Alfred Sisley

 

Me sentí un poco triste al saber que este pintor murió en la miseria. Sus pinturas, aunque no soy especialista en la materia y nunca las había visto personalmente, me parecían de las mejores. Pero, ¿lo eran en realidad? ¿Parado frente a ellas opinaría lo mismo? Quizás no. Tal vez las fotos, con su inexplicable magia, esconden los defectos del trazo, proponen colores inexistentes, modifican la verdadera perspectiva del dibujo... es posible. Sin embargo sus paisajes, aunque sólo vistos a través de las fotos que celosamente guardo en una de las gavetas de mi escritorio, me transmiten una serenidad que no encuentro en otros paisajes, una armonía, un equilibrio que me hace cerrar los ojos y aspirar el olor del viento entre los árboles o guardar en mi memoria el sendero por el que camina el campesino o los coloridos rayos de luz que se proyectan sobre el agua del río, repitiendo en su móvil transparencia la imagen de las viejas casas, los arcos de los puentes, el espeso follaje del bosque de Fontaneibleau... Una y otra vez observaba las fotos y una y otra vez me sumergía en la naturaleza, lejos de casa, de las paredes que me encierran y me descubría sentado en la ribera de un lago, el sol a mis espaldas, la sombra animada frente a mí, tratando de entender por qué un pintor de tanto talento vendió tan pocas obras en vida, y por tan poco dinero. Tal vez mi ignorancia en estos temas me llena de confusión. Las fotos me engañan, como ya dije, y lo que ven mis ojos no es la realidad verdadera sino otra realidad, aparente, similar, realzada por la tecnología de hoy. Pero ¿cómo saberlo? La única manera era viendo las pinturas en persona. Sólo así podría llegar a una conclusión. Sólo así podría entender a toda aquella gente, a todos aquellos críticos que a finales del siglo XIX no vieron lo que yo veo ahora en estas coloridas imágenes, seguramente un sentimental y un romántico sin remedio.          

Planifiqué entonces mi viaje a París. Mientras volaba, entre turbulencias que trataba de obviar cerrando los ojos e imaginándome en medio de uno de los paisajes de Sisley, leía acerca de su vida lo que todo el mundo puede encontrar en cualquiera de sus biografías. Me sorprendió saber que era francés pero también inglés, es decir, nació en Francia pero sus padres eran ingleses. Al parecer su padre, un próspero comerciante británico, mantenía negocios con el otro país y en una de esas estadías nació Alfred. Creció en un ambiente si se quiere acomodado, entre ambos países. Durante una buena parte de su vida —casi la mitad— no necesitó vender sus cuadros para vivir. Me pregunto en qué forma le pudo haber afectado esto. Suele decirse que quien no tiene apuros económicos expresa su arte con mayor libertad que quienes a medianoche escuchan los reclamos de su estómago. Pero también es cierto que el hambre obliga al artista a dar lo mejor de sí. Yo preferiría la primera opción, la de no tener que preocuparme por los asuntos económicos, tal vez porque no soy un verdadero artista. Lo cierto es que a Sisley aquella bonanza no le duraría toda la vida. En 1871, cuando contaba con poco más de treinta años, la guerra franco-prusiana acabó con el próspero negocio familiar y muy pronto con la economía segura y confiable del aún joven pintor. Lo imaginé en su estudio, con la barba aún negra, la mirada fija sobre decenas de cuadros sin vender, murmurando qué será de mi futuro si no puedo vender mis cuadros. Una sacudida me devolvió al avión. A pesar de que desde muy joven su padre solía animarlo a que estudiara economía con el fin de que algún día se hiciese cargo del negocio familiar, ya el pequeño Alfred sabía de antemano  lo que quería ser en la vida... Es una gran suerte, me he dicho siempre, no dudar, saber lo que se va a hacer desde que se es niño; no hay confusión entonces, todo fluye, las conveniencias se ignoran, la energía se concentra en un solo objetivo, desde niño y para siempre… Tal vez por eso no le importó vivir una buena parte de su  vida sumido en la pobreza. O tal vez sí, y apostaba que tarde o temprano, en vida, sería reconocido, su talento, y vendería muchos cuadros y la crítica exaltaría sus obras y sería invitado a todos los salones y no se daría abasto para cumplir los encargos, y reiría y trabajaría hasta el amanecer en lo que desde niño había deseado cuando una vez, frente a la ventana, sintió el extraño e irresistible impulso de reproducir los colores que el sol naciente arrancaba de la tierra, del pasto, de los árboles y del río que corría frente a sus ojos. Pero la realidad fue otra. Mientras Monet y Renoir, sus grandes amigos y como él fundadores del impresionismo, gozaban de fama y fortuna, nadie se acordaba del joven Sisley, del Sisley maduro y mucho menos del Sisley ya viejo, del Sisley que vivió los últimos veinte años de su vida retirado en el medieval pueblito de Moret-sur- Loing.

