Gabriel Charles Rossetti

 

Habían pasado ya varios años desde la muerte de su esposa cuando comenzó a extrañar los poemas que le había escrito en vida, pero ni soñar con recuperarlos. No, no los había quemado ni arrojado al mar ni hecho un ovillo con ellos para tirarlos a la basura; tampoco algún amigo o familiar los había guardado en una caja fuerte o se los había llevado al otro lado del océano, mucho menos se habían perdido en viejos archivos o reposaban en la gaveta de alguna arruinada editorial a la espera de mejores tiempos para ser publicados. Existían. Y sabía dónde, solo que, cómo recuperarlos. Y en caso de que pudiera hacerlo, ¿qué pensaría la gente, cómo reaccionarían ante semejante atrevimiento? Por otro lado, ¿qué precio tendría que pagar por recuperar aquellos poemas? Claro que podía desistir de la idea, con la pintura le bastaba para expresar su arte, pero aquellos poemas… aquellos hermosos poemas que le escribió con tanto amor… cómo perderlos… cómo negarse el placer de releerlos… cómo no compartirlos con el mundo. A ocho años de su muerte la recordaba como el primer día. Rossetti caminaba por las calles del centro de Londres. Iba elegantemente vestido con un traje negro, sombrero marrón, chaleco, camisa blanca y un lazo al cuello que se agitaba con el viento. Su distinción era tal que, a cada paso que daba, el sonido del tacón de su zapato contra las piedras coincidía con el de su bastón que subía y bajaba como un delgado y largo péndulo mecánico. De pronto una sombrerería, en Piccadilly, llamó su atención. Se miró el atuendo y se dio cuenta de que un sombrero negro —no el marrón que usaba— le iría mejor con el traje, con el chaleco, con los zapatos y con el lazo que llevaba al cuello. Examinó la vitrina y miró uno de fino terciopelo que lo cautivó, pero más le impresionó la hermosa mujer que dentro de la tienda y a través del vidrio le sonreía con timidez. Ahora ya no tenía dudas de que un nuevo sombrero le era imprescindible. Sin pensarlo un segundo cruzó la puerta, la miró con galantería y con la soltura de un verdadero dandy inglés se presentó formalmente. Ella, con la mano tomada por la del pintor, le dijo que se llamaba Elizabeth Siddal, que era la vendedora de la tienda y que con gusto atendería su pedido. Ah, qué grato recuerdo. Aquel encuentro inspiraría los primeros poemas en su honor, ahora tan bien guardados que sería casi una locura tratar de rescatarlos, pero que lo deseaba con todo su ser. Muy pronto la invitó a tomar un café, luego a cenar. Lizzie, una londinense humilde y sin pretensiones, estaba encantada de que un pintor y poeta, traductor también de las obras de Dante, se fijase en ella. Rossetti le contó sobre su vida. Le dijo que era inglés de padre italiano, reformista, fundador del grupo de los prerrafaelistas, que tenía una inmerecida fama de mujeriego —aunque sus pinturas sugieran lo contrario—, que sobre todo era un amante de la belleza, de lo moderno, enemigo de las viejas prácticas pictóricas: dioses, santos y pequeños niños alados que con arpas entre las manos vuelan sonrientes sobre los personajes; enemigo también de las sombras, de los colores sombríos… Ella, por su parte, no le ocultó su enfermedad. Bajando la mirada le dijo que la sufría desde muy joven, que había épocas en las que creía que se había curado, pero que en el momento menos esperado aparecía de nuevo con más intensidad. Ahora estaba en uno de esos espacios de plena salud… En instantes, como dándose cuenta de que su interlocutor entristecía, hizo brillar sus ojos, sonrió abiertamente y le dijo en un corto movimiento de cabeza que su pelo rojo era natural y que su deseo más preciado era tener un hijo. Él la tomó de la mano, la besó tiernamente y le preguntó si quería ser su modelo, que sería un honor que aceptara posar para él. Lizzie aceptó encantada. Un tiempo después, en mayo de 1860, se casaron. Estuvieron poco tiempo de casados. Apenas un año. Un año en el que Rossetti se olvidó de la pintura y dedicó todo su arte a la poesía, al soneto, al que calificaba como la sublime representación de un momento fugaz y a la vez eternizado en las líneas de un papel… Todo lo que escribía era para ella, para ambos: su amor, su pasión, lo espiritual y físico de su contacto íntimo, el momento cúspide de sus sentimientos. Lizzie, por su parte, había logrado todo lo que había soñado: casarse con el hombre que amaba y admiraba, compartir sus horas con él, escoger y decorar su propia casa, y ahora, gracias Dios mío, estaba embarazada. En las mañanas, al despertarse, acariciaba al bebé como si ya lo tuviera entre sus brazos y reía con la serenidad de una plenitud sin límites. Luego tomaba la mano de Rossetti y la llevaba hasta su vientre; éste lo acariciaba también y lleno de emoción se le acercaba y en un murmullo le decía que lo llamaría Gabriel Charles Dante Rossetti: una nueva y más adelantada versión de sí mismo. Ella sonreía divertida y decía que entonces, si daba a luz una niña, se llamaría Elizabeth. Será un varón, será un varón, repetía Rossetti cien veces. Será una hembra, será una hembra, intercalaba Lizzie cada vez que podía. Luego se distraían un rato más en la cama hasta que llegaba la hora de escribir un nuevo poema o de ponerle el punto final a un soneto inconcluso. Fue una buena temporada: plena, alegre. Pero la vida, ah la vida a veces tan sorprendente, tan ella misma y tan alejada de sí… Lizzie perdió al bebé, y con él su propia vida. El láudano no se lo devolvió, por supuesto, aunque sí quizás la llevó hasta el lugar donde él descansaba. Seguramente esa era su esperanza, su nueva ilusión, quién lo sabe. Rossetti no entendía el inesperado vuelco que daba su existencia. Por qué todo aquello. A Lizzie no la había matado la tuberculosis, lo que tanto temía… Por qué, por qué, por qué si podían haberlo intentado de nuevo... Y sus poemas, qué haría con ellos. Fueron escritos para ella, le pertenecían…

Ahora, después de tanto tiempo, necesitaba recuperar aquellos poemas. Ocho años de espera habían sido suficientes. No esperaría un día más. Así que con gran determinación se puso el chaquetón, el sombrero negro —lo observó un par de segundos— y salió a la calle bastón en mano. El abogado, sorprendido, le preguntó si estaba seguro de lo que quería hacer. Rossetti le dijo que nunca había estado más seguro de algo en la vida, que esos poemas lo eran todo para él y que estaba arrepentido de haberlos metido allí. El abogado lo miró fijamente y al cabo le dijo que estaba bien, que redactaría el documento para solicitar la exhumación del cadáver.

La trilogía de los malditos
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