Giacomo Puccini

 

—Reglas y más reglas… estoy harto de las reglas —le dijo Puccini a un par de amigos mientras compartían una copa de vino en la taberna de Torre del Lago donde solían reunirse. Y agregó en tono convincente y definitivo: 

—Hagamos algo diferente: fundemos un club, un club donde no existan reglas.   

—Sí —respondió el del monóculo—, me parece excelente idea. Brindemos por ello.  

—¡Por nuestro propio club! —dijo el de barba mientras alzaba su copa.

—¡Aprobado entonces! —concluyó Puccini y levantó también su copa y las chocaron en el centro de la mesa con el cuidado de los que aún no están del todo ebrios. 

—¿Y cómo le llamaremos? —preguntó el de barba.

—Hum, se aceptan sugerencias —dijo Puccini, risueño. 

—Qué tal La Bohème —dijo el del monóculo—, como tu ópera.    

—Me parece una gran idea —dijo el de la barba.

—Honor que me hacen —dijo Puccini y levantó su copa una vez más—. ¡Por La Bohème!

—¡Por La Bohème! —gritaron todos y chocaron de nuevo sus copas en el aire.

La Bohème significaba mucho para Puccini. Con ella, con Tosca y con Manon Lescaut, había alcanzado el éxito no logrado con Le Villi y con Edgar, sus primeras óperas. Ahora era un hombre próspero, lejos de las necesidades sufridas cuando era soprano de la escolanía de San Martín, o cuando estudió composición y órgano con los músicos de Lucca, o cuando fue organista de varias iglesias de la ciudad, o cuando, en Pisa, escuchó Aída y se dio cuenta de que ya no quería ser maestro de capilla sino compositor de óperas, o cuando compuso Messa di Gloria para ingresar en el Instituto musical de Lucca, o cuando entró en el conservatorio de Milán, o cuando fue alumno de Ponchielli, o cuando el editor Giulio Ricordi le dio un adelanto de trescientas liras mensuales a cuenta de futuras óperas, o cuando tocaba el piano en bares y tabernas para hacerse de algún dinerillo, o cuando comenzó a dar clases de música, o cuando se enamoró de Elvira Bonturi, su alumna, y ésta se separó de su acaudalado esposo para vivir con el pobre pero apuesto músico de Lucca que prometía un buen futuro, o cuando se hizo cargo también de la hija de Elvira, Fosca, o cuando, ya pasado un tiempo, Elvira le reclamara su lentitud para crear las obras que mejorarían su situación económica con exigencias del tipo: “¿Cómo es posible que tardes tanto cuando, en lo que tú llevas trabajando en esta ópera, Verdi ya había compuesto Rigoletto y La Traviata?”, o cuando Le Villi y Edgar decepcionaron al público y la crítica no las vio con buenos ojos, o cuando, abrumado por estos fracasos y buscando un poco de tranquilidad, se separó una temporada de su mujer y  alquiló una pequeña casa en Torre del Lago, un pueblito cercano a Lucca donde además de componer podía dedicarse a la caza, su pasatiempo favorito; o cuando triste y melancólico y con un cigarrillo entre los dedos se paseaba por la orilla del lago y se preguntaba cuándo, cuándo saldría de aquella pobreza sin saber que pronto llegaría el éxito y la soñada prosperidad. 

—Pero, un club sin reglas, mi querido Giacomo, es como un piano sin teclas, un violín sin  cuerdas… —dijo el del monóculo. 

—Es cierto —dijo el otro halándose la barba—, las reglas son necesarias, aunque sea para violarlas.

Puccini puso la copa sobre la mesa, se peinó los bigotes con los dedos varias veces, torciéndolos hacia arriba como si apretara la clavija de un violín y dijo:

—Está bien, está bien. Tendremos unas reglas —y levantó la copa—. ¡Por las reglas!  

—¡Por las reglas! —gritaron los amigos y brindaron una vez más.

—Pero eso sí, serán unas reglas muy especiales —aclaró Puccini—, dignas de ser cumplidas, necesarias para la buena vida y tan obligatorias como las leyes del país… ¿Quién lanza la primera? Yo mismo lo haré. Tome nota mi querido secretario —el del monóculo se adelantó con papel y lápiz—. Primera: “Los socios del club La Bohème, fieles intérpretes del espíritu de la fundación del club, juran beber bien y comer mejor”. ¿Qué les parece?

—¡Magnífica! —dijo el de la barba.

—Muy acorde a nuestros intereses —dijo el del monóculo y propuso otro brindis.

—Gracias, queridos socios —dijo Puccini—. A ver quién se encarga de la próxima, siempre, por supuesto, apegados a los valores de responsabilidad y de sacrificio de nuestro club.

—Segunda regla —adelantó el de la barba—: “Los cascarrabias, débiles de estómago, pobres de espíritu, rezongones y demás desgraciados de este género, no serán admitidos, y los miembros del club procederán a echarlos furiosamente”.

—¡Bravo! —dijo el del monóculo —brillante intervención. Y, como yo seré el encargado de las finanzas, propongo la siguiente como tercera regla: “El tesorero está facultado para huir llevándose la caja”.

Todos rieron y brindaron de nuevo.

—Maravillosa —dijo Puccini—. Y como padre de la idea y presidente del club anuncio la cuarta regla: “El presidente cumplirá las funciones de árbitro y se encargará de obstaculizar la labor del tesorero destinada al cobro de las cuotas”.

—Me opongo rotundamente a esta regla —dijo el del monóculo sin poder contener una risotada.  

—Bien, muy bien —dijo el de la barba, y mientras pensaba en su propuesta se halaba los pelos que casi le cubrían la chalina. Al instante levantó la vista y agregó—: Y en mi calidad de responsable del decoro y de las buenas costumbres que deben siempre imperar en nuestro exclusivo club anuncio la quinta regla: “Está prohibido el silencio”.

Todos, hasta el dueño de la taberna que divertido escuchaba desde la barra, rieron y aplaudieron al de la barba por su ocurrencia de tan imposible cumplimiento. 

—Sexta —dijo el del monóculo, dando un golpe sobre la mesa—: “Está completamente prohibido todo juego legal”.

—A jugar se ha dicho —dijo Puccini en medio de una carcajada y agregó—: Para finalizar, y para que no queden dudas de nuestras nobles intenciones, propongo la séptima regla: “No se aceptará la prudencia ni siquiera en casos excepcionales”.

—No se aceptará la prudencia ni siquiera en casos excepcionales —repitieron todos en alta voz y con una entonación musical como si fueran los integrantes de un coro. 

—¡Por La Bohème! —propuso Puccini.

—¡Por La Bohème! —dijeron los otros.  

Y de nuevo chocaron las copas al centro de la mesa. Pero esta vez uno de ellos, quizás el del monóculo, quizás el de la barba, quizás el mismo Puccini o, pensándolo bien, quizás los tres al mismo tiempo, brindaron con tanta fuerza que las copas se hicieron trizas en el aire.

La trilogía de los malditos
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