Felix Mendelssohn-Bartholdy

 

Qué me falta hacer, se preguntó Mendelssohn con cierta desazón cuando ya tenía veinte años y los aplausos le parecían insuficientes, los bravos apenas se escuchaban en las salas y los comentarios sobre su obra no pasaban de unas pocas palabras bienintencionadas sin elocuencia ni pasión. Había compuesto tantas obras, había escrito tanta música y desde tan pequeño que no entendía por qué el éxito no terminaba de llegarle. Se refería al éxito en grande, al que lo convertiría en un músico famoso con letras mayúsculas, aplaudido por el público de toda Europa y no sólo por el selecto grupo que solía reunirse en la pérgola que había en el jardín de su mansión en las afueras de Berlín. Pero, ¿qué más quería la gente si incluso su infancia era comparada con la del propio Mozart? Y es que el joven Félix tuvo una niñez digna de ser contada: a los nueve años hizo su primera aparición pública, a los diez comenzó a componer sus propias melodías, cuando tenía once escribió un trío para piano y cuerdas, varias piezas para órgano, una cantata, una opereta cómica en tres actos, una sonata para piano y violín. Un año más tarde compuso nueve fugas, cinco cuartetos para cuerdas, más operetas y más piezas para piano. Su producción no tenía fin. Poco después, a los trece, ofreció un concierto para piano de su autoría y le fue publicada su primera obra: un cuarteto para piano que a todos impresionó; a los catorce ya tenía su propia orquesta, la que dirigía con la soltura de un avezado maestro, y en 1824, a los quince años, sorprendió a sus colegas y al público con la ópera Los dos sobrinos, puso fin a su serie de sinfonías juveniles (doce en total) y escribió su Primera Sinfonía en do menor… Ah, qué muchacho para dedicarse con pasión a lo suyo, para no pensar más que en su progreso y ambición. Aparte de la música Felix pintaba, dominaba a la perfección cuatro idiomas, incluyendo el latín, tradujo a Publio y la literatura clásica era una de sus pasiones. Destacaba en cuanto proyecto emprendía. No hay nada que enseñarle a este muchacho, declaró Ignaz Moscheles, compositor y virtuoso del piano de la época cuando Abraham Mendelssohn, próspero banquero y padre de Felix, le pidió que evaluara al prodigioso joven. Un año después, a la edad de dieciséis, compuso su Octeto en mi mayor y a los diecisiete su obertura de concierto El sueño de una noche de verano, basada en la obra de Shakespeare… Su futuro como músico parecía estar garantizado, pero su padre, tal vez renuente a no tener a uno de sus hijos dentro del negocio bancario, lo llevó a París y una vez más lo plantó frente a un reconocido músico para que le diera su opinión. Esta vez se trataba de Luigi Cherubini, director del conservatorio de la ciudad, quien no escatimó en elogios para con el joven alemán. Ya estaba todo dicho. Si el padre tenía alguna duda, si el mismo Félix tenía alguna duda sobre cuál era su vocación, ya había quedado superada: se dedicaría de lleno a la música como siempre lo había hecho, pero desde ahora sin preocupaciones, con la entera aprobación de su padre y la agradable tranquilidad de quien se da por completo a lo que ama.   

