Juan Rulfo

 

1955. Manejaba tranquilamente por una de las carreteras de México. 

Dos mil ejemplares me parecen muy pocos, pensó Juan Rulfo cuando le anunciaron la publicación de la que sería su única novela: Pedro Páramo. Tenía treinta y ocho años y había estado trabajando en ella desde antes de los treinta. Dos mil ejemplares se le hacían insuficientes para una novela que, aunque corta, le había traído un sinfín de complicaciones, comenzando por el título, que desde sus inicios no estuvo seguro de cuál sería: al principio la había llamado Una estrella junto a la luna, así se lo hizo saber a su prometida, Clara Aparicio, en una carta que le envió en 1947. Luego se refirió a ella como Los murmullos, y quién sabe cuántos títulos más consideró el mexicano antes de decidir, finalmente, darle el nombre del personaje principal.

Mientras trabajaba como agente viajero y durante días recorría las interminables carreteras mexicanas, tras el volante y con la mirada en los sueños, imaginaba las más extravagantes, imposibles, lejanas y fantásticas situaciones, sólo factibles en una mente poseída por la ficción más sorprendente, por la más inconcebible locura. Soñaba con que vendería millones de libros, con que famosos escritores alabarían y reconocerían su novela. Se imaginaba por ejemplo a un Jorge Luis Borges diciendo cosas como: “Pedro Páramo es una de las mejores novelas de la literatura de lengua hispánica, y aún de toda la literatura”. Se imaginaba a gente como Álvaro Mutis diciéndole a sus amigos: “¡Lea esa vaina, carajo, para que aprenda!” Los imaginaba a todos, súbditos de un nuevo reino donde aristócratas y plebeyos se inclinaban ante el nuevo rey de la literatura universal. Por eso dos mil ejemplares le parecían francamente insuficientes. Su imaginación no tenía límites. Llegó al punto de imaginar a escritores de la talla de Susan Sontag diciendo cosas como: “La novela de Rulfo no es sólo una de las obras maestras de la literatura mundial del siglo XX, sino uno de los libros más influyentes de este mismo siglo”. Qué gran soñador era, qué efecto anestésico el de una carretera que nunca termina, el de un espejismo que hipnotiza y hace ver visiones. Veía incluso Rulfo, tan nítidamente como a los muertos de su novela, a premios Nobel, a gente como García Márquez, diciendo tales sublimes locuras como: “Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. Nunca, desde la noche tremenda en que leí la Metamorfosis de Kafka en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá ―casi diez años atrás―, había sufrido una conmoción semejante”. La fantasía de Rulfo se extendía hasta más allá del horizonte, mucho más, tras la luz del sol y de las estrellas más lejanas. Ya no recordaba con tristeza el asesinato de su padre cuando sólo tenía seis años, ni la pérdida de su madre cuatro años después ni los años con su abuela ni los que pasó en el orfanato de Guadalajara, ya todo aquello había quedado atrás… Pero, dos mil ejemplares, murmuraba entre sueño y sueño, entre fantasía y fantasía, es muy poco, se agotarán en un día, en medio día, en una hora, tal vez en minutos. Serán insuficientes para tanta gente, se repetía sin cesar mientras tamborileaba con los dedos sobre el volante y una grata sonrisa hacía tirones en su rostro. Llegó a pensar inclusive que su corta y localista novela, donde había intentado que lo fantástico y lo real fueran de la mano con la naturalidad de dos que se aman, sería traducida (válgame Dios) al polaco, al francés, al inglés, al italiano, al alemán… y más descabellado todavía al sueco, al noruego y al finlandés… No contento con todo esto pensó en el cine. Imaginó a Emilio Fernández, al “Indio” Fernández, solicitándole guiones para cine, haciendo adaptaciones, departiendo con directores y artistas de primera línea. Y los premios. ¿Qué premios se pueden obtener con apenas una novela corta y un libro de diecisiete cuentos, también costumbristas, que le sirvieron de estudio para desarrollar su novela? Tal vez ninguno... Pero, ¿qué tal sería el Premio Nacional de Literatura de su país, o el Príncipe de Asturias de España? Ah, algo grandioso… Entonces, ¿cómo van a imprimir meros dos mil ejemplares?

 

Pocos meses después salió publicada en el periódico una breve reseña sobre la novela Pedro Páramo de Juan Rulfo. Y concluía: “La edición fue de dos mil ejemplares, de los cuales se vendieron la mitad, el resto fue obsequiado”.

La trilogía de los malditos
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