Maurice Ravel

 

Si le preguntásemos a alguien, a cualquier persona que disfrute de la buena música, cuál es la obra más famosa de Maurice Ravel (no la más grande ni la más humana), sin duda nos dirá que el Bolero. Y es que el Bolero de Ravel, desde que el músico lo compuso en 1928, ha sido una de las obras musicales más interpretadas de todos los tiempos, tanto, que en 1993 aún se mantenía en el primer lugar de la clasificación mundial de derechos de la Sociedad de Autores, Compositores y Editores de música de Francia. Ravel la escribió para Ida Rubinstein, una famosa bailarina rusa que había acumulado cierta fortuna y que soñaba con representar un ballet de inspiración española. De padre francés y madre vasca, desde niño Maurice escuchaba las canciones folclóricas que su madre le cantaba, por lo que el encargo le resultó atractivo, familiar, y emocionado aceptó el trabajo. Contaba ya con cincuenta y tres años y una esplendorosa carrera cuando lo compuso. Había nacido en el departamento de los Pirineos Atlánticos (país vasco francés), y desde muy chico dio muestras de un talento excepcional para el piano y la composición. A los siete años ya tocaba con soltura y a los catorce fue aceptado en el conservatorio de París, recibiendo clases de Fauré (composición), Pessard (armonía), Gédalge (contrapunto), Beriot (piano)… A pesar de que a veces la pereza lo vencía (su padre tenía que ofrecerle pequeños regalos para que trabajara), cuando se sentaba frente al teclado daba la impresión de que no necesitaba hacer grandes esfuerzos para interpretar con maestría a los clásicos, improvisar o crear su propia música. Sus primeras composiciones: Balada de la reina muerta de amor (1894), Serenata grotesca (1894), Habanera (1895) y la famosa Pavana para una infanta difunta (1899) ya eran consideradas por la crítica piezas de gran valor musical… Y aunque todavía faltaban muchos años para que el artista escribiera su obra más famosa, el Bolero, ya su música era objeto de discusión por parte de colegas, críticos y aficionados; la percibían diferente, audaz, innovadora; impresionista, según algunos; expresionista o neoclásica según otros: una mezcla de “hallazgos musicales que revolucionaron la música para piano y orquesta”. El nombre de Maurice Ravel comenzó a ser reconocido en toda Europa, sobre todo cuando algunas de sus obras, que competían por el Premio de Roma, fueron rechazadas por Théodore Dubois, director del Conservatorio de París, lo que creó una gran polémica entre periodistas y críticos a favor de Ravel que desembocó en la renuncia de Dubois y en el pesar del músico que tuvo que resignase con no ganar nunca dicho premio por haber superado la edad límite para concursar, pero que hizo que su nombre y su música traspasara las fronteras de su país. Muchas obras siguieron a las anteriores, unas más aplaudidas que otras: Juegos de agua, Cuarteto en Fa mayor, Melodías de Shéhérazade, Sonatina para piano, Introducción y allegro para arpa y conjunto, Rapsodia española, Mi madre la Oca… El estreno de Dafnis y Cloe (1912), para muchos “su obra maestra”, representada por los ballets rusos de Diaghilev, marca el punto más sobresaliente de la primera parte de su vida. Exceptuado de ir a la guerra por su débil contextura (sin embargo colaboró en otros aspectos) en 1920 decide aislarse en una bella casa de campo a las afueras de París y dedicarse de lleno a trabajar, a cuidar de sus gatos siameses y con ello olvidarse un poco de las terribles consecuencias de la guerra. Allí pasa algunos años, pero su fama, el público y los teatros reclaman la presencia del “más grande compositor francés vivo” (Debussy ya había muerto) y en 1927 va a los Estados Unidos, a Canadá, luego varias veces a Inglaterra y a diferentes países de Europa. De regreso a su patria acepta el encargo de la bailarina rusa. Trabaja con ahínco en su Bolero, en los efectos orquestales, en el crescendo, en las modulaciones, en las codas… Desea terminarlo pronto, la próxima temporada está a punto de comenzar y no quiere perder la oportunidad de estrenarlo. Finalmente, el 28 de noviembre de 1928, en la Ópera Garnier de París, se estrena el Bolero de Ravel con un extraordinario éxito que de inmediato se hizo universal y se convirtió en una de las obras más escuchadas de todos los tiempos, e hizo que su autor pasara a la historia como uno de los más notables compositores del siglo XX. Pero hay una diferencia entre fama y grandeza. Y la obra más famosa de un artista no es necesariamente su obra mayor... Un buen día pasó algo inesperado en la vida de Ravel, algo que pudo haber sucedido en su casa de Monfort-l’Amaury o en un café de Montmartre, en un salón de música o en un teatro cualquiera de París: conoció a Paul Wittgenstein, un reconocido pianista vienés que en otros momentos había tenido el privilegio de tocar a dúo con compositores como Strauss, Mahler, Brahms. Tal vez por la posición en la que se encontraba, tal vez por la escasa luz que había en el lugar, Ravel no se había dado cuenta de que a Paul le faltaba el brazo derecho. Lo notó en el último momento, cuando le extendió su mano derecha y Paul, sonriente, le ofreció la izquierda. Fue cuando se percató de que del otro lado del cuerpo de Wittgenstein no había nada, sólo la manga vacía de un paltó oscuro, el pedazo de tela flojo y desocupado que se perdía dentro de un bolsillo para que no fuera dando banderazos y anunciando con descaro que nada lo llenaba. De inmediato Ravel cambió de mano, le devolvió la sonrisa tratando de no mostrar ningún cambio en su rostro y estrechó la mano izquierda de Paul. Las preguntas no se hicieron esperar: ¿cómo, cómo lo perdió, cómo un pianista puede vivir sin una de sus manos? Qué tragedia. Tal vez Paul adivinó todo lo que pasaba por la mente de Ravel. No era la primera vez que veía esa expresión de no-expresión en el rostro de alguien, la pena tras los ojos… 

—Fue en la guerra —dijo—. Fui herido cuando los rusos entraron en Polonia... Mi brazo se infectó y hubo que cortarlo… Desde muy joven toqué el piano. Era mi vida. En 1913 di mi primer concierto. Tenía veintiséis años. Fue todo un éxito: vivas por aquí y por allá, el público de pie, todos aquellos aplausos, y aquellas caras tras los aplausos: llenas de alegría y emoción. Me esperaba un gran futuro y ya ve… —Paul se miró la manga vacía.  

Hablaron durante largo rato. Ravel lo escuchaba con atención. Ya no se preocupaba por disfrazar sus sentimientos: su expresión se volvió cercana, compasiva y hasta el brillo de unas lágrimas apareció al fondo de sus ojos. Poco después se dijeron adiós, pero no por mucho tiempo.                                          

Ravel, que en esos días estaba enfrascado en la escritura de una de sus obras, puso de lado su trabajo y comenzó a componer una nueva pieza, una obra que, al contrario del Bolero, no sería la más famosa ni la más interpretada ni estaría en los primeros lugares de la Sociedad de Autores de Francia, pero que sin duda sería su gran obra: Concierto para piano para la mano izquierda en re mayor.

La trilogía de los malditos
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