Pero, qué le faltaba hacer, se preguntaba una y otra vez en medio de las condescendientes sonrisas y de los flojos aplausos que se perdían por las puertas abiertas de la gran pérgola del jardín que una vez había sido parte del campo de caza de Federico II. Él sonreía y agradecía a los que lo visitaban. Los Mendelssohn eran una familia de músicos. Mientras el joven compositor tocaba el piano, su hermana Fanny lo acompañaba y Rebeca cantaba al tiempo que Paul tocaba el violonchelo. Los domingos de concierto ya eran parte importante de la vida artística berlinesa y el joven Felix aprovechaba la oportunidad para estrenar sus nuevas obras frente a personalidades como Alexander von Humboldt, Heinrich Heine o Friedrich Hegel. Pero todo quedaba allí, dentro de las fronteras de Berlín o, peor aún, dentro de aquella gran pérgola de puertas abiertas en el verano y cerradas en el invierno. ¿Cómo hacer para salir de aquella prisión? ¿Qué nota le faltaba escribir o cuál tocar? Tal vez no lo veían como a un músico sino como al hijo de un banquero de quien convenía ser amigo. Quizás por eso aplaudían y asentían con la cabeza, pero entre palmada y palmada el aire se dormía y la sonrisa era una mueca que se perdía en los rostros sin vida. ¿Para qué tanto trabajo entonces? ¿Dios? Sí, le debía mucho. Venía de una importante familia de judíos alemanes que siempre se preocupó por los valores morales e intelectuales de los suyos. Su abuelo había sido un importante poeta y filósofo; su padre, siempre preocupado por su educación, se convirtió en un destacado empresario cuando, siendo un simple empleado bancario, decidió independizarse y abrir su propio negocio; y su madre, Lea Salomón, era una mujer culta e inteligente, pero muy sencilla y modesta a pesar de haber heredado una importante fortuna de parte de su hermano Jacob. No había dudas, Dios le había dado mucho: una familia ejemplar, una educación envidiable, un talento del que muy pocos han disfrutado. ¿Qué querría Dios a cambio de todo aquello? Había hecho todo cuanto estaba a su alcance. Todo, menos una cosa… Fue en 1929 cuando se topó con la Pasión según san Mateo, de Juan Sebastian Bach (un compositor del que poco se sabía y cuyas obras habían pasado al olvido). Trata de la muerte de Cristo según el evangelio. Es cierto que Mendelssohn provenía de una familia judía, pero se había convertido al cristianismo y de alguna manera sintió una extraña atracción hacia esta obra sobre Jesús, olvidada como ya mencioné, tanto ella como su autor, desde hacía cincuenta y siete años. La estudió a fondo, la practicó día y noche durante semanas, la sintió bajo la piel, se enamoró de ella, lloró con sus notas y sonrió de satisfacción cuando, después de casi tres horas de interpretación ininterrumpida, fluyó por sus dedos como si el mismo Dios la estuviese tocando. Poco después su estreno fue un acontecimiento glorioso, inolvidable en la historia de la música alemana: coros, corales, arias, recitativos y solistas cantaron el texto bíblico con una entrega nunca vista. Los personajes: Cristo, Pedro, Judas… parecían flotar en el escenario y sus voces retumbaban en las paredes del teatro como ecos en ilimitados cañones. Esta vez, como en aquella pérgola que una vez fue de Federico II, los aplausos del público presente en la Sing Akademie de Berlín no fueron fingidos ni por compromiso, los bravos eran claros y abundantes y las expresiones de reconocimiento y admiración brotaban de los rostros como la misma música que salía de los instrumentos. Las puertas del mundo entonces se abrieron de par en par para Felix Mendelssohn, ya no sólo para interpretar la maravillosa obra de Bach, sino también para presentar las suyas. Viajó a Roma, Milán, Munich, Venecia, Viena, París… En todas las ciudades era aclamado y recibido como siempre lo soñó. Visitó tantas veces Londres que se afirma que desempeñó un papel decisivo en la vida musical británica. ¡Ah, todo se le hacía tan fácil ahora!

Seguramente en alguna de sus innumerables presentaciones alguien le preguntó acerca del gran y repentino éxito que había alcanzado. Y Mendelssohn le debe de haber respondido que la nota perdida la encontró en un instrumento cuya melodía no se escucha con facilidad, pero que, como diría su padre, paga altos intereses al portador. Y añadiría ante el desconcierto de quien lo escuchaba: hacer algo por alguien, amigo mío, ayudar a alguien.

La trilogía de los malditos
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