Emily Brontë

 

Ya eran las dos de la mañana y, mientras lo esperaba, Emily Brontë aprovechaba el tiempo escribiendo una página más de Cumbres Borrascosas, la única novela que escribiría en su corta vida. De vez en cuando se levantaba y se asomaba a la ventana. A través del vidrio veía de un lado y del otro de la calle, sin encontrar más que silencio, soledad, y las piedras húmedas brillando bajo la tenue luz de los faroles que por momentos quedaban envueltos en un manto de neblina. Se acariciaba el cabello, la frente, el cuello, bostezaba un poco y volvía a su faena. Mientras la página en blanco se hacía afectuosa pensaba en él. Con la pluma acariciando su mejilla y la mirada hipnotizada por la vela, se preguntaba con dudas si podría finalmente ayudar a su hermano, si después de todo podría lograr que dejara los vicios. Y en caso de no lograrlo, de fracasar en el intento, ¿cómo lo enfrentaría ella misma, podría superar la desdicha de su único hermano? Había sufrido tanto como él, se decía, tratando de convencerse de que no era una tarea imposible. Ambos habían perdido a su madre antes de cumplir los cinco años; ambos, poco después, habían perdido a sus dos hermanas: María y Elizabeth, enfermas de tuberculosis; ambos estaban marcados por el mismo infortunio. Pero Branwell, apenas un año mayor que ella, al parecer no tenía la misma disposición o capacidad para encontrar en la pintura el refugio y el confort que sus hermanas restantes Charlotte, Anne y Emily habían encontrado en la literatura; era débil, a veces violento, burdo e inadaptado como el Heathcliff de la  novela, adicto al alcohol y al opio…

Emily escribió unas pocas líneas y se levantó de nuevo al escuchar que alguien se acercaba. Miró por la ventana. Era él. Arrastraba los pies con la cabeza baja mientras balbuceaba maldiciones seguramente sobre el trabajo que había perdido por haber irrespetado a la mujer del dueño, o sobre la pintura que aún no había logrado vender, o tal vez sobre lo absurdo que le resultaba este mundo. ¡No eres mi madre!, le gritó con apestoso aliento al tanto que trataba de sostenerse en pie aferrado al mango de la puerta que chirriaba. Levantó la mano para golpearla. Ella contuvo la respiración y se irguió frente a él dispuesta a todo, a ser castigada incluso si con eso lograba expiar sus culpas o las de su hermano, o la de cualesquiera fueran los responsables si con ello lograba tal vez el perdón, levantar la condena que les había sido impuesta. Los ojos de Branwell, primero inyectados en sangre, de pronto comenzaron a llorar desconsoladamente, como aquella mañana de 1824 que ella nunca olvidará, aunque apenas tenía seis años, cuando él con los mismos ojos lluviosos y sus pequeñas manos al aire decía adiós a sus cuatro hermanas que serían internadas en el colegio de Clergy Daughters, pocos años después de morir su madre. ¿Quién se haría cargo de él? Los mismos ojos que presenciaron la llegada de sus dos hermanas enfermas, apenas un año después de su partida. Los mismos que miraron cómo se fueron consumiendo sus cuerpos hasta apenas quedar las huellas de sus huesos sobre las camas y tal vez algunos cabellos sobre las almohadas… Emily lo abrazó y lloró con él hasta que la luz de las velas se agotó en la claridad del día. Lo ayudó a subir las escaleras, le quitó los zapatos y lo acostó en la cama. Respiraba con dificultad y sudaba profusamente. Emily recordó el mundo de fantasía que habían inventado cuando niños: países imaginarios donde recreaban las historias más inverosímiles sobre reyes y reinas, plebeyos y aristócratas. Lo recordó a él, siempre frágil, desvalido, presa de un constante temor, tratando de pintar su rostro de niña sobre cualquier superficie, tela o madera, piedra o metal… Tendió una manta sobre su cuerpo y se despidió hasta mañana con un beso en la frente.

El episodio de una noche se repetía la siguiente y la siguiente; con ligeras variables, se repetía sin cesar. Sus palabras no fueron escuchadas, sus ruegos desoídos, hasta que un día simplemente él no regresó. Ella, tres meses después, salió a buscarlo donde fuera que estuviera; quizás dentro de las páginas de Cumbres Borrascosas.

La trilogía de los malditos
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