Marcel Duchamp

 

—¿La Mona Lisa con bigotes? —murmuró alguien mientras observaba el dibujo. Se tapaba la boca con ambas manos y mantenía los ojos muy abiertos sobre aquello que no sabía cómo calificar. 

—Y… no lo puedo creer —dijo otro con similar asombro, alejando y acercando su monóculo—, ¿también tiene barba?

—Sí —dijo una mujer de chal—. Sin duda es una barba… ¡Bigotes y barba!, qué atrevimiento.

La gente se arremolinaba frente al dibujo como si se tratara de un espectáculo de las chicas del Moulin Rouge de París.

El murmullo se hacía cada vez mayor:

—¿Quién lo ha hecho? No tiene vergüenza.

—¡Qué horror!

—¿En qué mundo estamos?

—A lo que hemos llegado.

—Deberían aprehenderlo.

—Sí, y dejarlo a pan y agua.

—Válgame Dios.

—Qué insulto.

—Sí, ofender a Da Vinci es ofender al arte.

—Más que eso, es ofender a la humanidad entera.

—Es, simplemente, no saber de arte.

—No importarle nada.

—El antiarte.

—Sí, reírse, burlarse de la buena pintura, del arte en general, de Dios… 

—Dadaísmo —dijo uno muy elegante, el sombrero de copa bajo el brazo y guantes en la mano.  Todos voltearon a verlo—. Así se llama. Viene de dada. Sí, dada, como los caballitos de juguete que usábamos cuando éramos niños.  Qué mejor forma de ironizar con algo. Déjenme decirles: es una nueva corriente de “artistas” —rascó el aire con los dedos índice y medio de ambas manos— que pretende negar los valores, desconocer las convenciones, olvidarse de la estética y, no me cabe duda, burlarse también de la gente, sobre todo de los que propiciaron la Primera Guerra Mundial. 

Todos asintieron con incredulidad y miraron de nuevo el dibujo. 

—Pobre Da Vinci —murmuró alguien.

—Sí, pobre —dijo otro—. Su gran obra ridiculizada de esa manera.   

—Y… ¿quién se atrevió a semejante vejación? —preguntó la mujer del chal.

Todos la miraron.

—Un tal Marcel Duchamp —dijo el hombre de porte elegante.

—Hmmm —se escuchó a coro.

—Es un gran bromista —continuó—. Inventó algo a lo que llamó ready made: objetos comunes y corrientes expuestos en escenarios como obras de arte —se miraron unos a otros—. No es más que intentar dar sentido artístico a objetos que no lo tienen pero que al ser expuestos en una hermosa sala, por ejemplo, con otras obras de arte y todo aquel aire bohemio, se llenan de  significado, pretenden convertirse en verdaderas obras de arte —las preguntas flotaban en el ambiente. La gente no se movía de su sitio y el hombre de sombrero de copa reía con cierto sarcasmo—. Les hablo de una rueda de bicicleta sobre un taburete de cocina, les hablo de un botellero metálico, les hablo de un urinario, les hablo de una Mona Lisa con bigote y perilla, como esta que observamos frente a nosotros, les hablo de transgredir, de irreverencia, de rebeldía; en fin, del arte más allá del arte.

—Pero, jugar con la Mona Lisa… —concluyó uno. 

—No tiene perdón de Dios —adelantó otro.

—Qué atrevimiento—repitió la del chal.

—Es una ofensa.

—Sí, una ofensa.

—Qué diría Da Vinci.

—Lo dibujaría con cara de asno.

—¿Y Francisco I de Francia?

—Le cortaría la cabeza.  

—Sí, se la cortaría y la colgaría en el centro de Montmartre para que todos la viesen.

—Y escarmentase.  

—Claro, y escarmentase.

Ante tantas severas e intimidantes críticas el hombre de porte elegante se puso los guantes, el sombrero de copa y con una sonrisa traviesa se despidió del grupo.  

—Por favor no se vayan —dijo—, regreso en un instante. 

Se fue a su estudio de Pigalle, sacó de una gran carpeta otra estampa de la Mona Lisa, le dibujó barba y bigotes y le escribió unas siglas al pie. Luego regresó adonde estaba el grupo de gente aún despotricando de la imagen y cambió los cuadros. Al verlo, la mujer del chal, espantada, dio media vuelta y se marchó dando fuertes y rápidos taconazos sobre las piedras de la callejuela. A medida que las personas iban comprendiendo lo que las siglas significaban el murmullo de desaprobación iba creciendo y él, conteniendo una risotada, se iba alejando del lugar. L.H.O.O.Q., decía al pie la nueva imagen, que en francés significa Elle a chaud au cul (ella tiene el culo caliente).

La trilogía de los malditos
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