Clara W. Schumann

 

Es cierto que Robert, Robert Schumann, mi marido, intentó suicidarse, pero no que haya sido por mi culpa o por la de Johannes Brahms. Son especulaciones sin base que la gente ha creado por maldad, por simple morbo o por vender un poco más de libros. Nunca tuvo motivos. Que admiraba la música de Johannes, aquel muchacho que una vez tocó a nuestra puerta, es verdad, como también lo que escribí en mi diario acerca de él, pero que en ningún momento significaban para mí más que un lógico reconocimiento a su belleza, a su talento;  cosas como: “Su bello rostro juvenil se transfigura cuando toca, mientras su bella mano triunfa sobre las peores dificultades de sus singulares composiciones”. Algo que aún sostengo y no temo repetir si con eso hago honor a su talento. Johannes y yo fuimos grandes amigos. Cuando Robert comenzó a dar síntomas de la horrible enfermedad que le quitaría la vida, Johannes estuvo ahí, como un hijo más, acompañándonos, dándonos ánimo. Recuerdo la forma compasiva en la que a veces me miraba y trataba de reconfortarme diciendo que no me preocupara, que todos los músicos teníamos algo de locos y que eso no significaba que fuésemos a parar a un manicomio. Yo trataba de creerle, pero a medida que el comportamiento de Robert se iba haciendo más incoherente e ilógico yo me iba preparando para momentos más difíciles. Fue una dura etapa. Todavía teníamos tanto por hacer, tantos conciertos que dar, y él tantas obras que componer, que es injusto que se haya ido a tan temprana edad. Tal vez mi padre pensaba en esto cuando se negaba a aceptar nuestro matrimonio. Llegó a insultarle, a pedirle una alta suma de dinero para disuadirlo de sus intenciones, para que me olvidase y buscase a otra con quien casarse, pero nos amábamos y no cederíamos ante ningún obstáculo, aunque viniera de mi padre… No me arrepiento de nada. Nuestra vida juntos fue corta pero intensa. Cuando me avisaron que unos pescadores lo habían encontrado en el Rin, que intentó quitarse la vida, y aunque me temía que algún día podría pasar, casi muero de la impresión. La misma sensación la sentí poco después cuando los médicos dijeron que había que internarlo, que ya Robert no podía componer, tocar el piano aunque fuera a medias, ni gozar de su libertad: era peligroso para él y para los demás, que ya no estaría conmigo, ni con sus hijos, ni con sus amigos… Robert en un asilo para enajenados. Interno. No podía creerlo. Dos años sin verlo. Apenas unas pocas cartas. ¿Por qué nosotros? Nuestro amigo Johannes —porque también era amigo de Robert— no sólo fue un gran apoyo moral para mí y para mis hijas, sino que se portó como todo un caballero. No podía ser de otra forma, era ya casi parte de la familia: un hijo o un hermano menor en cuya compañía habíamos pasado las más gratas veladas tocando el piano, tomando vino y escribiendo partituras.

Así que todo fueron rumores. Robert no se arrojó al Rin porque haya descubierto o sospechado alguna infidelidad entre nosotros; estaba muy enfermo, como su padre casi a la misma edad… Siempre admiré a Johannes como músico. Mi relación con él no fue más allá de la que se tiene con un buen amigo. Y estoy segura de que por su parte era lo mismo. Si no hubiese sido así entonces por qué, cuando Robert murió y el camino estaba libre para intentar cortejarme, Johannes, apesadumbrado, se alejó de nosotros… Ah, se dicen tantas cosas. Si hubiésemos sido amantes como algunos pregonan, Johannes no hubiese sido capaz, años después, por ejemplo, de pedirme la mano de Julie, nuestra hija mayor… Me opuse a ello, sí, pero fue por su inestabilidad, no por otros motivos: sus romances, sus promesas incumplidas no eran un secreto; tampoco las muchas veces que después de conquistar a una joven decente y de buena familia, cuando lograba el sí a su propuesta matrimonial, escapaba, huía muerto de miedo como si perder su soltería fuese algo así como perder sus facultades musicales. Y yo no quería exponer a mi Julie a semejante humillación.

La verdad es que yo amaba a Robert. No tengo mucho más que decir. Ya me siento más tranquila… Después de dos años me permitieron verlo. Sus labios temblaban. No entendí lo que me dijo pero me abrazó tan fuerte, tan fuerte, que “no cambiaría este abrazo por todo el oro del mundo”.

La trilogía de los malditos
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