Paul Gauguin

 

¿Dónde podía encontrar todo aquello que se agitaba dentro de su cabeza? No sabía precisar cómo era, de qué estaba hecho ni qué forma tenía; no sabía si era humano o venía de otros mundos, sólo que estaba allí, merodeando, cerca y a la vez distante, palpable y al mismo tiempo etéreo, en algún lado, esa cosa enigmática y cautivadora que lo halaba, lo absorbía y lo dejaba en el centro de un remolino, como una insignificante mariposa que espera ser rescatada por una corriente o tragada por el fondo negro y revuelto. Tal vez eso que buscaba se hallaba en el viaje que apenas con catorce meses de nacido hizo al Perú desde Francia, su tierra natal, en aquella época, con su padre, enfermo por los largos meses de viaje, el constante bamboleo del barco, la mala comida, el corazón cansado, el canal de Magallanes…, el niño en brazos de su madre, amamantado por una mujer angustiada que veía a su esposo agonizar, ahora viuda… Murió, qué hacemos con el cadáver… mi pobre niño… en medio de este laberinto de agua y tierra…

O tal vez eso que buscaba lo había dejado en Lima, en la Lima del siglo XIX, entre las coloridas flores y exóticos pájaros, en los ojos rasgados, en el cabello lacio y negro, en las pieles cobrizas de los indígenas, en el verde intenso, en el amarillo deslumbrante o en el azul infinito donde había pasado sus primeros años de vida… No sabría precisarlo con certeza pero en algún lado se encontraba. Lo buscaría a como diera lugar. Lo buscaría luego en Francia, quizás en Orleans, la culta Orleans, la antípoda del mundo precolombino de Sudamérica; hallaría, despejada la niebla por un rayo de sol, ese algo, ese aquello, esa fuerza que a veces lo asfixiaba y otras lo seducía.

Salió tras ella cuando se enroló en la marina como aprendiz de oficial y navegó hasta las costas de Río de Janeiro y luego, una vez más, atravesó el canal de Magallanes y vio en aquel recodo, tal vez en el de más allá, o en aquel donde revientan las olas con furia, algo más que un recuerdo, un anuncio de respuesta que no llegó a entender. Mientras estaba en esta búsqueda, posiblemente en algún lugar del Pacífico, anclado en una isla chilena o en alguna bahía peruana, muere su madre en Francia. Se siente perdido. Lo que busca se aleja de forma intempestiva. Pero meses después aparece de nuevo con renovadas fuerzas. Se siente en el camino indicado. Tal vez en este mar o en aquel otro, en esta montaña o en la de más allá, en esta laguna o en aquel prado lo encuentre. Viaja entonces por los países nórdicos y por el mediterráneo, mira por aquí y por allá, olfatea, busca indicios, escudriña colores, observa rasgos, los compara con otros, sus miradas, la forma de vestir, trata de ver debajo de sus sombreros, las formas le sugieren caminos borrosos, imprecisos, coloridos, diferentes. Pero, ¿y si lo que busca no está en el mar ni en los países exóticos ni en la grandeza de las montañas…? Tal vez pueda encontrarlo en una oficina, con un poco más de dinero en el bolsillo y echando raíces en un solo sitio. Entonces comienza a trabajar en la bolsa. Sí, como corredor de bolsa. No le fue mal. Y se casó. Todo parecía indicar lo contrario, pero al poco tiempo se dio cuenta de que no, no era como corredor de bolsa, no era en la vida convencional donde encontraría aquello incierto, atractivo y devastador que le hacía abrir los ojos en la penumbra y ver a lo lejos los recuerdos de aquellas pieles cobrizas y sentir el olor a monte, a leña quemada. Tal vez en los hijos. Sí, probablemente en aquellas caritas inocentes podría encontrar lo que buscaba. Entonces tuvo tres hijos, uno tras otro, luego vendrían dos más. Hermosos hijos que lo miraban con ternura y reclamaban cuidados.

