Arturo Uslar Pietri

 

Ser presidente era su sueño, su sueño más preciado.

Jorge Luis Borges dijo una vez que Uslar era dos hombres en uno. Sin duda se refería al político y al escritor. Como escritor obtuvo muchos galardones; como político incontables reconocimientos. Pero, Presidente de Venezuela es lo que más hubiese querido ser. Se había preparado con ahínco, venía de una familia de hombres y mujeres recios, valerosos, acostumbrados a luchar por sus creencias. Su bisabuelo, el general Juan Uslar, participó en la batalla de Waterloo bajo las órdenes del Duque de Wellington y, tiempo después, en la Batalla de Carabobo al lado del Libertador. Su abuelo, Juan Pietri, hijo de inmigrantes corsos, llegó a ser Encargado de la Presidencia de la República, Vicepresidente, Ministro, Diplomático... Así que, en una época de su vida, el joven Uslar se debatía entre ser político o escritor. Llevaba la política en la sangre, es cierto, pero también el corazón se le llenaba de felicidad cuando tomaba el lápiz entre sus manos, la mirada azul distante, el tiempo detenido, y comenzaba a escribir uno de sus cuentos o novelas. Aquellos dos hombres que señalaba Borges entonces se prepararon para, cada uno de ellos, de forma independiente, lograr las metas que se habían trazado: El Uno, ser un gran escritor; El Otro, llegar a ser Presidente de la República. Ambos tenían la misma apariencia física: altos, delgados, protocolares, refinados, de verbo fácil y mirada profunda. Pero mientras que El Uno se debatía entre personajes, escenarios, tramas y signos de puntuación, El Otro lo hacía entre denuncias, discursos y cargos públicos. El Uno era un observador de la vida, de las costumbres del campo y sus paisajes, leía a Kipling, a Shaw, a Goethe y se emocionaba cada vez que recordaba el cuadro de El entierro del conde de Orgaz que una vez vio en Toledo; El Otro centraba su atención en la miseria, la pobreza de su país, la corrupción, y trataba de luchar contra ellas desde posiciones en las que poco podía lograr. Ambos habían sido unos niños vivaces e inteligentes. Habían nacido en 1906 en una populosa zona del centro de Caracas, cerca de la estación del tranvía, cuando la ciudad todavía era un fresco valle donde se podía caminar sin temor a que un delincuente te robara los zapatos deportivos, el maletín de cuero o los lentes de marca. Ambos, a pesar de su abolengo, reconocían que muchos de sus parientes eran “gente muy rica”, pero ellos pertenecían a la rama pobre de la familia. Los dos vivieron la humillante manera en la que su padre, el coronel Uslar, fue despojado de su finca de café y lanzado “a un calabozo y remacharle la carga de grillos”. Ambos vieron morir a sus dos hermanas aún a muy tierna edad, ambos se graduaron de abogados sin querer serlo y ambos, un día, se encontraron frente a frente y se preguntaron qué querían ser o hacer. El Uno mantuvo su posición; El Otro no dio su brazo a torcer. Entonces decidieron separarse con la elegancia de dos personajes que se respetan: la mirada fija en el espejo, un toque en el sombrero, un último vistazo al traje de lino, la corbata negra en su sitio y hasta la vista.

El Uno se dedicó a escribir (cincuenta y cinco cuentos, siete novelas, más de mil setecientos artículos, innumerables ensayos) y a cultivar amistades. Logró todo lo que se había propuesto. Se consagró al recibir el Premio Nacional de Literatura de su país, el Príncipe de Asturias de las Letras… Su primera novela, Las Lanzas Coloradas, había sido un éxito internacional, traducida al francés, al inglés y al alemán; publicada por primera vez en Madrid, luego en Santiago de Chile, París y Berlín. Gran cosa para “un joven escritor que llegaba por tren, de París (a España), en busca ilusionada y azarienta de un editor para mi primera novela”. Mientras esperaba respuesta de la editorial en Madrid, Uslar asistía a las tertulias de la Granja de Henar, a la de Don Ramón del Valle de Inclán, las de la Calle de Carretas donde estaba Ramón Gómez de la Serna y su Café de Pombo. “Pocos días después yo tomaba el tren para París. Llevaba en el bolsillo el contrato de edición de Las Lanzas Coloradas, unas miles de pesetas y una inmensa esperanza”. En la ciudad luz se codeó con otros escritores, pintores, músicos, cineastas: Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Paul Valery, Breton, Desnos, Dalí, Hafter, Buñuel y de nuevo con Gómez de la Serna en otro Café de Pombo que éste había abierto en la colina de Montparnasse. El mundo de la literatura había caído a sus pies, el reconocimiento de los más destacados era un hecho, todos lo conocían; en la Coupole, entre té, vino y café, se hablaba con admiración del venezolano de ojos azules y porte elegante; qué más podía pedir El Uno. A veces, en las noches, cuando estaba profundamente dormido, El Otro se aparecía en sus sueños, orondo, con la banda de la presidencia de la república frente al pecho. El Uno, lejos de despertarse sudoroso e impresionado por la fantasía, reaccionaba con la agradable sensación de un sueño placentero.  

El Otro, el político, no se quedaría atrás. Se hizo Doctor en Ciencias Políticas. Apenas con veintiún años fue nombrado Agregado Diplomático en París. Una vez de regreso a Caracas fue designado Presidente de la Corte Superior, Ministro de Educación, de Hacienda, de Relaciones Interiores, Secretario de la Presidencia. Como político, El Otro no escapó del más benévolo trato que los tiranos le dan a los que piensan y se expresan diferente: fue enviado al exilio. “De pronto, de ser un hombre poderoso, con ideales, con una gran actividad, una vida estable, me encontraba con mi familia en un país diferente sin saber cómo y dónde iba a trabajar para sobrevivir... Llegué a Nueva York desterrado, sin dinero, me habían hecho preso, me habían quitado todo, me habían saqueado... y llegué allá sin nada...”. Cuando finalmente cambiaron las circunstancias, El Otro regresó a Venezuela con aspiraciones de ser Presidente de la República. Y vaya si sabía lo que tenía que hacer: “La única manera económica, sabia y salvadora que debemos practicar es la de transformar la renta minera en crédito agrícola, estimular la agricultura científica y moderna, importar sementales y pastos, repoblar los bosques, construir todas las represas y canalizaciones necesarias para regularizar la irrigación y el defectuoso régimen de las aguas, mecanizar e industrializar el campo...”. Y en 1961 hizo una aclaratoria sobre aquella máxima suya de Sembrar el petróleo (al parecer poco comprendida) que puso a pensar a mucha gente y que hasta el día de hoy resuena en los oídos de todos los venezolanos como la última canción de un viejo disco de vinilo abandonado en el desván: “No íbamos  a sembrar aceite negro en los surcos de labranza como brujos de la noche de Walpurgis, sino que íbamos a convertir el petróleo en dinero y el dinero invertirlo en el desarrollo de una economía reproductiva, sana y creciente”.

Llegó el día de las elecciones, había sido una larga y costosa campaña. Poco a poco, a medida que se iban conociendo los resultados, El Otro se fue dando cuenta de que, en lo adelante, dedicaría el resto de su vida a El Uno.

La trilogía de los malditos
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