Georgia
O`Keeffe
Hermosa y rebelde, fue lo primero que pensé al ver su rostro en las decenas de fotografías que aparecen en blogs y páginas web. No es del tipo caucásico, más bien parece latina: ojos oscuros, la piel a juego, el cabello lacio castaño o negro, la barbilla pronunciada… Al final de los labios, cuando parece reír, se le marcan un par de hoyuelos que la hacen más atractiva. Son pocas las fotos donde ríe. Y su mirada tiene algo difícil de interpretar, melancólica, lejana. Quizás sea por la forma de sus ojos: caen hacia los lados como los de aquellas máscaras tristes que adornaban cines y teatros. Una tristeza contagiosa e inevitable te hace quedar allí, frente a su imagen, minutos enteros, tratando de descifrarla, sumando recuerdos a los que ella pudo haber tenido: una vieja granja en Wisconsin alrededor de 1890, el cacareo de gallinas, el relincho de algún caballo a lo lejos, el rumor de la brisa entre los árboles… Se despierta en la mañana, bosteza, estira los brazos y se queda ensimismada mirando cómo los primeros rayos de sol iluminan la flor junto a su cama. Unos segundos después, la luz sobre el florero de cristal se fracciona en mil pedazos y forma una cuna de colores donde la flor se tiñe de diversos tonos de naranja, rojo, verde y azul. Georgia sonríe. Imagina curvas, recrea espacios. A medida que el sol asciende la luz crea sombras, cambia superficies, nacen nuevas flores ante sus ojos y ella sigue sonriendo en medio de aquel siempre renovado ramillete de estambres, pétalos y pistilos. Dónde nacerán estas flores, se pregunta una y otra vez mientras en su imaginación siente su olor, palpa su suavidad y admira sus colores. Sólo dentro de mi cabeza, se repite el mismo número de veces al tiempo que trata de atraparlas sobre un papel y su tierna mano se deja llevar por fuerzas invisibles que reconoce como amigas, fuerzas aliadas que intentan expresar a la perfección toda la belleza que flota ante sus ojos. Una suave brisa entra por la ventana y la saca de su abstracción. Atiende a la voz de la madre. El desayuno está servido. Se levanta y otra flor la espera en el aguamanil, otra en el bucle que le hace el cabello sobre los hombros, otra en las hojuelas del cereal que se dispone a comer, otra en las pequeñas olas de la leche revuelta… A veces, cuando Francis, su padre, la lleva a la escuela, ella le pide que detenga la carreta para recoger alguna flor del camino. La toma entre sus manos y la observa con el espontáneo agrado de quien ama la naturaleza, pero reconoce que no son como las de su sueño, nunca con aquel color y aquellas formas que ella imagina. ¿Dónde nacen estas flores? ¿Qué tierras les dan vida? Aunque no son las mismas, las admira entre sus manos como si de un tesoro se tratara y al regresar a su casa las dibuja más hermosas de lo que realmente son y luego, ya secas, las guarda en su viejo diario. Francis e Ida se preguntan qué hacer con esa niña que se resiste a recoger los huevos que ponen las gallinas, a la que todos los días hay que recordarle echar el heno a los caballos, que odia lavar y planchar la ropa… No viviría de la pintura, de dibujar flores. Nadie lo había hecho. Nunca, en todos los Estados Unidos. No una mujer. A lo sumo, si en verdad era buena pintora y la suerte la acompañaba, llegaría a ser profesora en alguna escuela rural, no más. Pero no había nada que hacer, la pequeña Georgia dedicaba más tiempo a sus dibujos que a cualquier otra actividad. Así que, resignados, consintieron en que se dedicara a la pintura. Se despedía así por un tiempo del campo, de la vida rural, del cacareo de las gallinas y del relincho de los caballos. Estudió en el Instituto de Arte de Chicago. Luego en la Liga de Estudiantes de Arte en Nueva York. Se sentía realizada. Sus flores adquirían nuevas dimensiones bajo su pincel. Alguien reparó en ellas, en las flores, y en ella, en la persona que las pintaba. Alfred Stieglitz, fotógrafo y propietario de una galería de arte en Nueva York, le diría que nunca había visto flores como las suyas, que eran surrealistas, abstractas, profundas, que desprendían el aroma de todas las flores juntas y que le gustaría exponerlas en su modesta galería. Ella, una provinciana humilde, que recién abría los ojos al mundo nuevo que la recibía y dueña tal vez de un aún ignorado talento, lo miró con timidez, le sonrió, los ojos brillantes y agradecidos entre los abanicos de sus pestañas y le dijo que sí, que aceptaba su propuesta. Corría el año de 1917 cuando se realizó su primera exposición individual. Entre risas y miradas furtivas se encargaron personalmente de organizar la muestra.