¡Oh, Dios!, un viaje se podía olvidar, se podía repetir… pero, ¿cinco hijos? Esto no era posible, sería criticado por su familia, por el mundo entero, iría en contra de sus propios sentimientos… Aquello que lo llamaba era una fuerza ingobernable, no obedecía a cadenas y deshacía las ataduras como si de lazos de papel se tratara. No estaba escondido entre las sonrisas de los hijos, en el abrazo mañanero ni en el beso antes de dormir. ¿Podría abandonarlos? No, eso sería una locura. Fue cuando apareció algo nuevo en su vida. Despertó una mañana y lo pudo ver dibujado en el sol. Era algo abstracto, en apariencia muy parecido a lo que buscaba. Su luz era incandescente y parecía sonreírle con complicidad, como si albergara la gran sorpresa de su vida. Trató de traducir aquellos destellos y vino a su mente una palabra concreta: pintura. Estaba adornada con flecos de colores, hilos de formas y perspectivas colgaban como estalactitas de cada una de sus letras. Redescubrió unos viejos dibujos e hizo otros. Pudo sentir dentro de sí cómo se llenaba un globo vacío. Todo parecía adquirir sentido ahora. Se iniciaba en el camino correcto. La sangre le corría festiva por las venas y sus ojos comenzaban a ensayar nuevos brillos. Apenas dos años después de esta iluminación se produce entonces su primera aparición pública como pintor en el Salón de París de 1876. Tenía veintiocho años de edad. Aquello que buscaba lo veía ahora al alcance de la mano. Ya no podría hacer otra cosa sino pintar. No le importó incluso perder su empleo como corredor —cuando en enero de aquel año quebró la bolsa de París— porque así podría concentrar sus esfuerzos en un solo objetivo: triunfar como pintor… Eso lo llevaría, sin más obstáculos ni más demora, a lo que ansiaba con incontrolable vehemencia. Pero es difícil lograr los sueños con el estómago vacío y pospone por una temporada aquello que lo llama y, a fin de llevar una vida más acorde a su nueva situación, se muda a Ruán. Las cosas no mejoran. Decide entonces viajar a Dinamarca —tierra natal de su mujer— donde trabaja como vendedor de lonas sin ver resultados a sus esfuerzos, por lo que regresa a París y retoma la pintura. Participa en la octava exposición de los impresionistas, luego decide partir a Bretaña. Tal vez allá… No le va mal en Pont-Aven, pero eran más las expectativas que generaban sus obras que el dinero para vivir. Sin embargo, desde el punto de vista artístico, en Pont-Aven nace una nueva técnica pictórica a la que llaman sintetismo, liderada por él y por Bernard, donde se sugieren las escenas antes que describirlas con un dibujo rigurosamente acabado. Es cuando Gauguin se aleja del impresionismo y se entrega de lleno a esta nueva concepción pictórica. Sabía que estaba en el camino correcto, no abandonaría, no dejaría de buscar. Expone así en Bruselas, en el recinto de la Exposición Universal de 1889 en el campo de Marte, participa en las exposiciones de los impresionistas, sigue produciendo obras, organiza subastas, se relaciona con Pissarro, con Degas, con muchos otros… Sin embargo sus pinturas no tienen la acogida que esperaba. Su objetivo volvía a distanciarse. Tal vez no estaba en Europa eso que lo llamaba, tal vez debía regresar, cruzar el Atlántico una vez más e intentarlo de nuevo al otro lado del mundo. Luego regresaría por la familia. Desesperado buscó en Panamá, pero sólo encontró penurias en el inhóspito istmo, donde tuvo que trabajar como obrero en la construcción del canal a cambio de un plato de comida… Entonces buscó refugio en Martinica, pero el paludismo y la disentería lo obligaron a regresar a Francia; no obstante revive el paisaje, la gente y los colores del trópico. De regreso aprovecha las ventajas que le