Finalmente cesaron las turbulencias y el avión aterrizó en París, donde hoy se encuentran varias de las obras de Sisley. El día estaba hermoso, un día de mayo, qué mayo no es hermoso, y más en París, porque París no se acaba nunca, como titula Vila-Matas una de sus novelas. Y yo iba a ver personalmente, en vivo, ya no en fotos que me pudieran engañar, las pinturas de Sisley. Hacía sol y una chaqueta liviana era suficiente para protegerse de la fresca brisa que la primavera heredaba del invierno. Aún era temprano para ir al museo, así que después de una rápida llamada a mi mujer pedí un taxi para que me llevara al Museo Orsay, famoso por poseer la colección más completa de obras impresionistas. Comenzaba la tarde y había poca gente, ideal para una visita tranquila. La fachada y luego la planta principal de lo que una vez fue un palacio y después una estación ferroviaria es impresionante: un amplio, viejo y elegante edificio de finales del siglo XIX reconstruido y convertido en museo hace poco más de veinticinco años. El techo, alto como el cielo, tiene forma de cúpula y grandes cristales permiten el paso de la luz que ilumina el fastuoso pasillo central y las hermosas esculturas que allí se exhiben. Una de ellas, tres mujeres desnudas que sostienen un mundo entre sus manos, parece darte la bienvenida. La sensación de arte despertó cada poro de mi piel y el olor de aquella sala no dejaba lugar para otros aromas: era el arte puro que caía desde el techo sobre mis hombros, manaba de las paredes como si sudaran, se resumía de las pinturas y de las esculturas formando desbordados lagos de aguas cálidas invitando a sumergirte en ellas… Admiré a Monet, a Manet, a Pissarro y, deliberadamente, dejé a Sisley para el final. No sabría cómo explicarlo, pero el tan ansiado encuentro provocaba en mí cierto temor, temor a la decepción, al desengaño, a constatar que ese al que tanto admiraba no merecía tal admiración ni la de la gente de su época porque en realidad no era un gran pintor, porque las fotos de sus cuadros me habían engañado, porque creo en todo lo que veo, porque me dejo engañar con facilidad… y por tal motivo Sisley no vendía sus obras ni disfrutó de fama ni de fortuna como sus amigos impresionistas y vivió la mitad de su vida, sus últimos treinta años, pobre, en la miseria, pintando los paisajes del viejo Moret.

Me llené de valor y me acerqué, como quien se acerca a un acantilado, a las pinturas de Alfred Sisley. Luego, al hacer contacto con ellas, una gran confianza me invadió y me lancé al abismo como si en cámara lenta cayera y un colchón de nubes me estuviese esperando. Disfruté de Vista del canal de Saint- Martin, de la Calle de La Chussée en Argentoul, de Las regatas de Moseley, del Pueblo de Voisins, del Descanso en la Ribera de un riachuelo, de la Inundación en Port-Marly… Las maravillas que veía se confundían con los paisajes de mis fotos. Mi cuerpo flotaba sobre el Puente en Moret, la Casa abandonada, el Sena en Bougival, la Primera helada, el Puente en Villeneuve. Mis ojos se nublaron al apreciar tanta belleza, al saber que no hubo engaño, que lo que estaba frente a mi era muy superior a las fotos que tenía en casa… Pero por qué entonces, por qué semejante talento no fue reconocido en su época. Las manchas de pintura, de cerca gruesas y toscas, de lejos parecían sutiles pinceladas llenas de esa sublime serenidad pocas veces sentida. Podía estar allí durante horas frente a esas pinturas, respirando su aire, apreciando sus colores, caminando por sus veredas en verano y en invierno, bañándome en sus ríos y viendo mi sombra en sus aguas… podría estar allí durante horas. 

