Djuna Barnes

 

No debería de afectarte. Siempre fuiste una mujer fuerte, de convicciones, segura de sí, que actuó como quiso a lo largo de su vida. En un mundo dominado por los hombres, por los prejuicios y las mezquindades, tú saliste adelante, no te sometiste, no limitaste tu proceder a otras voluntades o al qué dirán de los incautos. Así que no debería de afectarte, se supone, al menos no tanto; ser viejo es una circunstancia, un ejercicio de interpretación al que debemos resignarnos con la misma naturalidad con que nos levantamos de la cama en las mañanas. ¿Errores? No creo que los hayas  cometido. Viviste. Viviste como quisiste hacerlo. Sin negarte a lo que te daba satisfacción. Sé que fuiste señalada. Aún siento en mi espalda la punta de los dedos oprimiéndola hasta hacer daño. Ya no importa. ¿Tuviste muchos amantes? Sí, hombres y mujeres. ¿Y a todos los amaste? A todos los amé. Ya lo sé. Fuiste autentica. Reconocías la belleza en dondequiera que estuviera, sin importar de dónde viniera o quién la ofreciera: si hombre o mujer, si alto o bajo, con dinero o sin él. Siempre en silencio, con ese aire de ambigua superioridad imposible de evitar y del que todos quedaban prendados.  Ah, Djuna Barnes, no deberías llorar por la vejez. Sé la mujer fuerte que siempre has sido. No luches contra ella. No pidas que maten a los viejos para no tener que hacer el esfuerzo de enfrentarla y vencerla, vivir con ella como se vive con un cachorro al que se cuida y acaricia. Después de todo no puedes quejarte, fuiste alta, guapa, el alma de las fiestas cuando te lo proponías, siempre con esa elegancia que incluso ahora, en la vejez, no te ha abandonado del todo. No llores más, mi querida vieja. No matarán a los viejos aunque tú lo pidas. No crearán leyes para complacerte ni para cambiar lo que Dios así ha dispuesto. Ya no te preocupes por nada: por la falta de hijos, por la soledad, por aquellos hostigamientos a los que te sometieron Carson McCullers y Anaïs Nin, verdaderas enemigas literarias sólo porque no aceptaste recibirlas en tu casa, porque no quisiste compartir tu soledad, tu sagrado silencio. No lograrás que maten a los viejos, Djuna, no lograrás crear verdugos que hagan lo que tú no eres capaz de hacer, lo que sabes que no debes hacer. Porque temes. Porque si siempre estuviste más que segura de todo lo que hacías, no lo estás de esto. Prefieres esperar en silencio, no hablar con nadie acerca de lo que ya no tiene respuesta y entregarte aunque no dócilmente a lo que ya está establecido. Es mejor. Ya pronto cumplirás noventa. Qué tanto más podrás vivir. Quizás algún día proclamen una ley que mate a los viejos. Pero no será pronto. No te beneficiarás de ella. Tendrás que conformarte con vivir y esperar. Mientras tanto los vientos del pasado desfilarán por tus espacios de ocio. Continuarás releyendo El bosque de noche hasta el último momento, y disfrutarás de aquellos días, largos, solitarios, de café y escritura; acariciarás la sonrisa de TS Eliot cuando leíste la introducción que hizo de tu novela; el agradable encuentro que tuviste con Malcolm Lowry, siempre tan simpático y presto al brindis; los años compartidos con Thelma Wood en París... ah, París; o tu valiosa amistad con Peggy Guggenheim. Eso te ayudará a esperar, a seguir esperando. Pero... cuarenta años. Cuarenta años dentro de estas cuatro paredes. Cuarenta años esperando, de silencio, escuchando el ruido de tu máquina de letras, sin hablar con nadie más que con el mozo que te hace las compras. Ya no quieres esperar más, ¿no es así? Deberían matar a los viejos. Hasta mañana.

La trilogía de los malditos
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