Johann Strauss I

 

Anoche soñé con Johann Strauss (padre). Impaciente y ansioso lo buscaba por aquí y por allá, en lugares indefinidos y entre personas sin rostro, en sitios oscuros donde las voces no tenían sonido y la gente pasaba frente a mis ojos como ráfagas de viento helado. De pronto todo se aclaró y me encontré en una antigua calle donde no había carros sino carruajes, luz eléctrica sino llamas, asfalto sino piedras, gente sino estatuas… Esto último me sorprendió más que cualquier otra cosa. Parecían de cera. Una pareja miraba con atención los trajes que se exhibían en un escaparate, señalaban con el dedo y parecían reír. Otros tomaban café en una terraza: uno llevándose la taza a la boca y el otro con el tabaco entre los dedos. Algunos parecían caminar por las aceras, bastón en mano, sombrero de copa bajo el brazo y guantes al aire. Un hombre delgado, aún joven y con la cabeza baja parecía tocar el violín sentado en el banco de una acera… El ambiente era agradable: un frío agradable al comienzo de una noche también agradable, el sol ya en brazos de Morfeo y la luna desperezándose en la esquina contraria. Todos estaban allí, sonriendo, caminando, charlando… Pero nadie se movía.  Me detuve detrás de la pareja que miraba frente al escaparate. No repararon en mi presencia. Miré también los trajes que ellos veían y miré asimismo mi propio reflejo en el vidrio de la vitrina. Vaya, me dije, pero si soy yo. Ya no llevaba mis acostumbrados vaqueros sino un fino pantalón, ya no mi franela vinotinto sino una esplendida camisa blanca y un saco salpicado de botones; ya no mi gorra de béisbol sino un alto sombrero de copa como el que llevaba el resto de los caballeros que me acompañaban en aquel extraño pueblo donde nada se movía. Sin embargo, con mi nueva apariencia, me sentía en confianza, como un ciudadano más. Me acerqué un poco más al vidrio y arreglé mi corbata. Sonreí. Hasta una espesa barba me rodeaba el rostro: me la peiné un poco. Bellos trajes, le dije a la pareja que estaba a mi lado. No me respondieron. Continuaban con sus ojos alegres, fijos en la ropa que se exhibía en el escaparate. Los miré atentamente y me di cuenta de que nunca me contestarían, de que no encontraría en ellos lo que buscaba. Eso me inquietó. Sin perder las esperanzas de cumplir mi deseo, nacido por supuesto antes de caer en este extraño sueño, me acerqué a los que tomaban café y los saludé con cordialidad. Sin preámbulos les dije que me llamaba fulano de tal, escritor aficionado, y que quería hablar con Johann Strauss I, hacerle algunas preguntas, saber el porqué de su obstinada negativa a que su hijo fuera músico. Me planté frente a ellos, los brazos cruzados, la mirada atenta, pero tampoco me respondieron. Uno continuó con la taza cerca de su boca mientras el otro reía de forma permanente sin despegar sus ojos del tabaco que humeaba. Di un par de fuertes palmadas al aire y nada, continuaban estáticos, tomando café y el tabaco entre los dedos. Quise despertarme entonces pero me percaté de que aún podía intentarlo con los que caminaban por la calle. Me acerqué a ellos y les hice la misma pregunta. El del sombrero de copa me ignoró, el de los guantes hizo otro tanto y el del bastón continuó con su mirada perdida en la llama de sebo que flameaba dentro de un farol. Ya el sueño llegaba a su fin, me dije desconsolado. Me quitaría de encima toda aquella ropa de etiqueta, me pondría de nuevo mis vaqueros, mi franela vinotinto y mi gorra de beisbolista, me despertaría de una vez por todas y trataría de encontrar el paradero de Johann Strauss I en otro lugar: en una biografía o en otro sueño donde la gente pudiese hablar. Cuando ya estaba a punto de salir de aquel pueblo detenido en el tiempo escuché el sonido de una orquesta que tocaba una hermosa marcha —ya había escuchado esta melodía, claro que sí, Marcha Radetzky, de Johann Strauss I, escrita en 1848 en honor al conde Joseph Wenzel Radetzky, héroe de mil batallas, y que hoy en día es la marcha oficial de la Escuela Militar del Libertador Bernardo O’Higgins del Ejército de Chile. Me trajo gratos recuerdos por cuanto una vez, pasando unos días en Austria, fui testigo de que con la Marcha Radetzky se despide el Concierto de Año Nuevo de Viena. El director de la orquesta se da vuelta, da la espalda a sus músicos y batuta en mano comienza a dirigir al público asistente que sigue alegremente el compás de la hermosa melodía—. Intrigado miré hacia el lugar de donde venía la música y allí estaba él, Johann Strauss I, el hombre que tocaba el violín sentado en el banco de la acera y que antes no había reconocido. El maestro gesticulaba y se movía con entusiasmo ante una orquesta inexistente. Sin embargo la música fluía, fluía de cada rincón que se pudiera ver: de los árboles, de las calles empedradas, de las ululantes llamas de las farolas… Al ver que era humano, que tenía vida, que se movía, me acerqué a él y me presenté. Le dije que escribía cuentos o relatos o pequeños ensayos sobre músicos famosos considerados inmortales. Me miró detenidamente. Su expresión era amigable, joven todavía, como de cuarenta y cinco, la cara bien afeitada y un ligero copete de cabello caía desde su frente. Tendió la mano hacia el banco y me invitó a sentar. En repuesta a mi pregunta dijo:                

