Vladimir
Nabokov
Para ello debía de contactar a uno de esos mafiosos especialista en pasaportes falsos, en la calle Smith. Tomaría mi auto e iría a la calle Smith, caminaría entre los vendedores de licor, drogas, juegos de azar y prostitutas que frecuentan el lugar. A cualquiera de ellos le podría preguntar quién puede falsificar un pasaporte. O tal vez no debería de ser tan directo y decirle simplemente que me gustaría ir a mi país con otra identidad porque tengo prohibida la entrada. La prostituta o el contrabandista me mirarán de pies a cabeza, a los ojos, a ver si por el vestir o por la expresión pueden adivinar si soy o no policía. Se darán cuenta de que no represento ningún peligro, de que sólo soy un exiliado que añora su país, uno más de los muchos extranjeros que han venido a esta tierra en busca de un poco de paz y prosperidad. Es probable sin embargo que la prostituta no quiera meterse en problemas, ya tengo bastante con los que tengo, y me diga que ese no es su negocio, que no sabe nada al respecto. El contrabandista por el contrario, cazador de oportunidades, me dirá lo que quiero saber después de mostrarle el billete que estaré acariciando al fondo de mi bolsillo. Recibirá el dinero, me tomará por el brazo, me llevará calle abajo o calle arriba, entraremos en un edificio donde habrá basura en el pasillo y me dirá que suba las escaleras hasta el piso uno y que toque en la puerta once. Seguramente allí me atenderá un hombre gordo, a medio afeitar, con el pelo engominado y un tabaco humeando en la boca. Me invitará a sentar, quizás un café. Me mirará como preguntando qué lo trae por aquí, atento a mis movimientos. Una vez que le diga lo que quiero seguramente comenzará a hacerme preguntas. Querrá estar seguro de que puede confiar en mí. Trataré entonces de facilitarle la tarea, le diré que mi verdadero nombre es Vladimir Nabokov, que salí de mi país por cuestiones políticas y que estoy sentenciado a nunca más regresar. Al saber que soy profesor de literatura en Cornell University, y que no me puedo quejar de la vida que he tenido en los Estados Unidos, me preguntará por qué quiero regresar a aquel infierno. No lo entenderá. No obstante le diré que quiero volver a corretear con mi padre y hermano por el pequeño prado que había frente a nuestra casa de Rozhestveno, atrapar una de aquellas mariposas que revoloteaban por el lugar, mostrarle todo aquello a Vera, mi esposa. A él todo esto le parecerá cursi y, no convencido, me pedirá que le diga más. Lo que sea con tal de conseguir una nueva identidad. Le diré que mi padre fue asesinado en 1922, en Berlín, por unos fascistas, al defender a un amigo que daba una conferencia con la que al parecer no estaban de acuerdo, y que mi hermano Serguei murió en 1945 en un campo de concentración nazi. Le diré también que estoy escribiendo una novela titulada Lolita, a punto de ser quemada, y que no soy una persona muy popular entre los que me conocen, más bien huidizo, apartado del trato con la gente. Seguramente después de toda esta confesión se convencerá de que no soy policía, de que puede confiar en mí... Y poco después obtendré un pasaporte falso... Podré visitar mi país como turista americano... Algún día.