Gustav Mahler

 

Tenía veintiséis años y esperaba en la estación del tren. Ya eran las seis de la tarde, la hora acordada. Hacía frío en Viena y unos oscuros nubarrones avanzaban lentamente sobre la ciudad. El traqueteo de los trenes, los silbatos, los besos y los abrazos de quienes se decían adiós o se reencontraban no lo distraían de la espera, por el contrario, lo hacían estar más atento a su llegada. Ella no bajaría de uno de los tantos vagones y emocionada correría hacía él con los brazos abiertos y lágrimas en los ojos, no, ella llegaría en un carruaje, de incógnito: traje largo con capa sobre los hombros, sombrero de ala ancha y un velo negro de gasa fina le cubriría el rostro. Una pequeña maleta con apenas lo necesario pendería de su mano. Así la imaginaba. Así lo habían acordado. Luego tomarían el tren… De vez en cuando se levantaba, sacaba el reloj de su chaleco, lo miraba por más tiempo del requerido, como cerciorándose de que efectivamente ya eran pasadas las seis de la tarde, y daba unos cuantos pasos de ida y de vuelta, valija en mano, a lo largo del pasillo central, con la mirada fija en los carruajes que fuera de la estación llegaban con los posibles pasajeros. Ella vendría en uno parecido. Veía sus caras con controlada paciencia y desbordante expectativa. Luego se sentaba de nuevo, cruzaba las piernas y bailaba su pie o limpiaba sus quevedos o se escarbaba las uñas o componía una melodía. Tal vez se distraía ordenando todo aquel bullicio propio de una estación ferroviaria y batuta en mano comenzaba a dirigir a los trenes que traqueteaban, al silbato en su intermitencia, al repique de las manos sobre las espaldas y a los besos que como imperceptibles chasquidos de fondo retumbaban en sus oídos, tal vez porque imaginaba los que esperaba recibir… Un niño se divertía muy cerca de él. Tal vez de cinco o seis años. Jugaba con una pequeña y colorida pelota. Tenía los ojos muy grandes, oscuros, y vestía un trajecito negro con una camisa blanca cuyo cuello sobresalía por sobre la chaqueta y con la brisa hacía pequeñas ondas en el aire comparables con la mano de un director de orquesta marcando el compás de una suave melodía. Todo ello le llamó la atención al músico austríaco. Ese niño, pensó Gustav, se parecía tanto a él… Apenas tenía cinco años cuando se tomó aquella foto. Vestían igual, la misma contextura, los mismos grandes ojos. Llevaba un sombrero en la mano. Una silla sobre la que había unos papeles, quizás una partitura, decoraba el ambiente. Gustav miraba con abstracción al niño que jugaba con la pelota, en la estación del tren, mientras esperaba a Marion, en medio de silbatos, traqueteos, besos y abrazos; en medio también de las lágrimas de los que se despiden y de las risas de los que llegan y de la placentera angustia de los que huyen. Podía contarle su vida a aquel niño, se dijo. Podría decirle que nació en Kaliste, en 1860. Decirle por ejemplo que sus padres venían de Bohemia, que eran muy humildes: cocheros y luego posaderos, que su abuela había sido una vendedora ambulante, que eran judíos y que por ello, donde estuviera, se sentiría fuera de lugar, “un intruso nunca bien recibido”. Le diría también que era el segundo de catorce hijos y que de los doce hermanos que nacieron después de él solo seis sobrevivieron. Le diría igualmente que sería músico, compositor y director de orquesta, que sus  primeros contactos musicales habían sido con los toques de trompeta, con los bailes callejeros y las canciones populares, con las bandas improvisadas y las marchas militares. Pero antes de eso ―y como el secreto cómplice y bien guardado― le recordaría aquel viejo piano que descubrió en Bohemia cuando tenía apenas cuatro años, en casa de sus abuelos: un tesoro frente a sus ojos que no dejaban de brillar ante aventurado hallazgo: se detuvo frente a él y sobre la punta de sus pies, desde el horizonte de su mirada, comenzó a tocarlo como si ya antes lo hubiese hecho y todo se tratase del reencuentro con un viejo amor, dos seres que en otros tiempos no se resignaron a separarse y celebran con emocionada alegría las divinas señales de una ansiada continuidad. Luego todo fluiría. Le diría al niño que jugaba con la pelota que estaba estudiando piano y teoría musical, y que muy pronto, a los seis años, compondría una marcha fúnebre como introducción a una polca y a un lied; y que dentro de cinco años, cuando tuviera once, daría su primer concierto. Ya nadie tendría dudas de que estaban frente a un niño prodigio, un joven destinado a convertirse en uno de los más talentosos sinfonistas de todos los tiempos… La pelota se perdió al final del pasillo y el niño detrás de ella. Gustav miró una vez más su reloj, levantó la mirada hacia donde llegaban los carruajes— cada vez eran menos los que se detenían a dejar pasajeros frente a la estación—, miró el reloj de nuevo —las agujas marcaban las nueve de la noche—, y en medio de una profunda y lenta respiración lo guardó en el pequeño bolsillo de su chaleco. El traqueteo de los trenes ya era menos frecuente, el sonido del silbato se perdía en el espacio y las palmadas en las espaldas se diluían como lejanos tambores que se alejan hacia lejanos destinos. Gustav se levantó y caminó otro poco. No sentía el peso de la maleta, tampoco el rumor de su respiración y mucho menos los latidos de su corazón, pero sí escuchaba el tictac de su reloj, lo escuchaba como si lo tuviera pegado a su oreja, como si le gritara al oído un segundo más, un segundo más… Tres horas de retraso. Pero, qué significan tres horas de retraso ante la posibilidad de una vida juntos… Un contratiempo. Sí, de eso se trata todo: un ligero contratiempo y nada más… Dentro de poco un elegante carruaje se detendrá frente a la estación, el cochero le abrirá la puerta y ella bajará esplendorosa y me hechizará con su mirada y me encantará con su sonrisa y me cautivará con su aroma y, aparentando no conocernos, escaparemos juntos y seremos felices para siempre… Entonces, por qué no esperar un poco más. Se sentó de nuevo, las piernas cruzadas, el pie impaciente, otra limpieza a los quevedos, las uñas repasadas, la orquesta dentro de su cabeza… De repente  apareció la pelota al final del pasillo, y el niño tras ella. Podría adivinarle la vida a ese niño, se repitió, también su futuro. Podría decirle que se formará en el Conservatorio de Viena, que se iniciará como director de orquesta en pequeños teatros de provincia: Liubliana, Kassel, Olomouc… que será asistente del prestigioso Nikish en Leipzig, y que muy probablemente llegará a ser director de la Ópera de Budapest y de la de Hamburgo y, quizás, algún día, llegue también a dirigir la Ópera de Viena… Sí, podría decirle mucho acerca de su futuro, incluso que se prepare para tragos amargos porque tal vez su música no se aprecie tanto como será su deseo, quizás no sea valorada en su justa medida y posiblemente pasarán muchos años antes de que alguien reparare en ella y descubra lo maravilloso de su obra. Ah, tantas cosas podría decirle a ese niño de su vida, de su futuro, que el espacio en el que se escriben diez sinfonías no sería suficiente para ello. Incluso podría decirle que, cuando tenga veintiséis años, pasará toda la noche en una estación de tren esperando a una mujer que nunca llegará a su encuentro.

La trilogía de los malditos
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