Jacques-Louis David

 

—Oye —me dijo mi esposa visiblemente sorprendida—, ese vestido, sí, el que lleva una de las hermanas de Napoleón, la cuarta de izquierda a derecha, ¿la ves?

—Sí —le respondí—. ¿Qué tiene de especial?

—Es azul.

—¿Y?

—En el otro cuadro era rosa.

Estábamos en el Louvre admirando La coronación de Napoleón, del pintor francés Jacques-Louis David. Jacques, nacido en París en 1748 y fallecido en Bruselas a los setenta y siete años, es considerado uno de los pintores más influyentes en el arte francés del siglo XIX.

—No puede ser —le dije casi burlándome—, son réplicas exactas.

El día anterior habíamos estado en Versalles frente a la misma obra; no, no es la misma, es una réplica del original que ahora reposa en el Louvre.

—Estoy segura —insistió mi mujer.

—No es posible —insistí yo por mi parte, y agregué con aires de intelectual—. Una réplica es una réplica, es decir, la reproducción de una obra de arte ejecutada por el mismo autor o supervisada por él, y no tiene sentido que el propio pintor cambie el color del vestido a uno de sus personajes. ¿Con qué objeto lo haría?

—No sé, pero lo hizo… 

—A ver, cariño, seamos razonables; cuando te empeñas en algo no hay quien te haga cambiar de idea… Revisemos el folleto y olvidemos el asunto: “Jacques-Louis David fue el pintor oficial de Napoleón y pintó este cuadro a principios del siglo XIX, alrededor de 1806. Mide seis metros con veintinueve centímetros por casi diez de largo”. Míralo aquí. Uf, qué trabajón. Se menciona también lo que ya sabemos, que existe una réplica —RÉPLICA, se escucha bien—, en el Palacio de Versalles. No dice que esa réplica venga con los colores que estarán de moda para el próximo verano.

—Muy gracioso. Quiero ir de nuevo a Versalles.

—Estás loca.

—Quiero ir.

—¿Ves que tengo razón? Cuando te empeñas en algo… Fíjate, la coronación y la consagración se hicieron en la Catedral de Notre Dame, aquí en París. Ah, me hubiera gustado conocer París en aquellos años. Debió de ser hermosa. Más que ahora. Sin carteristas por las calles y sin temor a las bombas en los envases de basura. Disfrutar de los coches tirados por robustos caballos, las calles de piedra, los faroles y las velas de cebo, el vino y el casis.

—No tenemos por qué ir juntos. Puedo ir yo sola y tomarle una foto.

—Pierdes el tiempo. Aquí tenemos el original.

—Me refiero a la copia. Tomarle una foto a la copia y demostrarte que, en Versalles, una de las  hermanas de Napoleón está vestida con un traje largo rosa y las manos sobre su vientre como si estuviese embarazada.

—Aquí está, querida, frente a nosotros, tal cual, con las manos sobre su vientre como si estuviese  embarazada.

—Pero con el vestido azul.

—Al igual que en Versalles. Seguro. Cuántas veces tengo que repetírtelo, mujer: en una réplica no se cambian los colores. Por qué eres tan terca. Veinte años y todavía no me acostumbro.

Mi mujer frunció el ceño y miró hacia otro lado. No quería incomodarla, así que me acerqué a ella y le puse mi brazo sobre los hombros.

—No te preocupes —le dije—. Yo también a veces veo cosas que luego no existen y me río del error… Ven, disfrutemos de la pintura, leamos esto: “En el centro está Napoleón, el protagonista de la obra. Frente a él, de rodillas, Josefina, quien recibe la corona de manos de su esposo. Luego la madre, en las tribunas; en el extremo izquierdo José Bonaparte, príncipe imperial, rey de Nápoles y rey de España en 1808. A su lado Luis Bonaparte, rey de Holanda; el niño Napoleón-Carlos, hijo de Luis, aparece de la mano de una de las hermanas de Napoleón”. Que, como se ve claramente que-ri-da, todas están vestidas de un celeste muy claro. “El pintor no deja a nadie por fuera. Cónsules, príncipes, ministros, mariscales y representantes eclesiásticos acompañan al nuevo emperador en su coronación y consagración. Fue un momento cumbre en la historia de Francia”. Se me ponen los pelos de punta, le dije a mi mujer, sólo de imaginarme ese momento, y me aterro al pensar en lo que vendría después. Ah, el papa Pio VII. Míralo allí, detrás de Napoleón, la mirada fija, sin expresión en el rostro, sin mitra ni tiara; no parece muy contento de asistir al acto. “… de alguna manera el nuevo emperador le había hecho sentir que estaba bajo su mando, aunque ciertas concesiones eran necesarias para mantener la armonía entre la Iglesia y el Estado”. Y mira, según esto, Jacques-Louis David está en las tribunas. “Se dibujó a sí mismo. La inmortalidad no sería sólo para los personajes, también él, más allá de la firma, como muchos, nos dejaría un recuerdo de su rostro”. Me pregunto cuál de esos es el suyo. Qué gran lujo… Observen los colores cálidos al mejor estilo veneciano —dijo una guía a un grupo de argentinos que se detuvieron justo al lado de nosotros—, los pliegues de capas y cortinas, la precisión de cruces y espadas, lo elaborado que están los sombreros y las plumas. Bonaparte lleva un manto de armiño que parece reducir aún más su escasa estatura y en la cabeza una corona de laurel que pronto será sustituida por una de oro y diamantes, y que él mismo colocará sobre su cabeza para demostrar que su ascenso no proviene del antiguo régimen monárquico sino de la voluntad del pueblo, rompiendo así con la herencia de la Casa de Borbón. Sin embargo, como verán, no resistió la tentación de usar la corona y el cetro, los símbolos reales tradicionales: un bocado irrenunciable para su hambriento ego. No obstante era un caballero, le murmuré a mi mujer, no ordenó a Jacques que retratara su propia coronación, sino el momento en el que él coronaba a su mujer: un acto de desprendimiento para quien tenía Europa a sus pies. 

