Joseph
Conrad
Mi nombre es Jessie George Conrad, viuda de Joseph Conrad. En general no tengo quejas de Joseph, sólo que siempre temí que se quemara con el cigarrillo, y que se quemara la casa con todos nosotros dentro. Lo encendía y luego lo olvidaba en cualquier sitio como si se tratase de la pluma que usaba para escribir. Vivía tras él recogiendo los cabos encendidos en la habitación, en la cocina, sobre la mesa donde trabajaba, en el alféizar de la ventana, entre sus libros... Por favor, Joseph, le dije innumerables veces, vas a quemarte. Pero con su habitual silencio me miraba como si yo fuera el personaje de una de sus novelas para el que buscaba la frase exacta o la expresión ideal. Ah, era imposible. Muchos fueron los manteles, las sábanas y los muebles agujereados por sus cigarrillos olvidados al azar mientras su cabeza navegaba seguramente por mares lejanos. Mi preocupación era constante. Quizás Joseph tenía una cierta y oculta atracción hacia el fuego como complemento a su amor por el mar. A veces se acercaba tanto a la estufa con su monóculo polvoriento que quemaba sus ropas. Y no se daba cuenta hasta que yo sentía el olor a quemado y corría hacia su estudio porque sabía que era él y nadie más quien podía originar un incendio. Por un tiempo viví con esa angustia, con ese desasosiego. En una oportunidad acercó tanto el libro a la vela mientras leía que éste comenzó a arder entre sus manos. Estábamos en la cama y hacía mucho frío, por lo que yo estaba tapada de pies a cabeza. Yo aún no dormía. Estaba en ese estado de duermevela donde uno no sabe en qué mundo transita, en el que Conrad siempre vive. De pronto escuché una maldición y la cobija voló por los aires. El libro se había encendido y Joseph, que se quemaba las manos, lo había lanzado sobre la cama. Con su descolorido albornoz amarillo y su gorra de marinero trataba de apagar las llamas que crecían frente a mis ojos como las olas descritas en sus novelas. Creí morirme. Entonces me vi con el pequeño Borys entre mis brazos al momento de nacer y a Joseph riendo de felicidad y acariciando su cabecita; lo vi, cuando aún éramos novios, leyéndome sus escritos con una paciencia no usual en él, y, cuando no le entendía, reprimirme con dureza para unos instantes después sonreírme con infinita ternura como si nada hubiera pasado; lo vi hablando con sus amigos y a todos escuchándolo con mucha atención, como hipnotizados por su elocuencia; lo vi también sumergido en sus largos silencios, distraído, distante, lejano, apartado de los demás al fondo del jardín.
Con la ayuda de la criada pudimos sofocar el fuego. Poco después, y en medio de un pavoroso silencio, coloqué jarras de agua en cada rincón de la casa. Él, al verlas, se encogió de hombros.