Richard Wagner

 

Llevo casi una hora frente a la pantalla de mi ordenador esperando que llegue una idea para escribir sobre Wagner, pero nada, mi mente en blanco se niega a teñirse de colores y deambula sin ánimo por laberintos donde no se oye nada. Ya hice lo de siempre: leí parte de su biografía (quizás muy poco), tomé notas, subrayé algunos datos interesantes sobre los que podría desarrollar un relato de ficción, puse música suave de fondo… hasta miré sus fotos en Internet con la esperanza de que su imagen me transmitiera algo, pero todo ha sido en vano: no logro encontrar la nota que dará lugar a la melodía y posteriormente al concierto, no llega esa primera frase que se unirá a otra y a otra y que me sumirá en la ansiada trama cuyo desenlace siempre es un placer develar.

Me levanto de la silla y me asomo a la ventana. Más arriba, en la cornisa, un gato del que me he hecho amigo me mira con expresión atenta. Ambos nos miramos fijamente. Sus ojos azules me hipnotizan. Yo le pregunto sobre mi escrito y él me pregunta sobre la leche que acostumbro a ponerle en las mañanas. Hoy olvidé hacerlo. Tal vez después de la leche, me digo, pueda escribir algo. Le sirvo un poco y antes de terminar se aleja de la taza, viene hacia mí y pasea su felpudo cuerpo por entre mis piernas. Le toco la cabeza y cierra los ojos. Voy al baño, me miro al espejo, pienso en Wagner y trato de descubrir qué me impide escribir sobre él. Tal vez esté cansado, pienso, un libro sobre escritores, otro sobre pintores y ahora éste sobre músicos, son muchas historias para que tramas nuevas fluyan con facilidad. Pero los datos están allí, me repito con la intención de darme ánimo, en la biografía de cada quien, todos diferentes y originales, y yo sólo tengo que ordenarlos de cierta y determinada manera para que diluidos en la ficción recreen lo que pudo haber sido, una aproximación a la verdad que no pretende ir más allá de una propuesta. Sin embargo Wagner sigue igual: hermético, lejano, impenetrable. O tal vez sea yo el que esté cerrado, sordo y por alguna razón me niego a comenzar el relato.     

Me enjuago la cara con abundante agua y me acerco al espejo. ¿Qué hay?, me pregunto. Nada, alguien que quiere escribir sobre Wagner pero no sabe por dónde empezar… Advierto unos pelos blancos en mi barba, también en mis patillas; las imagino totalmente blancas dentro de cinco o diez años y pienso en teñirlas… Bien, ya le di la leche a mi amigo, me refresqué un poco y le subí el volumen a la música de fondo. Ahora suena Air, de Bach, una de mis favoritas; no hay página en blanco que se resista a esta melodía. Pongo los dedos sobre las teclas y espero… No pasa nada. Espero un poco más… Nada, las frases huyen de mí como si le temieran a mis dedos, miembros de una orquesta en huelga que se niegan a trabajar o las notas que nunca llegan a formar parte de una partitura… Me separo del teclado y con desgano releo algunos datos sobre Wagner: nació en Leipzig el 22 de mayo de 1813 y murió en Venecia el 13 de febrero de 1883. Setenta años. Muchos, para aquella época, me digo. Debe de haber sido uno de esos hombres aburridos, estricto en su alimentación: comida a la hora, poca cantidad, frutas y todo eso; seguramente se levantaba temprano a caminar por el bosque. O tal vez sólo era un hombre con suerte y no enfermó por el cuido a su persona sino por cosas del destino, es posible. Se sabe que su madre, Johanna Rosina Patz, no tuvo nada que ver con la música o la literatura, y que su padre, Karl Friedrich Wagner, al parecer fue un funcionario de la policía local. Esto significa que no necesariamente el talento o el amor por las artes vienen en los genes; aunque Wagner tenía un tío, Adolf, que realizó algunos trabajos sobre poesía griega e italiana, por lo que no se descarta del todo que efectivamente los genes hayan ejercido alguna influencia en el futuro del artista alemán. De todas formas, al morir Karl de tifus, cuando Richard tenía apenas seis meses de nacido, Ludwig Geyer, un famoso pintor, escritor, músico, poeta, cantante y actor de teatro, amigo de la familia, se casó con su madre, lo trató como a un hijo y se ocupó de su educación, cosa que sin duda también debe de haber influido en su porvenir como músico, poeta y narrador. Algunos afirman que Ludwig fue su verdadero padre, cómo saberlo, aunque se dice que el propio Richard llegó a admitir el parentesco con este hombre de posible ascendencia judía.      

