Joan Miró

 

Todos dudaban de su talento. Nació en abril de 1893 en el seno de una familia, si no millonaria, de buena posición económica. Su madre, hija de un ebanista mallorquín, se dedicaba a labores del hogar; y su padre, nacido en Tarragona, trabajaba como orfebre. Lo tenía todo, sin embargo era un niño triste y solitario. Tal vez las extrañas figuras que se formaban dentro de su cabeza hacían que esos ratos de extrema soledad y ensimismamiento los empleara en desentrañar su significado. Se aburría en Barcelona. Sólo cuando iba a pasar el verano en casa de su abuela en Palma de Mallorca, o en la de sus abuelos paternos en Tarragona, pinceladas de júbilo y alegría se apoderaban de su rostro. Amaba el aire libre. En la mañana o al final de la tarde, cuando el sol pinta todo de naranja y proyecta sombras largas y frescas, Joan salía al campo a observar la colorida naturaleza y a tratar de retenerla por medio de inocentes trazos que disfrutaba hacer. Se aburría también en la escuela. Los más allegados lo consideraban un estudiante mediocre, retraído, que apenas si mostraba algo de entusiasmo cuando dibujaba alguna cosa. Pero esto lo hacía de cierta forma automática y atropellada: sus líneas no eran siquiera las de un aprendiz con cierta habilidad para el dibujo. Sus padres, al ver lo desaplicado que era en los estudios y descartando de plano su vocación al arte, lo sacaron de la escuela e intentaron formarlo como comerciante, pero no funcionó, el joven Joan, lleno de dudas y miedos, a pesar de que no estaba seguro de su talento, se inscribió en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona, la Llotja. Tenía catorce años. Sin embargo, a pesar de que sus profesores fueron el paisajista Modest Urgell y el experto en artes decorativas Josep Pascó, su deficiente destreza en el trazo le valió una calificación negativa en el resultado académico. Dadas las circunstancias, sus padres, convencidos de que Joan había tomado una mala decisión, y reforzados en su parecer de que su hijo no tenía futuro en el arte, optaron por hacer que trabajara como escribiente en un comercio de droguerías. Poco tiempo duró este trabajo. Detrás del mostrador Joan no veía a clientes que acudían a proveerse de algún remedio sino cuerpos extraños que se desplazaban en el aire y cambiaban de forma a cada paso que daban; no veía los frascos de medicinas sino haces de luz que inundaban sus ojos; las estanterías no eran tal cosa sino torres rellenas de figuras geométricas… Y la caja registradora le parecía una máquina infernal que lo absorbía en cada sonido, en cada abrir y cerrar, que lo engullía como en un abismo sin darle posibilidad de sujetarse de algo, de salvarse, de entregarse libremente a sus fantasías. Quiso huir de todo aquello. Pero ¿cómo hacerlo? Quería a sus padres, era un buen hijo, no deseaba partirles el corazón. Su carácter retraído, su poco hablar, su supuesta insignificancia, su dudoso talento, atentaban contra sus sueños. No quería desobedecerlos. Defraudarlos lo entristecería. Engañarlos no era una opción. Qué hacer, qué hacer… Y en medio de ese dilema de indecisiones, dudas y angustias cayó enfermo. Una severa depresión al poco tiempo derivó en tifus. Pobre, qué haremos con él. Los padres, desesperados, arrepentidos, lo enviaron entonces a Mont-roig, en Tarragona, a pasar su convalecencia en una confortable casa rural que habían comprado. Tal vez por la tranquilidad imperante, tal vez por sentirse lejos de la presión paterna con respecto a su futuro, Miró pronto se recuperó y, aún bajo la mirada ceñuda de los padres, se inscribió en la academia de arte de Francesc A Galí, escuela donde se motivaba al artista a desarrollar su propia personalidad por encima de los convencionalismos clásicos. ¿Miedo? Sí, y mucho. Llevaba sobre la espalda aquella nota negativa en su expediente académico. Pero así como Joan