Francisco de Goya

 

Si yo fuese pintor y hubiese perdido un hijo…

Hasta 1775, cuando Francisco de Goya ya contaba con veintinueve años, y a pesar de los apuros económicos que desde su niñez lo habían asediado, se podría decir que le había ido bastante bien en la vida y en su carrera de pintor. Había nacido en Fuentedetodos, un simpático pueblito de la provincia de  Zaragoza. Su padre era dorador de retablos, y su madre, dedicada al hogar, provenía de una familia pobre de antiguos hidalgos venidos a menos. A los doce años el joven aragonés ya mostraba cierta genialidad para el dibujo. Se había iniciado en las técnicas pictóricas de la mano de José Luzán, con quien estudió cerca de cuatro años para luego, a los dieciséis, continuar su formación con el pintor Francisco Bayeu, con cuya hermana se casaría años después. Todo parecía andar sobre ruedas. Siendo todavía un joven, aunque pobre y sin influencias, ya había realizado importantes trabajos: había decorado el armario de las reliquias de la iglesia de su pueblo natal; había pintado murales en el palacio de Sobradiel, en Zaragoza; había estudiado en Italia, donde obtuvo una mención honorífica en un concurso convocado por la Academia de Parma con el cuadro Aníbal pasando los Alpes; había abierto su propio taller de pintura, había pintado La adoración del nombre de Dios para el cabildo Nuestra Señora del Pilar… Es cierto que había vivido en medio de dificultades económicas, pero era un joven feliz, a sus anchas, entre pinceles y modelos, lienzos y óleos. Mucho después, pero aún sin cumplir los treinta años, se consagró como uno de los mejores pintores de España gracias a una serie de murales titulados Vida de la Virgen, realizados en la cartuja de Aula. Dice la crítica: “El colorido de la obra y la monumentalidad de las figuras causaron asombro y revelaron el genio personal y libre del artista, al que ya ninguna escuela pudo sujetar”. Para completar esta florida etapa de su vida, a los veintisiete años contrae matrimonio en Madrid con María Josefa Bayeu y conciben un hijo al que bautizan con el nombre de Antonio Juan Ramón Carlos, y luego otro, al que llaman Eusebio Ramón. La vida le sonreía. Realizó la pintura Retrato del conde de Miranda del Castañar, obra que le valió incontables elogios. También la bóveda del Pilar, ubicada entre la Santa Capilla y el coreto. En ese mismo período, y gracias a la recomendación de su cuñado Francisco, comenzó a trabajar en la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara. Fue cuando realizó los cartones para los tapices que decorarían las habitaciones de los príncipes de Asturias (luego las de Carlos V y su esposa) en San Lorenzo de El Escorial. Eran hermosos. En uno de ellos, dedicado a la caza, destacan los suaves rojos, azules, amarillos y marrones de las ropas de los cazadores que contrastan con el verde intenso del árbol en primer plano y con la tierra oscurecida donde se mueven los actores; un hombre dispara a un ave mientras un perro olfatea; otros corren tras la presa al tanto que los jinetes en briosos caballos siguen a los perros. Más allá, apenas visible y sobre una colina, un castillo se confunde con las nubes que se pierden en un cielo de un bello celeste. Fue su época bonita, colorida, llena de planes y proyectos, éxitos y reconocimientos… En fin, me digo ahora, si yo fuera pintor y hubiese perdido un hijo, también mi paleta se habría oscurecido… Poco después del 15 de diciembre de 1775, fecha en la que fue bautizado, falleció Eusebio Ramón, su segundo hijo… Tal vez la vida ya no le parecía tan benevolente ni tan rosa. Aunque había sentido la muerte muy de cerca cuando sus hermanos, Jacinta y Mariano, fallecieron siendo aún muy pequeños, un recuerdo dormido en el tiempo, ahora este representaba el despertar, un duro golpe que lo dejaba sin aire y lo hundía en la más devastadora desesperanza… Pero, si yo fuese pintor y hubiese perdido no uno sino dos hijos, ¿qué hubiese hecho, en qué se hubiera convertido mi vida, tendría la suficiente fuerza para seguir adelante, cómo desahogaría mi alma, en qué