A pesar de que lo que leo no deja de ser interesante, todavía siento ese rechazo, ese impulso de olvidarme de Wagner y de dedicarme a otro músico. Pero, ¿qué razón habría para ello? Fue un gran músico, un genio que a muy corta edad igual podía hacer una composición musical como escribir un poema o una obra de teatro… Continúo con  mi lectura y con la empecinada búsqueda de esa idea inicial que me permitirá armar un relato o del definitivo convencimiento de que no hay nada que hacer y lo mejor sería olvidar el asunto y buscar otro músico. Richard Wagner era el menor de nueve hermanos, entre ellos dos comediantes y dos cantantes, así que imagino su divertido ambiente infantil entre escenas de teatro, canciones e instrumentos musicales, y a él, el más locuaz de todos, tratando de ser cantante, actor y al mismo tiempo autor de la música y de la letra de las canciones que sus hermanos interpretaban. Pero la alegría familiar de su infancia no duró mucho. A los ocho años perdió a su padre adoptivo y fue enviado a casa de un hermano de este, quien lo internó en una escuela de Dresde… Pasé unas cuantas páginas que hablaban, ya de adulto, de lo desagradable que podía ser el ya consagrado músico: enamorado de sí mismo, mujeriego, pedante, cruel, soberbio, incumplido con sus deudas y con la convicción de que todo lo que lo rodeaba debía estar a su servicio. “El mundo debería darme lo que necesito. ¿Es acaso una exigencia inaudita afirmar que me es debido el poco lujo que me gusta? ¿A mí, que proporciono placer al mundo…?”. Algo se estaba definiendo dentro de mí. Con creciente asombro descubro otras expresiones de Wagner. Al referirse a Meyerbeer, un compositor judío que le había dado muestras de amistad, lo calificó de “vil banquero judío que tuvo la ocurrencia de meterse a escribir óperas”, “famoso tonadillero judío”, o, más desagradable todavía: “Los años no le habían dado aún ese aspecto fofo característico que tarde o temprano desfigura la cara de la mayoría de los judíos…”. Luego me topé con su manifiesto El judaísmo en la música: “Nos sentimos particularmente repelidos por el aspecto puramente auditivo del acento de los judíos. El contacto con nuestra cultura, aún después de mil años, no ha alejado a los judíos de las particularidades de la pronunciación semítica. El chillón y silbante zumbido de su voz suena extraño y desagradable a nuestros oídos… Consecuentemente, cuando escuchamos la pronunciación judía, nos sentimos involuntariamente agredidos por su forma ofensiva, así como desviados de la comprensión del asunto de que se trata…”.

Ya no puedo continuar. El gato me observa desde la cornisa de la ventana y yo me pierdo en su mirada. Paso la página con violencia y leo que las ideas de Wagner sirvieron de base o dieron cabida al nazismo y lo habían convertido en uno de sus guías espirituales.

No había dudas, el gran músico estaba convencido de la superioridad de la raza aria, un antisemita que, dada su fama e indiscutible genio, seguramente influyó en las ideas de cierto personaje alemán que es mejor no mencionar. No podía creerlo, el mismo hombre que había creado toda esa maravillosa música, el genio, el prodigio, podía también albergar tales sentimientos de rechazo y de odio hacia sus semejantes. Me niego a pensar que, de haber sabido lo que le sucedería a millones de personas algunas décadas después hubiese actuado, escrito u opinado de la misma forma… Voy al baño de nuevo y me salpico la cara con otro poco de agua fría. Una vez más me miro al espejo. De pronto los pelos blancos en mi barba dejan de tener importancia: qué son unas cuantas canas comparadas con todo esto, esto que tampoco sé lo que es, como la mirada del gato, más feliz que la mía tan sólo por la leche que tiene a su lado. 

Regreso al ordenador y, para no dejarme vencer por la hoja en blanco y al mismo tiempo satisfacer quién sabe si alguna injusta venganza que nace dentro de mí, le dedico apenas una palabra al brillante compositor.      

Richard Wagner: músico.

La trilogía de los malditos
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