Piotr Ilich Tchaikovski

 

No sé por qué los críticos de arte me inspiran cierta antipatía. Claro que no todos son iguales, pero disfruto generalizando cuando me refiero a ellos. Son tantos los que se equivocan en sus apreciaciones y es tanto el daño que pueden hacer a quienes caen en sus redes que los veo como jueces de ceños y labios apretados que condenan a reos inocentes por el simple hecho de no tener un buen abogado o el imperdonable antecedente de, en sus inicios, haber cometido algún error: una pintura defectuosa, una primera novela mal narrada, una vieja melodía que desafina… Tchaikovski no escapó de uno de estos jueces que, para colmo, era de los más influyentes, un supuesto experto en materia musical al que todos escuchaban como si sus palabras estuviesen grabadas en las piedras que Dios entregó a Moisés. El austríaco Eduard Hanslick dijo, refiriéndose al primer Concierto para violín de Tchaikovski: “El compositor ruso Tchaikovski seguramente posea un talento no ordinario, pero más bien uno exagerado, obsesionado con actuar como un hombre de letras, pero careciendo de criterio y gusto… lo mismo puede decirse de su nuevo, largo y ambicioso Concierto para violín. Durante un rato avanza discretamente, con sobriedad, con musicalidad y sin ser irreflexivo, pero pronto la vulgaridad toma la mano superior y sigue así hasta el final del primer movimiento. El violín a partir de entonces no se toca: es zarandeado, rasgado, maltrecho… El adagio intentaba en un principio reconciliarnos y convencernos cuando, demasiado pronto, se interrumpe para dirigirse a un final que nos transporta a la brutal y espantosa jovialidad de una celebración de iglesia rusa. Vemos una gran cantidad de caras burdas y soeces escuchar insultos groseros y oler el aliento a alcohol. Durante una discusión sobre ilustraciones obscenas, Friedrich Vischer una vez sostuvo que había pinturas cuyo hedor uno podía incluso ver. El Concierto para violín de Tchaikovski nos enfrenta por primera vez con la espantosa idea de que puede haber composiciones musicales cuyo tufo hediondo uno puede escuchar”.                                           

Vaya, si un musicólogo reconocido puede juzgar de esta manera una obra tan maravillosa como el primer (y único) Concierto para violín de Tchaikovski, cómo juzgaría entonces la de simples mortales sin el talento de un genio. Sin duda que Hanslick cometió un error. Si hubiese entendido que no puede comprenderlo todo, tal vez habría cuidado un poco más su venenoso comentario y hoy la historia no sería tan dura con él y yo no lo estaría recordando en este relato. Aunque, no hay que descartarlo, eso quizás le importara un bledo.

