perderlo todo en cualquier momento, sólo nuestro sentido común, nuestro conocimiento, puede ayudarnos a sobrevivir. —Bajó aún más su voz hasta convertirla en un susurro—: Roma lleva ya muchos años sin sentido común y sin honor; sin sentido común desde Augusto y sin honor desde Julio César y el gran Escipión el Africano.
El niño, pese al tenue murmullo en el que su tío había hablado, lo había escuchado todo perfectamente, con la nitidez de su joven oído. Sabía quién era el emperador Augusto o Julio César, pero no sabía nada de aquel último nombre que había mencionado su preceptor. Por puro mimetismo, preguntó en voz muy baja:
—¿Y quién era ese Escipión el Africano, tío?
Cayo Plinio se irguió. A sus cuarenta y tres años, le costó hacerlo después de tanto rato de cuclillas.
—¿Escipión el Africano? Escipión el Africano, querido sobrino, fue uno de los mayores hombres de Roma, quizá el que más junto con César. Es una historia muy larga la suya, sobrino.
—Me gustaría que me la contaras, tío.
Cayo Plinio asintió un par de veces.
—Lo haré, lo haré, pero ahora vámonos de aquí. Está cayendo el sol y aún habrá enfrentamientos.
Empezaron a alejarse del templo de Vesta, siguiendo a los esclavos que les abrían el camino entre la marabunta de gente, que se estaba arracimando en el foro para comprobar si era cierto lo que se decía: que Galba había sido asesinado y que Otón era ahora el nuevo emperador. Mientras se alejaban, el joven Plinio lanzó una última pregunta:
—¿Y quién es ahora el emperador?
Su tío aceleraba la marcha, pues vio a varios grupos de senadores, muchos custodiados por pretorianos, otros por sus propios guardianes, todos nerviosos, cruzando el ángulo noroccidental del foro en dirección a la Curia. Plinio, sin dejar de caminar, habló otra vez en tono más bajo.
—Los pretorianos han proclamado emperador a Otón, y esos senadores van al edificio del Senado para decidir si apoyan ese nombramiento.
—¿Lo harán? —inquirió el pequeño.
—Ya lo creo que lo harán. Les va la vida en ello, muchacho. Ahora guarda silencio, por Júpiter, guarda silencio.
Se detuvieron para que pasaran los grupos de senadores y pretorianos y, en el momento en que el Vicus Iugarius quedó libre, Cayo Plinio, su sobrino y los esclavos se adentraron en la gran avenida con rapidez. Si aquellos senadores, en un acto de valentía pero también de locura, se oponían al nombramiento de Otón, iba a correr mucha más sangre. Había que encerrarse en casa y no abrir a nadie en unos días.
En cuanto llegaron a la domus, Cayo Plinio fue dando todas las instrucciones pertinentes a su atriense para que se prepararan para vivir aislados del exterior al menos una semana, hasta que se aclarara la situación y se supiera a qué atenerse. Una vez que el pequeño Plinio vio que su tío, algo más sereno, se sentaba en una modesta sella ‘ymío al impluvium, se le acercó de nuevo. En su pequeña cabeza aún bullían muchas preguntas.
—¿Y Otón, tío, será como Augusto, como Julio César o como Escipión el Africano?
El hombre suspiró con profundidad. Un esclavo le trajo una copa de bronce con un poco de vino con agua; lo tomó, bebió un trago y devolvió la copa. Bebía poco y no eran días para excederse. Convenía mantener la mente despejada.
—No lo creo, hijo, no. No creo que viva yo ya lo suficiente para ver a uno de esos grandes hombres. Quizá tú, sobrino, quizá tú seas más afortunado.
El pequeño Plinio se sentó en el borde del impluvium, pensativo. Tardó unos instantes, pero pronto supo formular con precisión su nueva pregunta:
—¿Y cómo sabré yo si estoy alguna vez ante uno de esos hombres, ante alguien como ese Escipión, o como Julio César o como el emperador Augusto?
Cayo Plinio se llevó los dedos de la mano izquierda al lóbulo de su oreja durante unos segundos antes de responder con rotundidad.
—Si alguna vez tienes la fortuna de estar ante uno de esos hombres, lo sabrás de inmediato, sin que nadie te lo diga. Esas cosas, sobrino, esas cosas… se sienten… se intuyen.
Fuera de la casa de Cayo Plinio, en un foro que se había vuelto a vaciar de gente, donde sólo los pretorianos campaban a sus anchas en pequeñas patrullas de una docena de hombres, la cabeza de Servio Sulpicio Galba, clavada en una estaca recubierta de sangre imperial seca, empezaba a corromperse por el inexorable paso del tiempo mientras las primeras hojas caídas de los árboles volaban sobre las silenciosas losas del centro de Roma.