Esa noche casi no pude dormir. Quizás tenía hambre. Apenas había comido un waffle con chocolate y una cerveza; vaya combinación, pero no me apetecía otra cosa. Aún no encontraba la respuesta que buscaba. De eso se trataba todo: de una respuesta, eso creía, no de una palabra mágica que explicara todo aquello. A las dos de la mañana encendí la luz y llamé a mi mujer. Me dijo que leyera un poco, que había metido el libro de Vila-Matas en la parte de atrás del maletín. Luego de un par de bostezos abrí Paris no se acaba nunca en la página donde lo había dejado y comencé a leer. Desde su buhardilla en París Enrique observaba aburrido el campanario de la iglesia de Saint-Germain-des-Prés. Se había repetido tantas veces que París era el centro del mundo que llegó a la conclusión de que tal repetición era un símbolo inequívoco de su gran aburrimiento. Luego recordó algo que una vez leyó o escuchó en alguna parte, que “el centro del mundo más bien está en el lugar donde ha trabajado un gran artista y no en Delfos”. Esto me hizo saltar de la cama y releer la frase una y otra vez. Claro, el centro del mundo no está en París, me dije, tampoco en la antigua ciudad griega, el centro del mundo está en el lugar donde ha trabajado un gran artista… en el lugar donde…. Y Sisley era un gran artista, ya no tenía dudas de ello… 

Así que al día siguiente, muy temprano, decidí ir al centro del mundo —al menos al de Sisley— con la esperanza de estar más cerca, de escuchar lo que esos aires tenían que decirme sobre el pintor. Aún no era mediodía cuando llegué a Moret: una ciudad medieval, más que hermosa, de angostas callejuelas de piedra, puentes antiguos, viejas casas de madera, puertas amuralladas, torreones… en las riberas del río Loing, tranquilo, sereno, transparente, y junto al bosque de Fontainebleau, ya comenzando a tupirse de hojas nuevas… Al menos ya no me preguntaba por qué Sisley escogió un lugar como este para pintar y para pasar veinte años de su vida. Es realmente hermoso. Más que la foto de cualquier postal. Visitado por cientos de pintores. Caminé por la ribera del río, el sol a mis espaldas, y vi mi sombra, allí, sobre el agua, y a un hombre en el puente que frente a un caballete pintaba los reflejos del paisaje sobre ella. ¿Sisley?, sonreí. Caminé un poco más. Folleto turístico en mano me detuve en los sitios donde Sisley plantó su caballete. Miré a lo lejos. ¿Había cambiado el paisaje? Al parecer no mucho: el viejo puente, las callejuelas de piedra, las puertas amuralladas, alguien como yo, pensativo, mirando su sombra en el agua y un pintor tal vez hoy subestimado tratando de encontrar el centro de su mundo.   

Caía la tarde y comenzaba a soplar un viento helado. Lo respiré hasta el fondo de mis pulmones, varias veces, subí el cuello de mi chaqueta y me fui al hotel. Llamé a mi mujer. Necesitaba hablar con ella, contarle todo aquello. Al notarme todavía preocupado me dijo algo tan sencillo y tan de este mundo que una especie de resignado alivio me llenó por completo.  

Tal vez tenga razón —me dije antes de apagar la luz—, y el talento a veces sea incompatible con la buena suerte. 

La trilogía de los malditos
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