lugar vertería tanta tristeza y desolación? Vicente Anastacio, bautizado el 21 de enero de 1777, murió unos días después del acto religioso. ¡Dos hijos, Dios, a qué se debe semejante castigo! ¿Acaso el genio tiene que pagar un precio por su talento? ¿Todo se trata de un acuerdo preconcebido, de una máquina que compensa pesos y medidas? Negros fantasmas comenzaron a aparecer en la cabeza de Goya. Decían cosas. Denunciaban. Asesinaban. Sangraban. Se abrían paso entre telones de colores que lentamente se difuminaban… No quisiera estar en los zapatos de quien ha sufrido estas calamidades… Pero ¿si fueran tres los hijos perdidos y no dos? María del Pilar Dionisia, bautizada el 9 de octubre de 1779, también falleció poco después de su bautizo. ¿Es posible tal invitación a la locura? ¿Se trata de una broma? ¿A qué tipo de prueba estaba sometido este pobre hombre? ¿No era esta razón suficiente para apuñalar los lienzos o quemar las pinturas? Las imágenes fantasmagóricas iban tomando cuerpo dentro de su mente. Un sabor amargo se iba instalando en su boca y su mirada, una vez tierna e inocente, se fue llenando de oscuridad… No sé qué habría hecho si yo hubiese sido pintor y perdido tres hijos… No quiero siquiera imaginarlo. No hubiese tenido el valor para continuar. De saberlo, renunciaría a ser un genio. Daría gracias a Dios por ser lo que soy: un hombre común y corriente aficionado a la literatura, que se divierte cada vez que puede escribiendo relatos sobre los personajes que admira… Pero, algo realmente inconcebible, fuera de toda comprensión y justicia divina: ¿Y si fuesen cuatro? ¿Si fuesen cuatro los hijos muertos? Ya esto sería insoportable, no hallaría las palabras para describir el dolor, dejaría de pintar, de escribir, de hacer lo que fuera, nadaría en el alcohol, me entregaría a las drogas… Y a Francisco de Goya —el genio, considerado junto con Picasso y Velázquez uno de los más grandes de la pintura española— le sucedió lo incomprensible: el 22 de agosto de 1780 murió Francisco de Paula Antonio Benito, su último hijo varón, al igual que los demás, pocos días después de recibir el sacramento. Cuatro hijos muertos. Cuatro penas con las que vivir. Cuatro cruces a cuestas. Si yo fuese pintor y hubiese perdido cuatro hijos… Pero no Francisco de Goya. Goya no podía abandonar. Había nacido para pintar, era su naturaleza, su esencia, también su única arma… Morir truncaría su venganza, impediría su revancha contra el destino, su desahogo, sufriría hasta en la muerte si no se despojaba de toda aquella miseria… Los fantasmas entonces se hicieron reales. Los colores desaparecieron. Atrás quedaron los retratos de reyes y príncipes, de idílicos paisajes campestres, las formas simples y convencionales. Sobrevino su sordera y con ella el trazo duro y las escenas más desgarradoras, como las que se reflejan en Interior de un manicomio, Escena de inquisición, El santo oficio, Los desastres de la guerra, El coloso, El 2 de mayo en Madrid y tantas otras. 

Ahora, 23 de agosto de 1780, a la medianoche, Francisco de Goya se encuentra sentado en su estudio, los codos sobre el escritorio, la cabeza entre sus manos. Llora amargamente. Las lágrimas le caen una tras otra sobre sus piernas, sobre su media tapizada en seda, y dibujan una sinuosa y delgada línea que baja hasta muy cerca de sus zapatos de charol. Tiene treinta y cuatro años. Se separa un poco de la mesa y con las manos ahora cruzadas en el centro de las piernas fija la mirada en la hebilla de su zapato: cuadrada, opaca, sin vida, sobre la zapatilla negra. Lleva un pantalón de suave terciopelo sujetado a la rodilla con un broche de metal, la casaca ajada, el pelo rebelde y dura la mirada al aire, severa, empapada, rabiosa… Se pone de pie, camina hasta la ventana y en la oscuridad de la noche puede ver con claridad los tonos negros que acompañarían su pintura por el resto de su vida.           

Si yo fuese pintor, un verdadero pintor, tal vez… tal vez hubiese actuado como Francisco de Goya.

La trilogía de los malditos
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