brinda su tierra: compone grandes obras, participa en exposiciones, se codea con lo más granado de la intelectualidad europea, asiste a banquetes, escritores lo elogian, se relaciona con Van Gogh… Pero no es suficiente… ¿Dónde está todo aquello que lo reclama con una atracción planetaria? ¿Por qué, aunque en medio de los suyos, rodeado del arte y de la cultura europea, piensa que no es allí donde tiene que buscar? Otros mundos lo obsesionan, el primitivismo lo llama, ya no lo atan los hijos ni la mujer ni los amigos, organiza una exposición, reúne diez mil francos por la venta de treinta cuadros y se embarca hacia Papeete, capital de la Polinesia francesa. Allí se siente a sus aires. Se viste de blanco, frecuenta a los europeos del lugar, conoce a Titi y se instala con ella en una paradisíaca playa. Tal vez con ella, con esos paisajes exóticos, esos nuevos aires, con toda aquella gente tan diferente que pintar, tal vez así, en una vida salvaje, primitiva, sin libros ni teatros, ni tertulias ni exposiciones, sin ocuparse en demasía de los asuntos económicos, encontraría lo que buscaba. Deja a Titi y conoce a Teha’amana, indígena del lugar. Puede ser que con ella, tan joven e inocente, la pequeña cabaña que los abrigaba, los pies descalzos sobre la tierra, los nuevos elementos a considerar en sus pinturas… quizás así… En esa época pintó una buena parte de sus cuadros, algunos considerados obras maestras. Pero una vez más las enfermedades y las penurias económicas le soplaron al oído que tal vez había vuelto a equivocarse y definitivamente era su país donde estaban las respuestas. Así que abandonó a la que había llamado su nueva esposa y regresó a Francia, donde reanudó los contactos con la cultura parisiense y tuvo la fortuna de heredar parte del dinero de un tío. Aliviado económicamente por un tiempo vio el camino despejado, se sintió más optimista y renovó sus esfuerzos. Pero no era el dinero lo que al cabo perseguía, era algo que iba mucho más allá. Con la ayuda de Degas preparó una exposición de cuarenta cuadros realizados en Tahití, el 10 de noviembre de 1893 en la galería de la familia Durand-Ruel. Gauguin se compró un traje de lino blanco, chaleco, y estrenó un sombrero que su amigo, el pintor Charles Laval, le había regalado en su viaje a Panamá. Se hizo acompañar por Annah, una muchacha de trece años oriunda de Malasia con la que convivía. Luego de varios días de exposición, al ver que sólo se vendieron once cuadros —dos de los cuales los había comprado Degas— se da cuenta de que la pintura primitivista, la que ha marcado su vida y abierto una nueva senda en el arte universal, no cala en Europa. Gauguin insiste. Escribe Noa Noa, un libro donde trata de explicar su pintura, pero de nuevo no se entiende lo que quiere transmitir; salvo unos pocos, el público y la crítica europea no ven lo que él ve. Otros intentos fallidos lo llevan a concluir que en Europa, ya en definitiva, no encontrará lo que busca. Tras el saqueo que la joven Annah perpetra en el estudio del pintor en París, Gauguin decide marcharse para siempre a Oceanía. Un día de septiembre de 1895 llega una vez más a Tahití. Alquila un terreno cerca del mar y se construye una choza con cañas de bambú y hojas de palmeras. Llovía. Ya no tenía dudas, no era con Pahura, su nueva amante, donde encontraría lo que buscaba, tampoco en la exuberante naturaleza que lo rodeaba, ni en los viajes, ni en Europa, ni siquiera en la misma pintura. Un pequeño charco se formó al lado del catre donde dormía. Escuchó el sonido de las gotas al caer. Asomó la cabeza y durante largo rato miró la imagen borrosa de un extraño en el agua.

La trilogía de los malditos
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