—La Iris negra aquí —decía ella.
—Y la Cala amarilla en la pared de allá —decía él.
—Cuidado con el marco.
—Debo cambiar este bombillo.
—Se ve mejor con la ventana abierta.
—Déjame ayudarte con este cuadro.
—Es uno de mis favoritos.
—Es increíble cómo logras estas formas, estos colores.
—Allí están, en mi mente, desde niña. Son las mismas flores que recogía en el camino a la escuela, sólo que, cuando las pienso, se amplifican: puedo verlas por dentro y pasearme por sus laberintos, colorearlos y hacerlos míos; flores nuevas, de otro mundo.
—Pero, ¿existen en la realidad?
—No, sólo en mi imaginación. Aunque, no sé, tengo la ilusión de que algún día, en algún lugar, podré encontrarlas, de que estén allí, aferradas a la tierra, yendo y viniendo de la mano del viento a la espera de que yo las encuentre, de que nos fundamos en un abrazo por años esperado y que ya nunca nos separemos… Pero no prestes atención a lo que te digo. También esto debe de ser un sueño y sólo me recreo con la esperanza de encontrar aquello que sueño, de hacer realidad lo imposible, de aspirar tal vez a lo que sólo Dios y los que a Él han llegado les es permitido. Encontrarme con que todo era cuestión de confianza, de tener un poquito de confianza, de que están allí, de que mis flores están allí, esperando, aunque no las vea, aunque por ahora no las vea.
—Ven —le dijo Alfred—, colguemos este.
— Es otro de mis favoritos.
—Sí, también de los míos.
—¿Ya sabes lo que dicen de él?
—¿Que parece una vagina?
—Bueno, no quería decirlo tan directamente.
—Lo han dicho de otras de mis flores. No han sido hechas con esa intención. Pero es probable. ¿Acaso las flores y las vaginas no se parecen? ¿Su forma y tamaño a veces no son similares? ¿No inspiran de manera análoga a poetas y a artistas, a mozos y a viejos, a ricos y a pobres? ¿Acaso ambas no viven su momento de esplendor? ¿Y ambas no se marchitan de la misma manera y ya resecas se guardan entre las páginas de un viejo libro? Entonces, desde ese punto de vista, sí, podría decirse que sí, que algunas de mis flores son auténticas y hermosas vaginas vistas desde muy cerca y en todo su esplendor, con el colorido de la pasión, el brillo de la juventud y, por qué no, con la esperanza del renacer…
Satisfecha de su discurso, Georgia se puso las manos en la cintura, descansó una pierna y altiva miró a su benefactor en espera de una respuesta. Alfred, que se había quedado paralizado sobre la escalera escuchando a Georgia, terminó de colgar el cuadro, le sonrió tiernamente y la abrazó con fuerza. Ella se dejó llevar al refugio de sus brazos, musculosos pétalos que la atrapaban y la hacían sentir amada, segura. Y allí estuvo, entre sus brazos, hasta que en 1924 contrajeron matrimonio y hasta que un día, poco tiempo después, sintió la imperiosa necesidad de viajar al desierto, al oeste de los Estados Unidos. Alfred no estuvo de acuerdo. Pero ella insistió y se marchó sola. Y no regresaría a Nueva York hasta 1946, cuando Alfred falleció. ¿Qué poderosa atracción la había sacado de su nueva vida? ¿Qué veía en sueños? Luego del entierro regresó a su casa de Taos, Nuevo México, donde residiría hasta su muerte, a los noventa y ocho años, rodeada de aquellas flores del desierto que tanto recreó cuando niña y que también existían en la realidad.