Miguel de
Unamuno
―¿Y sobre qué piensas escribir?
―Aún no lo sé, pero me gustaría intentar algo diferente, dejarme llevar por los personajes sin un plan preconcebido ni un objetivo específico.
―Algo como lo que proponía Unamuno en La nube.
―Sí, algo así, una Nivola.
―Escribir y escribir sólo oyendo a los personajes.
―Eso es, escribir lo que los personajes dicen… una Nivola, como la imaginaba el maestro.
―Ah, Unamuno…
―Solía venir a esta misma plaza… todas las tardes, a hablar de literatura y de política.
―Fue un hombre recio.
―Sí que lo era.
―Entonces una Nivola.
―Sí, una Nivola, donde los personajes escriben la historia sin interferencias del narrador, convirtiéndose éste en un simple escribiente que cumple la sola y única función de escribir lo que le dictan sus personajes, sin correcciones ni apreciaciones personales, sin una lógica definida que anuncie una estructura previamente planificada.
―No será fácil.
―Hum, no lo sé.
―No podrás definir la personalidad de los personajes.
―No lo haré yo: ellos mismos, a medida que se expresen, irán formando su propia personalidad. Lo dijo Unamuno: “Mis personajes se irán haciendo según obren y hablen, sobre todo según hablen; su carácter se irá formando poco a poco”.
―Será un fracaso. Unamuno era Unamuno y quizás a él sí podía salirle bien semejante ejercicio… La planificación, si de literatura se trata, es esencial para lograr un buen resultado. Es imposible escribir un cuento o una novela sin saber con anticipación…
―¿Adónde se va? ¿Quiénes mejor que los personajes para decirlo?
―Dame un ejemplo.
―Claro, hace un rato, antes de tu llegar y cuando ya me había tomado el primer café, imaginé que el propio Unamuno halaba una de estas sillas y se sentaba a mi lado. Comenzó a hablar sin darme tiempo de mitigar mi asombro. Corría el mes de diciembre de 1936. Sus ojos estaban enrojecidos y en su rostro se reflejaba un profundo desasosiego. De inmediato saqué el lápiz y comencé a escribir, sin corregir, sin modificar ni cambiar palabra alguna. Fue una gran equivocación ―dijo― ahora lo reconozco… nunca pensé que… Al principio creí, creí que apoyando a los rebeldes apoyaría también los cambios que traerían prosperidad para todos, que defenderían los valores occidentales y la fe cristiana… lo siento tanto… hasta hice llamados a los intelectuales europeos para que apoyaran a los sublevados… todo era tan confuso… me negaba a verlo, no podía creer el giro que estaban tomando los acontecimientos… pretendí creer que era mentira… un error que pronto sería solventado… Luego, al ver todo aquello, mi desengaño no tuvo límites… ¡Dios, me había equivocado…! la represión no se hizo esperar, el consistorio salamantino fue despedido sin consulta ni consideración y reemplazado por seguidores de los sublevados… en el país reinaba el caos, el horror, la angustia se veía en las caras de todos los habitantes… comenzaron los fusilamientos, las desapariciones, las cartas de personas pidiéndome que intercediera por un amigo o familiar, los ruegos, las lágrimas… algo sobre mis hombros comenzaba a pesar demasiado, a doblar mi cuello, mi espalda y a hacer que mi mirada sólo se dirigiera al abismo.
―¿Eso dijo Unamuno?
―Sí, tal cual.
―No me lo imagino. Tal vez tú mismo labraste esa historia y no tu personaje…