Johann Sebastian Bach

 

—Mucho gusto —le diría jubiloso al estrechar su mano, feliz de lo que había logrado hacer, aunque con los pies adoloridos y el rostro tostado por el sol—. Me llamo Bach. Johann Sebastian Bach. Vengo desde Arnstadt sólo para esto —y miró las manos que subían y bajaban— y para escuchar su música.   

Uno de sus sueños era conocer personalmente a Buxtehude, así que mientras caminaba, con la mochila a cuestas y el paso firme, se preguntaba si sería capaz de cumplir la meta que se había trazado. La juventud también tiene sus límites, se decía en voz baja.  

Dietrich Buxtehude era considerado el más destacado compositor alemán del siglo XVIII y uno de los organistas más célebres de la escuela alemana del barroco, cuya música académica no faltaba en misas y recitales, por lo que valía la pena el esfuerzo y caminar los kilómetros que fuesen necesarios para conocerlo y escuchar las interpretaciones del famoso personaje.

Había salido de Arnstadt, en el centro de Alemania, un día de buen tiempo de 1705. Tenía veinte años de edad y confiaba en que sus piernas jóvenes lo transportarían sin dificultad a través de bosques, caminos y granjas. La primavera estaba por terminar y los colores que caían del cielo se transformaban ante él en notas musicales que como hojas pendían de ramas y arbustos. Johann parecía desprenderlas y darles acomodo dentro de su cabeza. Silbaba con despreocupación melodías que nunca había escuchado e improvisaba letras para los pájaros, los caballos y las vacas, que parecían acompañarlo con sus trinos, relinchos y mugidos y, éstas últimas, también con el tilín de sus cencerros atados al cuello. De vez en cuando pasaba una carreta y le daba un corto aventón. Se acomodaba entre las herramientas de labranza y los sacos de cereal, cerraba los ojos y se imaginaba, si es que finalmente lograba su objetivo, frente al  gran compositor, sintiendo su mirada, escuchando sus palabras, deleitándose con su música. Lo invitaría a tomar un vino después de uno de sus recitales y trataría de hacerse su amigo, su alumno, alguien en quien pudiera confiar. Para ello planeaba intimar con él, contarle lo mejor de su vida y también las cosas que usualmente callaba. ¡Músico!, le diría antes de ordenar el vino, con el gesto de afinidad de los que se saben miembros de la misma orquesta. Ambos celebrarían y compartirían letras y melodías, brindarían por los viejos compositores, Buxtehude le confiaría sus secretos musicales, Johann los anotaría celosamente en su libreta y los mezclaría con los suyos formando originales composiciones de talento y genialidad. Luego, satisfecho y con la cercanía que se genera entre dos personas que se agradan, le contaría algunas cosas, le diría que aún siendo un niño había quedado huérfano: perdió a su madre cuando tenía nueve año y a su padre a los diez; le diría que Johann Christoph, su hermano mayor, se había hecho cargo de su educación, le había dado clases de composición y de clave, y gracias a él había podido estudiar en la reconocida escuela Kloster de Ohrdruf…Y ya no lo abrumaría más con el pasado, le hablaría de sus planes, del gran maestro que aspiraba a ser. La escena se repetía en su mente con la frecuencia de sus pasos sobre la tierra reseca, sobre el lodo, sobre el césped, sobre los charcos de agua, sobre los campos de trigo… Entre sueños pasaban los días de intensa caminata. No podía costearse el viaje de otra forma. El poco dinero que llevaba apenas le alcanzaba para llenar de pan y queso su mochila y pagar las modestas posadas que a veces encontraba por el camino, cuando no tenía que dormir donde lo sorprendiera la noche, bajo un árbol o al abrigo de un establo abandonado. A veces, cuando pasaba por una granja y alguna buena mujer veía al joven Johann con su peso a cuestas, los pasos ya lentos por el cansancio pero el silbido nítido y la mirada alegre, le ofrecía una limonada y una cama donde dormir. Luego de la cena, y si había un piano —en la casa más humilde de Alemania siempre había un piano—, el joven músico interpretaba una de sus melodías o los deleitaba con su bella voz. Todos aplaudían y le pedían otra y otra, y el joven músico se alegraba de haber emprendido el largo viaje, aunque todavía tenía dudas de poder completarlo. A la mañana siguiente, recuperado ya físicamente y siempre mirando al norte, retomaba el camino a Lübeck, que parecía estar cada vez más lejos y por momentos se convertía en una ciudad inexistente donde se presentaría un compositor inexistente aplaudido por un joven músico que no llegaría a tiempo a la función. Pero no perdía las esperanzas. Cuando el cansancio y la frustración le hacían doblar las piernas y amenazaban con mermar su ánimo escuchaba el trino de los pájaros rondando su cabeza, el viento entre los pinos, sus zapatos presionando la tierra, los relinchos y el mugir, las risas de los niños a lo lejos, el correr del agua en el río, el chapotear de los patos en el lago y acomodaba todos esos sonidos tras un órgano tan grande y potente que era capaz de escucharse hasta en los confines de la tierra, la batuta arriba y a la espera, atentos todos, y daba inicio a un violento concierto que hacía temblar las flores silvestres que crecían a la vera del camino. Algún campesino que caminaba en sentido contrario reía al ver pasar a ese muchacho de buena estampa, los ojos casi cerrados, moviendo los brazos como loco, dando órdenes e imitando el sonido de pianos, tambores y violines, que parecía transformar en perfectas fórmulas matemáticas de melodías por escribir.                       

Finalmente, luego de la larga caminata, avistó a Lübeck a orillas del Trave. No tenía fuerzas pero corrió, corrió como un niño por el sendero empinado, puso la mochila a un lado, la ropa al otro y se lanzó al agua como si un par de adorables brazos lo estuvieran esperando desde que salió de Arnstadt.

Después del concierto, Johann se acercó tras bastidores y habló con un empleado de Buxtehude que se encontraba frente a su camerino. Fue una emocionada explicación, el brillo en sus ojos, la sonrisa esperanzada… El empleado le guiñó un ojo y le dijo que esperara.   

—Lo siento, no puedo atenderlo.  

—¡Maestro, caminó cuatrocientos kilómetros para conocerlo! 

Buxtehude puso los ojos del tamaño de dos esferas celestes y dijo: 

—Pobre muchacho… está bien, dile que pase.

La trilogía de los malditos
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