Stefan Zweig 

 

No importaba ya si paseaba frente a la hermosa bahía de Copacabana, o si por la de Ipanema, con su gente amable y aire cosmopolita. No importaba si el Cristo del Corcovado o el cerro de Pan de Azúcar eran objeto de un día claro y soleado y a la distancia brillaban como grandiosas e inamovibles fotografías a todo color; tampoco importaba  si el aroma del mar o el sonido de las olas colmaban sus sentidos, la arena fresca bajo los pies descalzos, las palmeras danzantes, los jóvenes de piel tostada jugando fútbol, las inquietas gaviotas muy cerca, revoloteando y profiriendo cálidos chillidos; no importaba ya si ella, Charlotte ―aunque a él lo reconfortaba el gesto―, pasaba el brazo sobre su espalda y recostaba la cabeza en su hombro mientras caminaban; no importaba incluso gozar de buena salud, tener ingresos suficientes para vivir en un bonito chalet de frondosa vegetación en Petrópolis ―suburbio de Río de Janeiro que lo había enamorado, al que había visto como el sitio ideal para recomenzar su vida: “aquí el hombre no ha sido separado del hombre por absurdas teorías de sangre, raza y origen”―; no importaba ya, decía, gozar del amor de una mujer, ser un escritor famoso, reconocido, haber sido acogido en Brasil como una celebridad; haber escapado, como judío, de la más monstruosa tragedia… ya nada de eso importaba. Viviera la situación que viviera, Stefan Zweig, ya no sonreía…

Charlotte iba en silencio. Se limitaba a respirar profundo, a escuchar los latidos de su corazón cada vez más violentos. Zweig caminaba como sin rumbo, perdido… Un frasco de Veronal bailaba dentro de su bolsillo como lo haría un manojo de llaves, unos lentes, el sencillo para el periódico o un pedazo de papel con los asuntos pendientes. Su mente no estaba allí, sus ojos no miraban las gaviotas y su piel no sentía la frescura del aire marino. Pensaba en Austria, ya tomada por Hitler, en su querida Viena, en el penoso exilio que tuvo que vivir en Londres, el que aún antes de materializado ya lo acosaba con serias dudas y temores: “No había empezado aún esa espantosa condición de apátrida, imposible de explicar a quien no la haya padecido en carne propia, esa enervante sensación de tambalearse suspendido en el vacío con los ojos abiertos y de saber que dondequiera que uno eche raíces puede ser rechazado en cualquier momento… Perder el hogar es algo terrible”. Tal vez pensaba también en sus libros quemados por el régimen nazi, los mismos que ahora podrían leerse en otros idiomas, pero: “todo lo nuevo que escribía era desconocido para Alemania”; en los amigos: “estaban lejos, el viejo círculo se había roto… me volvía a encontrar rodeado de extraños… sin el alimento de discusiones y diálogos. No hay país más agradable que Brasil, lo que faltan son libros… conciertos”; pensaba en su casa de Viena: “la casa había desaparecido junto con sus colecciones y cuadros”; en sus esfuerzos: “Todo lo que había intentado, hecho, aprendido y vivido entretanto parecía como si se lo hubiera llevado el viento”; pensaba quizás también en el tiempo perdido: “a los cincuenta años y pico me encontraba otra vez al principio, volvía a ser un estudiante que se sentaba ante su escritorio… con un reflejo gris en el pelo y un atisbo de desánimo en el alma cansada”.

