Franz Liszt

 

Estaba dando un concierto en Lyon cuando se enteró de que un joven pianista lo estaba desplazando en París.

—¿Y quién es ese Thalberg?

—Se llama Sigismond —le dijo su mujer, Marie Flavigny, condesa d’Agoult, mientras el carruaje impulsado por seis caballos blancos rompía el viento de la campiña francesa en su viaje hacia la capital.

—¿Qué más sabes acerca de él?

—No mucho, sólo que es sueco y que fue alumno de Hummel… Dicen que es un virtuoso excepcional y que la gente se queda boquiabierta con sus interpretaciones.

—¿Conque eso dicen?

—Sí, eso dicen.

—¿Es viejo?

—No, creo que no, por lo que he escuchado debe de tener más o menos tu edad.

—¿Veintiséis años?

—Sí, tal vez un poco más.

—¿Boquiabiertos?

—Eso dijeron...

—¿Crees que sea mejor que yo?

—No, no lo creo.

—Pero… es una posibilidad.

—Muy lejana.

—¿Y si lo fuera?

—Tendría que tener el mismo talento, y además haber vivido experiencias similares a las tuyas… y eso es poco probable. 

—¿Incluyendo lo de enclenque y enfermizo?

—No, me refiero a lo musical: haber tenido un padre músico, como el de Mozart, por ejemplo, eso le habría dado la posibilidad de estar en contacto con el piano desde que nació y la ventaja de recibir clases todos los días, sin horarios ni restricciones.

—Es cierto, lo recuerdo como si fuera ayer: mi padre sentado frente al piano, tocando hasta el anochecer, y yo a su lado, sonriente, siguiendo sus instrucciones, feliz de ver su cara de admiración cuando lo sorprendía con un movimiento que no me había enseñado o una nota nueva que enriquecía la melodía. Muy bien, muy bien, me decía, y palmeaba mi espalda varias veces, como cuando sus amigos llegaban con el vino y el rapé y los saludaba con tanta fruición. Eso me bastaba para hacerlo una y otra vez. Me divertía sorprenderlo. Me divertía tocar el piano… más que ninguna otra cosa. Es curioso pero él nunca me buscaba por la casa ni me llamaba por mi nombre, sólo tenía que tocar un par de teclas y yo venía corriendo hasta donde él estaba… Cuando caminaba con mi madre por el sendero de pinos y escuchaba el piano, y en ese momento no podía ir con él, las notas a lo lejos formaban abalorios dentro de mi cabeza y se quedaban ahí, grabadas, sin poder olvidarlas, y las repetía una por una en el piano al llegar a casa, y él de nuevo me palmeaba la espalda y me decía ese muy bien, muy bien que tanto me agradaba… Pero, ¿tú crees que este Sigis…?

—Sigismond.

—¿…que este Sigismond haya tenido un padre como el mío?

—Cómo saberlo… han llegado a decir incluso que es tu competencia.

—¡Ja!, “¡virtuoso excepcional!”, ¿eso dicen de él? Me pregunto si alguna vez han dicho algo parecido de mí.

—Tal vez no con las mismas palabras… Recuerda lo que dijo Schumann cuando asistió a uno de tus conciertos: “Aquí no vale la medida corriente, pues si se puede explicar lo gigantesco, lo que es propiamente espíritu, el aliento mismo del genio se puede experimentar, pero no describir”.

—Eso fue generoso de parte de Schumann… Así que el tal Sigis…

—Sigismond.

—Sí, Sigismond… qué nombre tan poco melodioso… Sigismond entonces estudió con el viejo Hummel. Buen profesor, un maestro… fue alumno de Mozart… sí, un gran músico…

—También los tuyos fueron buenos, Franz: Czerny en piano y Salieri en composición.

—No me quejo. Karl a los quince años ya daba clases de piano, exalumno de Beethoven, un prodigio; y Antonio Salieri, director de la Ópera de Viena, compositor de la corte, Kapellmeister del emperador, era de los más cotizados… dijeron que envenenó a Mozart… yo nunca lo creí… también fue profesor de Schubert… Así que ese Sigis lo que sea tiene buenas credenciales.

