Thomas Mann 

 

Un buen día tomó la decisión de enterrar todas aquellas visiones homosexuales que lo asediaban y llevar la vida que la sociedad le exigía: contrajo matrimonio con Katharina Hedwig Pringsheim, Katia, con quien tuvo seis hijos. Sin embargo aquel fantasma siempre estaría presente a lo largo de la vida de uno de los más importantes escritores alemanes del siglo XX. Trataría entonces de mantenerlo oculto, guardado lejos de comentarios perversos y rumores malintencionados, encerrarlo en algún lugar donde pudiera aquietarlo y a la vez que fuera un sitio donde también pudiera desahogarse, ser libre, sin el temor de alguna vez ser descubierto: ¡Un diario! ¡Un diario íntimo y secreto! Esa era la solución. Ese el desahogo. Porque una cosa era ampararse ante la ficción de un cuento o una novela y otra declararlo en un diario íntimo, personal. En aquéllos nos podemos cubrir tras los personajes como lo hice con  Muerte en Venecia y tantos otros; en un diario en cambio quedo expuesto como la tierra a la intemperie, sin dudas, sin equívocos, sin el falso escudo de una historia  inventada. Pero aún así, aunque viera en ello una forma de liberación interior, el caldero hirviente liberado de su tapa, el temor de que alguna vez cayera en otras manos, de que alguien lo robara o lo tomara por error y leyera sus más secretas reflexiones, lo llenaba de angustia y desasosiego. Así que prefirió en un primer momento cargar con todo aquello, convivir con el fantasma de su homosexualidad como quien vive con una constante migraña, siempre allí, latiendo en medio de las sienes, y llevar el diario apenas como un simple desahogo literario, un descansar escribiendo. Dejaría lo que consideraba importante o trascendental para sus novelas, cuentos y ensayos, y lo trivial y cotidiano para su diario. Así que Thomas Mann, irritable a veces, descansaría escribiendo sobre sus frecuentes dolores de cintura originados en su estómago y colon, de sus taquicardias y retortijones, de sus irritaciones y dolores intestinales, de sus problemas para tragar la comida o de cuando olvidaba ponerse la dentadura. Pero incluso un gran escritor no escapa de ciertas tentaciones, ligeros actos involuntarios donde lo que le es natural surge con la facilidad con que se pasa la página de un libro: Mann no pudo evitar escribir acerca de unos jóvenes que lo habían cautivado; o de otro al que calificó de lozano y de dorados cabellos que lo había sumergido en un dulce embeleso; o el joven de brazos morenos y pecho descubierto que le había dado mucho que hacer; o cuando agradeció al cine alemán de la época por brindarle el placer de contemplar cuerpos jóvenes de sexo masculino en su desnudez. Notas involuntarias que se negó a borrar y que lo incriminaban. Ya habría tiempo para ello. Mientras tanto se complacía con el grato deleite de lo prohibido: el de haberse confesado a sí mismo, su imagen en un espejo limpio y sin rasgaduras; poder leer lo que escribió en un momento de debilidad o descuido, reconocer su propia letra y no sin cierta sorpresa mirar a través de la ventana y darse cuenta de que sí, fue él mismo quien había escrito todas esas notas. ¿Por qué entonces destruirlas? ¿Por qué esconder lo que para él era bello y genuino? Batalló con estas interrogantes hasta el final de sus días, hasta que una voz interior le dijo que los conservara, que seguramente dentro de veinte años el mundo sería otro. Él quedaría redimido, su imagen se elevaría entonces, aún más, como la de un hombre honesto, integro consigo mismo y con la humanidad, algo que necesitaba para morir en paz. De esa manera pues dio la orden explícita de que su diario no fuera leído sino hasta veinte años después de su muerte. Equivocado o no, así se hizo.

La trilogía de los malditos
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