Gustave Flaubert

 

En cualquier momento llegaría su padre. Era médico, jefe de cirugía del Hospital de Ruán, y solía llegar a casa al final de la tarde. Cansado y sin hablar encendía las velas, un tabaco y se sentaba en el sillón de su estudio con los ojos cerrados mientras caía la noche. Pero esta tarde no fue al estudio como era su costumbre, sino directamente a la habitación del joven Gustave. Al oír sus pasos, Gustave, a toda velocidad, escondió el fajo de papeles sobre los que escribía. Pero con la premura, con los nervios de ser visto, uno de ellos se le escapó, cayó al piso como la hoja de un árbol y una leve brisa lo llevó hasta muy cerca de la puerta. El niño palideció, hizo el intento de levantarse, sus piernas se tensaron, las palmas de las manos sobre el escritorio, los codos al aire, el cuerpo inclinado hacia delante, la mirada alterada, listo para correr tras el papel y esconderlo junto con el resto, pero se desinfló al ver la puerta abrirse y la imagen de su padre tras ella. Trató de sonreír, una de esas sonrisas infantiles e  inocentes de las que no se puede escapar. El padre la respondió a medias, miró el papel, lo recogió, lo leyó, luego lo sacudió un par de veces en el aire y, mientras lo convertía en un ovillo, miró al niño con el desdén de alguien que está harto del tema: “Los Flaubert somos una familia respetable y no queremos, entre nosotros, ni vagos ni poetas”, dijo con el ceño fruncido. A pesar del evidente temor que se reflejaba en el rostro de Gustave, no parecía estar de acuerdo con la sentencia de su padre.

Desde muy corta edad había sido un niño curioso, rebelde, de tendencias un tanto extravagantes: de vez en cuando escalaba las tapias del hospital donde el padre trabajaba para ver los cadáveres en la sala de autopsias; los enfermos mentales le causaban cierta fascinación, se creía poseedor de un poder magnético sobre ellos y trataba de ejercerlo mirándolos fijamente... Tendencias que se reflejaban también en sus primeros trabajos, que escribía para sí y para sus amigos, como en el de las aventuras de un ser de madre humana y padre mono; la historia de un hombre sin alma; la tragedia de un cataléptico que fue enterrado vivo y muere renegando de su mala suerte, en fin. Sus amigos no se quedaban al margen en sus visiones macabras y pesimistas, algunos de ellos fueron más allá de la fantasía y terminaron sus vidas suicidándose o entregándose a la bebida. Sólo tres de ellos se salvaron de tan horrendo destino: Ernesto Chevalier, poeta y político; Alfredo le Poittevin, comerciante, tío de Maupassant; y Máximo du Camp, editor de la Revue de París, quien lo sacó de su ostracismo y con el que emprendió un largo viaje por Oriente cuando tenía veintiocho años, cuya belleza marcó una etapa de la vida de Flaubert y de la que escribió un libro. 

El padre de Gustave dio unos pasos hacía su hijo. Éste, en un movimiento de  apariencia casual, cubrió la gaveta del escritorio con su cuerpo. Su padre se dio cuenta y sin mediar palabras revisó el contenido. Se trataba de pequeñas obras que luego el aún niño Flaubert representaba con su hermana en el teatro casero  que solían improvisar sobre la mesa del comedor. Al fondo del cajón, una novela y dos ensayos con aires científicos sobre el “Resfrío” y otra sobre el dramaturgo francés  “Corneille”. El padre ojeó brevemente el abultado fajo de papeles. No dejó de causarle una pasmosa impresión que su hijo hubiese escrito todo aquello a tan temprana edad. Aún así, y con el rigor que le caracterizaba, una vez más le dijo que ni vagos ni poetas, metió los papeles debajo de su brazo y tiró la puerta al salir. Luego de unas lágrimas el niño sacó un papel, una pluma y comenzó a escribir. No se habló más del tema. No obstante, a escondidas, presa siempre de cierto pánico, Gustave seguía desarrollando su amor por la literatura. Tenía ya dieciocho años cuando decidió enfrentar a su padre y decirle que no quería ser médico como él y como su hermano Aquiles, “quiero ser escritor, nada más”, remató casi con un ruego. El padre, dispuesto a ceder pero no del todo, le dijo que bien, entonces ni médico ni poeta, sino abogado, y lo envió a París a estudiar Leyes. Ya para esa fecha Gustave era un joven de apariencia descuidada, tímido, arrogante, apuesto, de rudos modales y cierto endiosamiento que lo hacía destacar de los demás. Hablaba poco pero, cuando lo hacía, de su boca salían sapos, culebras y las más puntiagudas ironías, mostrando un rechazo radical por los convencionalismos sociales. Se consideraba loco de atar, otra de sus ironías, incluso consideraba loco a todo el que se le atravesara en el camino. Una vez dijo: “El primer badulaque con quien me encuentro por las mañanas al levantarme soy yo mismo... al mirarme al espejo para afeitarme. Y el último es cualquier hombre con quien tengo la desgracia de hablar antes de acostarme”. No había dudas, no era en el Derecho donde quería hacer carrera,  no era como abogado como quería pasar el resto de su vida. Un día, habiendo descartado hablar de nuevo con su padre, en el segundo año de la carrera que le habían impuesto, le sobrevino un violento ataque de epilepsia. Fue entonces cuando su padre dio su brazo a torcer. Un terrible evento para muchos; para Flaubert, un pasaporte a la inmortalidad. 

La trilogía de los malditos
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