—Eso parece. ¿Te preocupa?

—¡No, qué te hace pensar eso!, sólo que París… hemos descuidado París.

—También tú fuiste un prodigio: a los nueve años tocaste tu primer concierto, a los once actuaste en Viena… Quedaron tan impresionados que unos ricachos se ofrecieron a pagar tus estudios durante los siguientes seis años…

—A eso se le llama tener suerte.

—Saliste a buscarla y la encontraste.

—No, querida, salí a tocar el piano y la suerte me encontró a mí. 

—La suerte no toma decisiones, las personas sí.

—“¡Boquiabierta!”. Prefiero “boquiabierta” a “virtuoso excepcional”, es más esquemática, más espontánea, más honesta… La otra frase no está mal pero, al igual que la primera, son expresiones que nunca he escuchado hacia mi música.

—Ya no te preocupes por eso, Franz, eres el mejor.

—¿Acaso luzco preocupado? Sólo que…

—Solo que… 

—Sólo que París… París siempre fue mía… nadie puede desplazarme en París…

—Esos años que pasamos en Ginebra fueron maravillosos, lejos de la sociedad, unos pocos amigos, frecuentes tertulias, las extraordinarias composiciones que pudiste hacer, tus apacibles clases en el conservatorio, nuestros paseos por el campo, todas las tardes, hasta que el sol se perdía entre los árboles… Y luego nació nuestra bella Blandine, qué fecha inolvidable. Fue tanta tu emoción que ese mismo día compusiste Años de peregrinaje.

—No los cambiaría por nada pero, gracias a esos años, la gente de París me olvidó. Se olvidó de mi música. Se engañan con ese Thalberg (prefiero llamarlo por el apellido).

—Y bien, ¿qué harás al respecto?

—Me enfrentaré a él. Al llegar a París hablaré con la princesa para que prepare un encuentro, sí, les demostraré a todos quién es Franz Liszt, el marido de la condesa d´Agoult, el creador del piano orquesta, el rey húngaro que reclama su trono nunca perdido.

—Miedo, ¿no te da miedo enfrentarte a él?

—No, sí, quiero decir…

La princesa de Belgioso, gran amante de la música y entusiasta  promotora de estos encuentros, comunes para la época, se encarga de organizar el evento. Ambos colosos, después de una corta reverencia, toman asiento frente al piano. Sigismond lleva un pantalón negro, camisa blanca de anchas mangas y una chalina con su lazada bien centrada al cuello… Franz, con su pelo rubio sobre los hombros y sus ojos “verde mar”, observa a su contrincante sin mostrar emoción, aun cuando un ligero temblor que sólo él nota se refleja en sus manos y diminutas gotas de sudor aparecen en su frente. El público aplaude, impaciente porque comience la función. La condesa se abanica a gran velocidad mientras con la otra mano acaricia repetidamente el camafeo que una vez Franz le regaló. No importa lo que pasara aquella tarde, lo apoyaría siempre. Las palabras “Os amo, quiero vivir, os amo, os amo”, que él le escribiera un día, llegaban a su cabeza con la frescura de la primera vez… Ya no cabía una persona más en el teatro: alguien cerró las puertas, se hizo el silencio de rigor y la princesa anunció el comienzo del encuentro. 

Tanto el uno como el otro dieron lo mejor de sí. Al final de cada interpretación los aplausos del público expresaron su rotundo veredicto a favor de uno de los contrincantes. Las manos de Liszt ya habían dejado de temblar y el sudor que manaba de su frente no era producto de los nervios o del miedo sino de la pasión y del entusiasmo. La condesa sonreía tras su abanico. Al ser consultada, la princesa de Belgioso parafraseó algo que una vez Rossini dijo acerca de Beethoven con respecto a Mozart: “Thalberg es el primer pianista del mundo, pero Liszt es único”.

—Y bien, ¿qué te pareció? —le preguntó luego Franz a su mujer.                                                  

—Algo así como la interpretación de un virtuoso excepcional —le dijo—. Y quedé boquiabierta.

La trilogía de los malditos
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