Tchaikovski escuchó el comentario con dolor. Era un joven muy sensible y críticas como esta lo afectaban enormemente: se encerraba en sí mismo durante días, lloraba como un niño y pensaba que la humanidad entera estaba en su contra. Que lo despreciaran por homosexual era algo contra lo que estaba acostumbrado a luchar, pero que su música fuera sometida a tal crueldad iba más allá de sus fuerzas. Había escrito su concierto en Clarens, Suiza, a orillas del lago Lemán, cuando víctima de una fuerte depresión debido a la separación de su mujer fue a pasar unas vacaciones con el ánimo de recuperarse. Un par de meses antes, en aquella constante lucha por ocultar su verdadera naturaleza, contrajo matrimonio con su compatriota Antonina Ivanovna Milyukova, una muchacha de buenos sentimientos y dispuesta a correr el riesgo de un fracaso pese a las advertencias que familiares y amigos le habían hecho. ¿Cambiaba esto las cosas? Tchaikovski apostó a ello. Tal vez podría acostumbrarse a una mujer, a la convivencia diaria y ocultar y enterrar para siempre sus verdaderas inclinaciones. Quizás así podría ser feliz, abandonar aquella angustia que desde niño lo embargaba, aquella sensación de sentirse perseguido por las miradas del siglo XIX, por los rumores y por las risas burlonas en la mesa de al lado o en el palco de atrás; sentirse diferente en un mundo donde los hombres como él —cuando lo entendió casi vomita de la impresión— eran señalados, humillados, rechazados, más que enfermos, seres que no merecían respeto ni consideración. Lo intentaría, sí, viviría con ella y se refugiaría en su música para endulzar los tragos amargos y compensar lo que la sociedad se empeñaba en ensuciar. Pero fracasó: no soportó ver el cuerpo desnudo de su mujer. En una carta a su hermano Anatoli, confiesa: “Siento por ella una profunda repulsión física”. Poco tiempo duró la unión. Dos meses en que su angustia se acentuó hasta llegar a límites de ya no querer seguir en esa vida. Así surgió Suiza, un descanso a orillas del lago Lemán, un sitio donde estar tranquilo, ideal para buscarle salidas a su infortunio y sobre todo un sitio donde poder entregarse por completo a su música. Nació entonces su primer Concierto para violín. Para componerlo, dado que Tchaikovski era básicamente pianista, contó con el apoyo del talentoso violinista Iósif Kotek, a quien daba clases de composición y eventualmente tocaban juntos obras para violín y piano. Así, en poco menos de un mes y sin ser especialista en el instrumento, Tchaikovski compuso una de las más importantes obras maestras de todos los tiempos. Es lo que opinan los expertos hoy en día, pero en aquellos años muchos no pensaban igual. Tchaikovski, más que orgulloso de su trabajo, ofreció su concierto para que fuera interpretado por Leopold Auer, violinista húngaro, director de orquesta y compositor, un famoso pedagogo del violín reconocido en toda Europa. Auer estudió la partitura, la mano masajeándose la nuca, los ojos fijos sobre la obra, la confusión en su rostro y, al cabo de varias horas, concluyó que no, no la aceptaría, aquello era “intocable”… Esto pareció no sorprender a Tchaikovski que años antes había vivido el rechazo de su Concierto para piano 1 por parte de Nikolái Rubinstein. Pero, ¿qué significaba todo aquello? ¿Acaso se trataba de una confabulación en su contra, una manera de cobrarle su homosexualidad…? Poco después, cuando el concierto finalmente fue interpretado en Viena a finales de 1881, esta vez por Adolph Brodsky, recibió la demoledora crítica de Edward Hanslick. Tchaikovski, con las manos en la cabeza se preguntaba en qué había fallado. Había estudiado su concierto de cabo a rabo, había repasado los movimientos: el allegro moderato de la primera parte, la canzonetta del intermedio y la energía del allegro vivacísimo del final: todo estaba en orden, como lo había planeado; dentro de su cabeza las notas resplandecían en perfectos compases de soberbia armonía. No le haré cambios… ya lo apreciarán.

Pero hay sueños que trascienden la vida. Años después, ya muerto el maestro ruso, Leopold Auer interpretó el Concierto para violín de Tchaikovski con tal éxito que no sólo se arrepintió de haberlo rechazado un día, sino que lo enseñaría a sus alumnos a lo largo de toda su carrera. Por añadidura, en respuesta a Eduard Hanslick por su cruel comentario, dijo: “El hecho de que el último movimiento (del concierto) tuviera un ligero aroma a Vodka, no iba acorde con su buen juicio ni con su reputación como crítico”. Quizás, después de todo, no deba generalizar cuando me refiera a los críticos.

Con este pensamiento dando vueltas dentro de mi cabeza me serví una copita de vodka y me dispuse a tomarla mientras en el equipo de música sonaba el Concierto para violín en re mayor, Op. 35 de Tchaikovski, interpretado por el violinista ruso Maxim Vengerov… ¿Qué puede haber mejor que esto?

La trilogía de los malditos
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