Edward Hopper

 

Tantas cosas pueden motivar la creación de un cuadro: un paisaje, un rostro, unas flores en el jardín, una casa abandonada, el rayo de luz que se cuela por la ventana y resalta los colores de las frutas sobre la mesa. También el hombre solo que sentado en el parque mira a lo lejos sin advertir la lluvia que cae sobre sus hombros, o la mano tendida a las puertas de una iglesia, o el peso agobiante de un reciente ataque bélico… Tantas son las cosas que pueden motivar la creación de una obra que sería imposible enumerarlas todas y un reto tratar de adivinar cuál fue la chispa que motivó tal o cual cuadro, descubrir qué había en la mente del pintor antes de comenzar a elaborarlo, algo que va más allá del trazo, más allá de las luces y de los colores que quedan inmortalizados sobre el lienzo, algo que muchas veces se lleva el pintor a la tumba y es objeto de hipótesis de parte de críticos y curiosos como yo. Así, todavía hoy muchos nos preguntamos qué o cuál acontecimiento dio origen al cuadro más famoso de Edward Hopper: Nighthawks (Halcones de la noche) o Noctámbulos, como normalmente se le conoce en español. Tres personas rodean la barra de un bar que se mira desde fuera a través de un gran y hermético ventanal y otra atiende al trío de clientes. La calle está desierta, vacía, limpia, y el edificio y los escaparates dibujados al fondo parecen elementos de utilería de una vieja obra de teatro, o parte del escenario ya abandonado de una película de suspenso, con ese aire de misterio y soledad al que, en este caso, se le suma una profunda melancolía. A un lado de la barra, solo y de espaldas, un hombre de traje y sombrero mantiene la cabeza gacha en actitud reflexiva, piensa en algo, los ojos fijos sobre algo, no hace falta ver su rostro para saberlo, está allí, inclinado, la fila de seis sillas desiertas, los brazos sobre la barra, la luz sobre su costado derecho le ilumina parte de sus dedos, todo ese lado de su cuerpo: el cuello, las orejas, su silueta delgada, su sombrero que apunta hacia la reluciente barra de madera… No hace falta ver su rostro para sentir su soledad, para imaginar quién es. ¿Hopper? Sí, tal vez se trata de un tímido retrato del propio Hopper. Ahora que lo pienso bien pudo haber sido cualquiera y a la vez todos nosotros, él mismo y la humanidad entera representada en momentos de desasosiego. Me veo también a mí mismo, de espaldas satisfaciendo mi timidez, tratando de entender lo que pasa a mi alrededor, en el mundo… Una pareja toma café al otro lado de la barra. Él mira al frente, tal vez al dependiente que parece hablarle, un cigarrillo en la mano; mira al hombre con desinterés, como si en realidad no lo escuchara o lo hiciera por simple cortesía; la mente en otro lado. También lleva traje y un sombrero cuya ala proyecta una sombra sobre sus ojos, apenas señalados, pero que se perciben severos, fijos, y su ceño ausente bajo el sombrero se presume fruncido, no puede ser de otra manera, no compaginaría con el resto de su cara, huesuda, la nariz en gancho como el pico de un halcón, la boca breve, sin un vestigio de alegría, los carrillos ajados hasta hundirse entre los huesos. ¿Piensa o escucha al dependiente? Tal vez ambas cosas, o intenta escucharlo y sus reflexiones lo sacan de escena. Como Hopper, no está allí. Aunque mira al dependiente y da la sensación de prestarle atención, no está en ese bar acompañado por una mujer. Se encuentran uno al lado del otro, pero como si no se conocieran o el hastío gobernara sus vidas. ¿Qué llevó a Hopper a pintar semejante soledad? Ella viste de rojo, las mangas cortas de su vestido dejan al descubierto sus brazos, sin carnes, y las clavículas bajo sus hombros semejan puentes que cruzan abismos. De su ancha frente le nace el cabello de un naranja encendido que cae en crespos sobre su espalda y sirve de telón de fondo a una expresión tan falta de interés como la de su acompañante, como si ya lo único que faltara fuera que se acabase el mundo para sacar de ella algo que le sorprendiera. Con los codos sobre la barra y su antebrazo en alto sostiene algo entre sus dedos y frente a su cara. No percibo bien lo que es, tal vez un cigarrillo (la foto que tengo frente a mí no me permite precisarlo con claridad); sí, creo que es un cigarrillo, y ella observa embelesada el hilo de humo que se desprende de él. ¿Cuánto tiempo lleva observándolo, fija en su magia? ¿El instante de una foto? ¿Un mes, un año, toda su vida, la vida de todo un país? Tal vez no mire el humo del cigarrillo sino sus uñas, rojas como sus labios y como su vestido y como su cabello y como la sensación de cansancio y soledad que con todo ese colorido de fiesta no logra palidecer… Mientras Hopper continúa en su profunda reflexión, y el otro mira sin mirar y la mujer se observa en el hilo del humo o en el brillo de sus uñas, el dependiente del diner que resalta bajo un aviso de cigarros Phillies parece lavar algo tras el mostrador mientras mira hacia la calle donde no hay nadie. Luce tan delgado como el resto de sus acompañantes: una oscura fosa inunda su pómulo izquierdo y termina en el límite de su mandíbula que sobresale. O quizás pretende decirle algo al hombre del cigarrillo, quizás al advertir su mirada, le dice ¿Más café?... por favor, aún no se vaya… verá, ya nadie más vendrá… mire la calle: desolada, tenebrosa… no se vaya, por favor. El hombre que parece verlo no lo escucha, la mujer tal vez lo escucha pero sigue concentrada en el humo, o en sus uñas, y Hopper continúa con la cabeza gacha sobre la barra del lugar. Recuerda cosas: su pueblo a orillas del Hudson, sus años en la New York School of Art, sus viajes por Europa, sus estudios con Degas, su gran amor por lo sencillo y lo cotidiano de su país, su renuncia a las  tendencias de moda como el fauvismo, el cubismo y la pintura abstracta…

Al final de una eternidad Hopper se levanta de su asiento, mira por última vez a los cuatro personajes de la escena, lanza unas monedas, deja el vaso sobre la barra y se va a su estudio de Manhattan a pintar Noctámbulos. Corría el año de 1942, días después del terrible ataque a Pearl Harbor.

La trilogía de los malditos
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