—Sí, y tú también serías un caballero si me llevaras de nuevo a Versalles.

La miré y callé. La verdad es que no quería volver a discutir sobre el tema. E inmediatamente pensé que un escarmiento no le haría mal. Comprobar por sí misma que estaba equivocada, que el vestido que usaba la hermana de Napoleón era azul celeste, idéntico al que ahora estaba frente a nosotros en el Louvre, lo que la llevaría a concluir que debe poner más atención cuando le digo las cosas, a disculparse, a no volver a caer en innecesarias discusiones. Versalles es hermoso, pensé y, por la hora, ayer habían quedado algunos salones sin ver. Además, ¿durante cuántos años tendría que escuchar aquella cantaleta? Quizás por toda la eternidad. Ya me imagino en alguna reunión familiar o con los amigos, cada vez que se hable de Versalles, del Louvre o, sin ir muy lejos, del arte en general, a mi mujer sacando el tema del maldito vestido, y diciéndoles a todos que yo, escritor aficionado y pintor a ratos, no fui capaz de complacerla estando Versalles allí, a unos pocos kilómetros de París, para demostrarme que me había equivocado y que el maldito vestido (ya lo odio) era rosa y no azul como el original. Yo le diría a todos que eso no es posible porque Jacques-Louis David realizó la réplica personalmente y es absurdo que le haya cambiado el color al vestido de una de las hermanas de Napoleón, sólo a ése; no lo hizo con las capas ni con los extravagantes trajes ni con las largas telas que caían al piso ni con las cortinas ni con ningún detalle del escenario o del cuadro en general, sólo con el vestido de la hermana del monarca, algo que no tiene ninguna lógica, tonto e inconcebible.  

Bien, con esa promesa mi mujer me mostró una sonrisa del tamaño del teclado de un piano, se colgó de mi brazo y continuamos mirando pinturas hasta la hora de cerrar. En la noche, en el hotel y ya en la cama revisando una pequeña biografía sobre Jacques que compramos en la tienda del museo, leo con cierta alarma que Louis David murió en 1825, que La coronación de Napoleón estuvo en su poder hasta 1819, fecha en la que la cede a los museos reales, que durante años estuvo almacenada, que en 1837 fue instalada en la sala de la Congregación del museo histórico del castillo de Versalles por encargo del rey Luis Felipe y que no fue sino hasta 1889 cuando fue enviada al museo del Louvre de París. Y lo más sorprendente: en ese mismo año, en 1889, fue realizada la copia. Santo cielo, ¿qué significaba todo aquello, quién había hecho esa copia sesenta y cuatro años después de la muerte de Jacques? Salté de la cama. Afortunadamente mi mujer dormía como una piedra. Me levanté, fui al baño y me lavé la cara varias veces. Dios, qué firma llevaba aquella réplica. Continué leyendo y me enteré de que se trataba de una “firma tardía del autor”. Es decir, alguien hizo la copia y la firmó con la firma de Jacques, seguramente después de haber tenido todas las autorizaciones de rigor y con el objeto de  rellenar el espacio que quedaba libre en Versalles. O el mismo Jacques, a pedido de alguien antes de morir, posiblemente del mismo Napoleón, dejó una o varias telas firmadas en blanco para estas eventualidades, quién sabe. Qué pasaría mañana entonces. Me acosté de nuevo convencido (ahora el terco era yo) de que ningún pintor, por muy autorizado que estuviese, podría cambiar los colores de una obra maestra como aquella, aunque fuera en una copia, y mucho menos si se trataba de un pintor de la talla de Jacques-Louis David, profesor de Gros, de Ingres y de muchos otros, maestro de maestros, maestro de maestros, maestro de… hasta que me quedé dormido en medio de los trajes rosas y azules que flotaban dentro de mi cabeza. 

Nos levantamos muy temprano. El sol llenaba de colores la campiña francesa y una suave y fresca brisa se colaba por la pequeña abertura que dejé en la ventana del auto. No le comenté nada a mi mujer. No valía la pena. Lo sucedido no cambiaba en nada las cosas. Quizás después le explicaría lo de la firma tardía y todo lo demás. 

Fuimos directo al salón donde reposaba la copia de La coronación de Napoleón y allí, iluminadas por el sol de la mañana, están las hermanas de Napoleón; y una de ellas, la cuarta de derecha a izquierda, la que parece sostener su vientre como si estuviese embarazada, lleva un vestido rosa.

La trilogía de los malditos
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