—No tuve una vida que se le pueda desear a alguien. Mi madre murió cuando yo tenía siete años y mi padre cuando tenía doce. Así que desde el principio de mi vida comenzaron los sufrimientos. Dicen que mi madre murió de “fiebre larvada”. Desconozco esa enfermedad pero debe de ser una fiebre terrible la que puede quitarle la vida a una persona. Pero al menos tengo el consuelo de que murió de una enfermedad. No así mi padre que se ahogó en el Danubio. ¿Suicidio? No lo sé con certeza. Mi madre había muerto y él se había vuelto a casar. Mi madrastra era una buena mujer, pero ignoro si papá se sentía feliz con ella. Nunca hablamos de eso. Ella hizo lo mejor que pudo con ese huérfano que sin intención la convertía en su única responsable. Sí, hizo lo que pudo. Me consiguió un trabajo como  aprendiz de encuadernador y al mismo tiempo me apoyó con mis estudios de viola y violín. Esa fue la parte buena de mi vida, la que puedo contar sin altibajos en mi voz, sin que mis ojos enrojezcan y sin que renazcan las ilusiones de una infancia que nunca tuve. Era aún muy joven cuando entré en la orquesta de danza de Lanner. Fueron días de mucho trabajo, de extenuantes ensayos: valses vieneses y rústicas danzas alemanas eran el pan nuestro de cada día; y también de mucho aprendizaje, debo reconocer… Pero pasé hambre, sí, privaciones de todo tipo, y muchas fueron las veces que pensé en abandonar, en dedicarme a otra cosa, dejar la música y buscar una manera menos sacrificada de ganarme la vida. Sin embargo durante años soporté la calamidad de ser un músico de orquesta, mal pagado y sin futuro aparente hasta que, en 1825, a los veintiún años, no sé cómo lo hice pero me di cuenta de que no me quedaba otra alternativa si deseaba progresar en la vida: decidí independizarme y formar mi propia orquesta. Fue cuando comencé a escribir música y emocionado me di cuenta de que el público la aceptaba, de que la gente aplaudía con entusiasmo cada vez que concluía una de mis presentaciones. Había tenido que pagar un precio muy alto por todo aquello. Luego comenzaron las rivalidades con Lanner. A diario. Nos peleábamos por los salones, por las temporadas, por los músicos… En fin, no lo voy a abrumar más con mis calamidades. Sólo puedo decirle que tuve una vida difícil, sobre todo en la música, una vida que no quería para ninguno de mis hijos... Es curioso, pero quién iba a pensar que a mi hijo Johann lo bautizarían como el Rey del vals. Y que yo algún día, desde este lado del escenario, iba a sentirme orgulloso de ello, de él, de que se hubiese empeñado en hacerse músico; yo que de alguna forma me había convertido en su rival. Y, déjeme confesarle algo, no sé si él lo ha notado, pero estoy en cada nota que sale de su violín.

La trilogía de los malditos
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