Miguel de
Cervantes
Ya era de madrugada. La biografía de Cervantes cayó sobre mi pecho y los lentes se apoltronaron sobre mis bigotes…
No hay dudas: el cielo me ha negado la gracia de ser escritor. En principio nunca pensé en ello. Mi padre era médico cirujano y se ganaba la vida aplicando ventosas y sangrando a los pobres enfermos que nunca faltaban, labor que no era de mi agrado, debo reconocer. Sin embargo lo acompañaba en sus largos viajes por la comarca y aprendí más de la vida práctica que de libros y escuelas. Luego me vi envuelto en un par de episodios un poco peligrosos: un duelo a muerte y la relación con una dama de honor cuya circunstancia no era menos comprometida que la de exponer la vida; sin duda un buen material para cualquiera que pensara en ser escritor. Cuando participé en la Batalla de Lepanto apenas si me había pasado por la cabeza escribir algo. Idea que quedó en el limbo cuando una cimarra enemiga estuvo a punto de cortarme en cercén la mano izquierda; incidente que dio lugar al apodo de El manco de Lepanto. Fue una gran experiencia. Ocurrió el siete de octubre de 1571. Navegaba en la galera Marquesa y combatía al mando de una docena de soldados cuando recibí tres arcabuzazos: dos en el pecho y uno en la mano izquierda. Sobreviví, pero mi mano quedó inservible, como un trofeo de guerra. Eso me hizo estar más orgulloso de mis dotes militares que de algún posible talento literario. Mis aventuras no tenían límite. De regreso a España caí en manos de unos piratas moros, fui vendido como esclavo y rescatado cinco años más tarde. Cinco años de cautiverio, de hambre; cinco años temiendo al escorbuto y a la muerte...
Ya había sido soldado y esclavo, había vivido suficientes historias como para llenar un gran libro, pero todavía la prosa no estaba bien definida dentro de mi cabeza. ¿Poeta? ¿Por qué no poeta? Entonces decidí ser poeta y escribí los versos más ramplones de la literatura española. Un desastre. Eso dijeron los críticos. Eso pude notar yo mismo cuando los leí un tiempo después y mis ojos veían un poco más allá de la punta de mi nariz. Pero no renunciaría tan rápido, no me entregaría con facilidad: escribiría comedias. Concentré todo mis esfuerzos en escribir comedias. Vacié toda mi energía en más de treinta comedias que lamentablemente superaron las malas críticas de mis versos. Era una realidad: mis comedias fueron aún peores que mis versos. Estaba condenado... Negado aún a aceptar lo inevitable, rechazando todo dictamen divino y retando al destino que se me presentaba cruelmente esquivo y gris, ensayé con la novela pastoril. De alguna forma lo esperaba. Fue la cumbre de mis fracasos. Si mis poemas y comedias merecían los generosos calificativos de prosaicas y ramplonas, esta novela merecería entonces los de aburrida y anodina como los primeros de una larga lista de adjetivos bien escogidos y dispuestos de forma tal que no quedaran dudas acerca de su pobreza literaria.
Aceptando que mi talento narrativo era sólo una aspiración fantástica, un sueño inalcanzable y por el que ya no valía la pena luchar, busqué en el amor el consuelo que necesitaba para seguir viviendo. ¿Qué mujer podría alegrar mis días ante tanta contrariedad? Una muy joven, pensé, y me casé con una dieciocho años menor que yo. No estuvo mal, pero no satisfizo ese fuego inextinguible que me devora por dentro y arrasa con todo a su paso. Un hijo podría ser la solución. Me lo dio otra mujer, pero tampoco con ello di reposo a mi alma. Ya con cuarenta y un años traté una vez más de mantener a las dos familias con el producto de mi pluma y una vez más resulté herido en el intento. Decidí entonces buscar otra cosa, “un negocio más sensato”, que me permitiera salir del atolladero en el que me encontraba. Así obtuve el cargo de Comisario de provisiones para la Gran Armada. Pero... un pero más, con la derrota de la Armada perdí mi cargo y todo se fue al traste. No cedí en mis intentos. Un tiempo después me empleé como recaudador de impuestos en varios pueblos del reino de Granada. Esta vez la sensiblería y la estupidez fueron las causantes de mi desdicha: confié los fondos del gobierno a un amigo banquero, Simón Freires de Lima, sevillano, que se encontraba en bancarrota. Pagué tres meses de prisión y jamás volvieron a contratarme para los servicios públicos. ¿En qué clase de calamidad se había convertido mi vida? No me quedaba otro camino que el de volver a la literatura. Luego de publicar unos trabajos, el reconocido dramaturgo Lope de Vega, en una carta enviada el catorce de agosto de 1604, dijo acerca de mi trabajo que no había en el planeta otro poeta “tan malo como Cervantes”. Tenía razón: “Yo sé mucho más de reveses que de versos”. Así he llegado a los cincuenta y ocho: un viejo sin encanto, pobre, enclenque, fracasado y con sólo seis dientes mal dispuestos en la boca, con apenas unos pocos libros publicados, uno de ellos una sátira escrita con cierto toque burlesco contra las locuras de la sociedad al que no se le ha dado mayor importancia. ¿Qué otra oportunidad tocará a mi puerta? Seguramente ninguna... el cielo me ha negado la gracia de ser escritor.
Sentí un alivio al volver en mí y evidenciar que mi mano izquierda aún estaba en su lugar.