tenía dudas acerca de su talento, también había algo que lo hacía insistir, una mano cautivadora que con firmeza lo halaba hacia caminos para él desconocidos, atractivos y originales. Si bien es cierto que Galí vio en el joven grandes dotes para el color, también es cierto que advirtió deficiencias en el dominio de la forma. Al parecer no se habían equivocado los primeros observadores. Joan lo sabía. ¿Cómo hacer para corregir este defecto? Estaba dispuesto a lo que fuera por aprender. ¿Podría hacerlo? ¿Podría aprender a dominar la forma, alguien a quien no se le consideraba con el suficiente talento para la pintura ni para el dibujo formal? Temió ser despedido de la escuela. Sería el fin de todo. Terminaría como tenedor de libros de algún comercio de Barcelona, frustrado y sin futuro. Un suspiro de alivio salió de su cuerpo cuando Galí lo alentó a practicar la técnica de dibujo “al tacto”, un original procedimiento que consiste en tocar a ciegas los objetos para luego dibujarlos en el papel. Vaya que se esforzó. Se vendaba los ojos y con sumo cuidado tocaba una naranja, por ejemplo, y luego, sin verla, sólo con el recuerdo en su cabeza, trataba de representarla tal cual la había palpado con sus manos. Esto lo hizo intimar con el volumen de las cosas, con las formas, con las texturas y hasta con los grumos de las superficies, elementos que luego serían básicos en sus trabajos. Con el tiempo sus trazos comenzaron a mejorar. Sus dibujos a ser más sueltos, ligeros, su libertad para crear más amplia y segura. Tal vez podría llegar a ser un buen pintor. No satisfecho con los estudios que desarrollaba con Galí se inscribió de forma paralela en clases de dibujo en el Círculo Artístico de San Lucas. Allí se codeó con Gaudí, aspiró los aires de la genialidad, estudió a Van Gogh, a Gauguin, a Cézanne; se empapó del fauvismo, del cubismo, del futurismo, del arte romántico y de las estampas japonesas, hasta que en 1916 el galerista Dalmau se interesó en su obra y le ofreció una exposición individual. Trabajó entonces como nunca lo había hecho, apenas si dejaba tiempo para el descanso. En tan sólo dos años decenas de obras estaban terminadas, listas para ser presentadas al público. Destacaban los paisajes de Mont-roig, las naturalezas muertas, dos desnudos femeninos, un retrato de sí mismo y algunos de amigos y conocidos. La expectativa creada, la emoción que sentía aquel hombre tímido, retraído y de pocas palabras, se reflejaba sin control en el brillo de sus grandes ojos y en una copiosa transpiración que manaba de su frente. Acompañado de algunos colegas y amigos recibió personalmente al público convocado para la exposición… Al principio sonrisas y apretones de mano iban y venían en un condumio de esperanzas y sueños pero, a medida que pasaban los minutos, todas aquellas expresiones de júbilo fueron desapareciendo hasta convertirse en simples muestras de cortesía, en indeseables escenas o en largos silencios que taladraban el corazón de Miró. Todo terminó en un gran fracaso. Parte del público, indignado por el vanguardismo del pintor, lo insultó sin miramientos, se rieron de él,  murmuraron cosas… Al final de la jornada Joan sacó el pañuelo de su bolsillo y observó a sus amigos sin decir palabra. Se secó la frente, aspiró profundo y se marchó en silencio. Mientras caminaba hacia su estudio, la terquedad convertida en virtud, el arte como consuelo del artista, malencarado y entre maldiciones, recreaba figuras, atrapaba colores, imaginaba texturas, vivía los accidentes de la materia, concentraba rayos de luz y volúmenes imprecisos daban forma a un sublime caos de perspectivas y líneas… Se equivocan, murmuró para sí con los dientes muy apretados. Apenas llegó a su estudio se puso una venda en los ojos y comenzó a palpar objetos.

La trilogía de los malditos
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