Entre el sudor y la arena, saltando de felicidad, uno de los muchachos que jugaba al fútbol gritó un gol tan largo y sonoro que todos voltearon sonrientes a mirarlo. Pero el escritor no volteó. No sonrió. Ya no sonreía. No estaba allí. Quizás estaba en Austria tratando de hacer algo por su país, por Europa toda, ante la “insensatez de los círculos dirigentes” austriacos que no escuchaban lo que él veía venir. “Mi desgracia, en estos tiempos, es mi antigua fuerza: prever con nitidez”, era una frase de Montaigne que a menudo citaba. Si nada podía hacer en su país, menos podría hacer en Inglaterra. Estaba convencido de que “si señalaba los peligros con los que Hitler amenazaba al mundo se lo tomarían como una opinión personal interesada… Era doloroso ver cómo una propaganda magistralmente escenificada abusaba precisamente de la suprema virtud de Inglaterra… Una y otra vez se pretendía hacer creer que Hitler sólo quería atraer a los alemanes de los territorios fronterizos, que luego se daría por satisfecho y, en agradecimiento, exterminaría al bolchevismo; este anzuelo funcionó a la perfección”. La palabra “paz” vino a su mente como un relámpago: “A Hitler le bastaba mencionar la palabra “paz” en su discurso para que los periódicos olvidaran con júbilo y pasión todas las infamias cometidas y dejaran de preguntar por qué Alemania se estaba armando con tanto frenesí”. Salió de su abstracción cuando Charlotte le dio un beso en la mejilla y le preguntó qué piensas.  Él la miró con esa expresión desolada que se había adueñado de su rostro como si sus músculos fuesen incapaces ya de impulsar una sonrisa más. No le respondió. Recordó a su madre cuando lo miraba: tenían la misma mirada. Aún vivía cuando ya él estaba en el exilio. “Quería volver a ver a mi madre, la familia, la patria… metí cuatro cosas en una maleta y volé a Viena”. Todo parecía normal en aquella Austria a punto de ser invadida. Conocidos y amigos con los que se encontraba parecían conformes, incrédulos o ajenos a los vientos que soplaban, terribles rumores esparcidos como la gasolina por toda Europa: asistían a fiestas y salían de compras con la mayor tranquilidad “(sin sospechar que pronto llevarían el uniforme de prisioneros en campos de concentración)”, y adornaban sus casas “(sin sospechar que en unos meses otros se las quitarían y las saquearían)”. Con amargura reconoció: “eran más sabios que yo todos aquellos amigos de Viena, pues sufrían sólo cuando pasaba algo, mientras que yo me imaginaba las desgracias, las padecía antes de tiempo y volvía a padecerlas cuando ocurrían de veras”. Dentro de poco su madre ya no podría sentarse en los bancos frente al Ring por prohibición expresa del nazismo: ningún judío podría hacerlo más; y el día en que murió, a los ochenta y cuatro años, al escritor no se le permitió entrar al país para acompañarla en su lecho de muerte. También esto lo había previsto en su última visita a Austria: “Había abrazado a mi madre con un secreto “¡Es la última vez!”. Me despedí de toda la ciudad y de todo el país con un sentimiento de “Nunca más””. 

―Mañana, entonces ―dijo Lott con un matiz que no llegaba a ser una afirmación, tampoco una pregunta.  

―Sí, mañana ―respondió Zweig sin tonos medios ―y murmuró como si nadie lo escuchara―: Veintidós de febrero de 1942. Un día tranquilo. Un domingo… Sí, un día tranquilo… ―luego, como despertando de un corto sueño, agregó―: La lista, ¿tienes la lista?

―Está en tu bolsillo. 

―Sí, lo olvidaba…

Zweig sacó la lista, se sentaron en la arena y comenzó a leer. A medida que leía ella iba asintiendo con la cabeza, o simplemente con una corta palabra de aprobación  lanzada al aire. Cada detalle, como si se tratara de una de sus biografías, había quedado resuelto con gran rigor: cartas, testamento, dinero, manuscritos pendientes de envío a editores, entrega de la casa que ocupaban, un hogar para Plucky, su pequeño fox terrier… Zweig y Charlotte permanecieron abrazados durante largo rato, hasta que las gaviotas dejaron de chillar y los muchachos que jugaban se perdieron por el boulevard… Esa noche cenarían con el matrimonio Feder, amigos vieneses. Ernest  luego comentaría: “Pasamos cuatro horas con ellos. Jamás los vi tan tristes y quebrados. La atmósfera era sombría”. Al día siguiente van al pueblo, depositan en un buzón de correos las últimas cartas y almuerzan en un restaurante. Ordenaron vino y brindaron por algo: ¿por la decisión que habían tomado? ¿Por el gran amor que los unía? ¿Por una vida mejor?... Al otro día, en horas de la tarde, fueron encontrados muy juntos, copas de agua sobre la mesa de noche y un frasco de Veronal vacío. Ella le apretaba la mano y parecía estar mirándolo. Gabriela Mistral, cónsul de Chile en Río y amiga del escritor, se presentó en cuanto pudo en la pequeña casa de Petrópolis: “Entré al dormitorio y me quedé allí no sé cuánto tiempo, inmóvil. En las dos camitas, una junto a la otra, estaban los dos; el maestro con su hermosa cabeza apenas alterada por la palidez”… Luego vinieron las fotos. La casa estaba ordenada, el cesto repleto de papeles rotos, borradores de su última declaración, y Stefan Sweig, boca arriba, vestía una camisa beige y una corbata negra. Una gran dulzura y serenidad se reflejaba en su rostro… casi una sonrisa. 

La trilogía de los malditos
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